Donde florecen las rosas:un hombre a Maria.

Capítulo 11

El año 1955 fue, para mi familia, una mezcla de vida y tragedia. Mi abuela contaba que fue el año en que sintió la dicha de ser abuela, mientras su hija mayor conocía la felicidad de ser madre por primera vez.

—Ese año la casa olía a leche y a esperanza —escribió en su diario. Pero la alegría no tardó en teñirse de tristeza.

Mi tía Pepa, aun en la cuarentena tras dar a luz, insistía en que su marido Fernandito no fuera a trabajar aquel día. Era su día libre, pero él decidió ir para sustituir a un compañero enfermo en los astilleros de la Bazán, sin saber que sería su última jornada.

Aquella mañana, una explosión sacudió la zona y dejó a decenas de familias marcadas para siempre. Entre los fallecidos estaba él.

Mi abuela recordaba el momento en que recibió la noticia. Contaba que fue como si el aire se detuviera, como si todo el barrio se quedara sin voz. Sin pensarlo, fue a buscar a su hija y se la llevó a casa.

—Mientras yo tenga un techo, tú y la niña no dormiréis solas —le dijo.

Pepa estaba tan destrozada que apenas podía cuidar de su bebé. Entonces, mi abuela hizo algo que pocos hubieran imaginado: amamantaba a su nieta y a su propio hijo a la vez. Lo contaba sin orgullo, solo con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo.

—No podía dejar que ninguno de los dos pasara hambre —escribió. —El pecho es de quien lo necesite.

Para evitarle más dolor a mi tía, el pequeño Fernando empezó a ser llamado Machote. Nadie quería pronunciar el nombre del marido de mi tía. Además, el apodo tenía un doble sentido, porque a mi abuelo muchos lo conocían como “Antonio el Machote”. Así, el niño creció con ese sobrenombre que, con el tiempo, se convirtió en parte de su identidad familiar.

Aquel diciembre, las Navidades fueron tristes. Aunque la familia intentó celebrarlas por los niños, la pena se respiraba en cada rincón de la casa. Mi abuela solía decir que ese año —el turrón sabía a lágrimas.

El nuevo año, 1956, llegó con frío y con la tristeza aún presente. Pepa seguía débil, con la mirada perdida la mayor parte del tiempo. Candelaria, la inseparable vecina, iba cada día a ayudar: cocinaba, lavaba ropa y cuidaba a los pequeños para que mi abuela pudiera descansar unas horas.

Mientras tanto, la vida seguía moviéndose en la casa. Diego, con solo 14 años, empezó a acompañar a su padre a las salinas. Antonio, el mayor, estaba cumpliendo con el servicio militar, como tantos jóvenes de su época. Cada carta que llegaba de él era leída en voz alta, y los niños se reunían alrededor de la mesa como si escucharan un mensaje de otro mundo.

España también empezaba a cambiar. Ese año llegó la televisión, aunque solo los ricos podían tener una. En la barriada, la gente se reunía en el bar del centro para ver las imágenes en blanco y negro de las noticias y los programas. En casa de mi abuela, la radio seguía siendo el corazón del hogar. Por las tardes, sonaban coplas de Lola Flores o Antonio Molina y, aunque la vida no daba tregua, mi abuela seguía cantando mientras lavaba o cosía.

—Cuando canto, los niños se callan y yo me olvido de todo —escribió en una de sus últimas notas de ese año.

A finales de 1956, cuando parecía que el dolor empezaba a calmar, la vida volvió a sorprenderla: mi abuela se enteró de que estaba embarazada otra vez. Al principio no lo creyó. Decía que no podía ser, que ya había tenido suficientes hijos. Pero el destino, como siempre, tenía otros planes.

—Me quedé blanca —contaba en el diario—. Ya ni me acordaba de cómo se llora de alegría o de susto.

Ese embarazo llegaría en un momento difícil, pero también marcaría el inicio de una nueva etapa: la familia, más numerosa que nunca, seguiría creciendo entre canciones, trabajo y recuerdos.

Y así terminó aquel año. Con el sonido del mar al fondo, el olor a pan de la panadería donde trabajaba Antonio y la voz de mi abuela tarareando una copla, como si su canto pudiera espantar la tristeza.




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