Donde florecen las rosas:un hombre a Maria.

Capítulo 12

El año 1957 comenzó con nuevas esperanzas. Después de tanta pena y cansancio, mi abuela parecía recuperar poco a poco la energía. Sus hijos crecían, la familia seguía unida, y en la barriada ya se respiraba un aire diferente. España empezaba a moverse, las calles estaban más animadas y hasta los niños jugaban con más alegría.

En julio, la casa se llenó de voces infantiles. Celebraron el segundo cumpleaños de Machote, y también el de su nieta Pepi, que tenía pocos meses menos. A pesar de los pocos recursos, mi abuela siempre encontraba la manera de que los cumpleaños fueran una fiesta.

Con un poco de harina, azúcar y huevos, preparaba un bizcocho sencillo que hacía sonreír a todos. Los niños se sentaban alrededor de la mesa, con velas improvisadas, mientras ella decía con orgullo:

—No hay regalos, pero hay vida, y eso ya es bastante.

Sin embargo, ese año traería nuevas responsabilidades. El 2 de septiembre nació su hija Encarnación, la más pequeña de la familia. Fue un parto tranquilo, pero con el cuerpo ya cansado por tantos embarazos.

—Creí que no tendría fuerzas —escribió—, pero cuando la vi, supe que todo valía la pena.

Por aquellas fechas, su vecina y amiga Candelaria también dio a luz a un niño al que llamó Juan. Poco después enfermó, y mi abuela, sin pensarlo dos veces, empezó a ayudarla. A pesar de tener su propia casa llena, se las arreglaba para atender a todos.

—Candelaria estaba tan débil que no podía dar el pecho —contaba en el diario—, así que lo hacía yo. Amamantaba a Encarnación y a Juan. A veces no sabía cuál era cuál en la oscuridad de la madrugada, pero ambos dormían tranquilos, y eso bastaba.

Mientras tanto, la rutina seguía su curso. Diego y mi abuelo Antonio continuaban trabajando en la salina. Salían de madrugada, con el aire frío del amanecer pegándoles en la cara, y volvían al atardecer, cubiertos de sal y cansancio.

Antonio, el hijo mayor, estaba terminando su servicio militar, o quizá ya había regresado, pero de una manera u otra, siempre ayudaba en lo que podía.

Mi tía Pepa, aunque intentaba seguir adelante por su hija, no podía dejar de echar de menos a su marido. A veces, por las noches, se quedaba mirando al vacío, y mi abuela se sentaba a su lado sin decir palabra. Bastaba una mirada para entenderse.

—Las heridas del alma no se curan con el tiempo —escribió mi abuela—, se curan con compañía.

La vida no era fácil. En casa no había bañera, y la hora del baño era toda una tarea. Mi abuela calentaba agua en ollas grandes y la vertía en una palangana de zinc colocada en el suelo del cuarto de baño. Allí, uno a uno, los pequeños se lavaban mientras ella bromeaba:

—A ver quién gasta menos agua hoy.

Y entre risas y salpicones, el baño se convertía en una fiesta improvisada.

A pesar del cansancio, seguía encontrando motivos para cantar. Decía que el canto era su manera de agradecer a la vida, aunque la vida no siempre fuera justa. Cuando los niños escuchaban su voz, sabían que todo estaba bien.

—Mi abuela tenía el don de hacer que una casa pequeña pareciera un mundo entero —escribió mi madre años después.

Y así transcurrió 1957: entre nacimientos, trabajo y canciones, en una casa humilde donde nunca sobró nada, pero donde tampoco faltó amor.




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