Donde florecen las rosas:un hombre a Maria.

Capítulo 10

A mediados de 1953, la vida de mi abuela parecía entrar en una nueva etapa. En su diario se notaba algo distinto: menos tristeza, más calma. Sus hijos crecían, el barrio tenía más movimiento y, aunque el trabajo seguía siendo duro, ella volvía a encontrar pequeños motivos para sonreír.

Por aquellos meses empezó a sentirse diferente. Estaba más cansada de lo habitual y lo achacaba al exceso de trabajo, pero la comadrona del barrio le dio una noticia que no esperaba: estaba embarazada otra vez.

En una de las páginas escribió que, al principio, no lo creyó. Con tantos hijos, no imaginaba volver a pasar por eso. Pero cuando se lo contó a su vecina Candelaria, la risa le ganó al miedo.

—Candelaria, parece que la Virgen me ha vuelto a bendecir —le dijo.

—Pues si es niña, ya sabes cómo tienes que ponerle —respondió su amiga, sonriendo.

Y así fue. En marzo de 1954 nació su hija Candelaria, a la que puso el nombre de su vecina y amiga, quien además fue su madrina. En el diario, mi abuela escribió con su letra firme y sencilla:

—Ese día volví a cantar. Aunque el mundo siga siendo duro, tengo una razón más para sonreír.

A pesar de los nuevos aires que se respiraban en el país, la vida seguía siendo complicada. Lejos estaba ya la cartilla de racionamiento, pero el dinero no alcanzaba. En el barrio, eso sí, se empezaban a notar pequeños avances: nuevas farolas eléctricas iluminaban las noches, las tiendas ofrecían chocolate o jabón perfumado, y las radios se oían en más de una ventana.

Su hijo Antonio, que ya tenía dieciocho años, dejó la salina y empezó a trabajar en una panadería. —Prefiero oler a pan que a sal —decía. A veces llegaba a casa con una barra caliente, y los más pequeños lo esperaban como si trajera un tesoro.

Mi abuelo seguía trabajando, aunque el cansancio y los años lo habían endurecido. En los días malos, el vino era su refugio, y mi abuela lo enfrentaba con la paciencia de quien ya ha aprendido a sobrevivir a todo. En una de sus notas, escribió con resignación y ternura a la vez:

—Cuando Antonio bebe, miro a los niños y canto más alto. Cantar espanta los malos pensamientos.

En noviembre de 1954, mi abuela descubre que está otra vez embarazada; pero la sorpresa fue aún mayor cuando a los dos meses su hija mayor, ya casada, anunció que estaba embarazada. Aquella noticia llenó a mi abuela de emoción, aunque también de preocupación. Sabía bien lo que significaba traer un hijo al mundo con tan pocos recursos.

Cuando se lo contó, se lo contó a mi abuela; ambas se echaron a reír.

—Mamá, ¡parece que competimos! —dijo la muchacha entre risas.

—Pues a ver quién se adelanta —respondió mi abuela.

Entre las páginas del diario, dejó una nota con su inconfundible sentido del humor:

—Antonio parece haberse propuesto embarazarme cada dos años.

Esa frase, más que una queja, era una sonrisa escrita en papel. Reflejaba la manera en que mi abuela afrontaba la vida: con cansancio, sí, pero también con una fortaleza y un humor que la salvaban del desánimo.

En julio de 1955 dio a luz a otro niño, Fernando; su hija mayor también esperaba el suyo. La casa volvió a llenarse de pañales, llantos y canciones de cuna. La vecina Candelaria no se separó de ella durante semanas: la ayudaba con la comida, con los pequeños y con el recién nacido.

—María, siéntate un rato, mujer —le decía—, que ya has hecho bastante.

—¿Yo? Si me quedo quieta, me muero —contestaba ella, sin perder la sonrisa.

Ese mismo año escribió una frase que siempre me conmovió:

—He pasado hambre, penas y sustos, pero cuando miro a mis hijos sé que todo valió la pena.

Mi abuela también contaba que ese mismo año, en septiembre, tuvo la dicha de ser abuela; Pepa, su hija mayor, dio a luz a una niña que la llamaría igual que ella.

Fuera de aquella casa, España empezaba a cambiar. Se hablaba de acuerdos con otros países, de progreso, de una vida nueva. En los barrios humildes, los cambios llegaban más despacio, pero la esperanza se respiraba.

Y entre esos pequeños avances, mi abuela seguía siendo la misma: fuerte, trabajadora y con una voz que llenaba de alegría cada rincón de su casa. Ella no lo sabía entonces, pero esos años quedarían grabados como los más duros y, al mismo tiempo, los más llenos de vida.




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