Donde florecen las rosas:un hombre a Maria.

Capítulo 13

El año 1957 siguió avanzando entre trabajo, niños y noches de poco descanso. Mi abuela decía en el diario que en aquella casa siempre había ruido: unos lloraban, otros reían, alguien cantaba y siempre había una olla hirviendo en la cocina. Aunque la vida seguía siendo difícil, en el barrio empezaban a notarse pequeños cambios. Algunas calles ya tenían mejor alumbrado, los niños jugaban hasta más tarde en verano y, de vez en cuando, se escuchaba hablar de la televisión, aunque mi abuela solo podía escuchar la radio; aun así, sus hijos eran felices.

Mi abuelo continuaba trabajando en la salina junto a mi tío Diego, mientras la familia seguía creciendo y adaptándose a la nueva vida en la barriada de la Coronación. Mi abuela cosía para la calle, limpiaba casas cuando podía y aún encontraba fuerzas para ayudar a Candelaria, su vecina y amiga inseparable. Las dos mujeres parecían hermanas más que vecinas. Si una hacía comida, la otra llevaba pan. Si una enfermaba, la otra cuidaba de los niños. Mi abuela escribió una vez:

—En aquellos años, la pobreza se llevaba mejor cuando una tenía una buena vecina al lado.

Por las tardes, cuando el calor aflojaba, se sentaban en la puerta de casa mientras los niños corrían por la plazoleta. Algunas veces pasaban los primeros carritos de helados y todos los pequeños salían detrás, aunque casi nunca hubiera dinero para comprar uno. —Mamá, aunque sea uno para compartir —decían los niños. Y mi abuela, riéndose, contestaba:

—Si lo compartís entre todos, os toca una cucharada a cada uno.

A finales de 1958, el miedo volvió a entrar en la casa. Mi madre, que apenas tenía quince meses, enfermó gravemente. Mi abuela contaba que empezó con fiebre muy alta y que cada día estaba más débil. Los médicos no daban muchas esperanzas.

Aquello hizo que todos los recuerdos dolorosos regresaran de golpe. Mientras pasaba las noches sentada junto a la cama del hospital, volvió a acordarse del pequeño Manuel, el hijo que perdió con solo siete meses, y de su hija, que murió siendo apenas una niña por aquella infección en el oído. Miraba a Encarnación dormir y sentía el mismo miedo que años atrás escribió.

—Pensaba que Dios volvía a ponerme a prueba.

Mi abuelo también estaba destrozado. Aunque intentaba mantenerse fuerte, mi abuela decía que lo veía salir al patio a escondidas para llorar solo. La casa entera vivía pendiente de aquella pequeña. Candelaria volvió a estar a su lado. Le llevaba caldo, ayudaba con los demás niños y hasta se quedaba algunas noches para que mi abuela pudiera dormir un poco.

—Sin ella no sé qué hubiera hecho —dejó escrito en el diario.

Por suerte, después de semanas de angustia, y a pesar de que los médicos no contaban con ella, ya tenía todo preparado. Cuando mi madre mejoró, todavía estaba débil, pero ya fuera de peligro; mi abuela sintió que le devolvían la vida.

Tiempo después escribiría en su diario:

—Mi hija Encarna, aunque débil, fue muy fuerte, ya que luchó contra la muerte. Y en medio de aquel alivio, cuando la vida volvió a sorprenderla.

En una noche de enero de 1959, mientras mi tía Pepa se quedó cuidando de mi madre para que descansara tranquila, mis abuelos pudieron dormir solos por primera vez en mucho tiempo. Meses después, mi abuela descubrió que estaba embarazada otra vez. En el diario escribió con humor:

—Antonio no perdía el tiempo ni cuando la desgracia rondaba la casa.

No todos recibieron la noticia igual. Mi tío Antonio, que ya tenía 23 años, se llevó las manos a la cabeza cuando lo supo.

—Mamá, ¿no te da vergüenza a tu edad tener otro hijo? ¿Qué voy a decirles yo a mis amigos?

Mi abuela, con el carácter que siempre tuvo, le respondió sin pensarlo:

—Vergüenza me daría robar, no traer un hijo al mundo.

Aquella respuesta quedó grabada en la familia durante años. Mientras tanto, mi tío Jeromo, con solo catorce años, empezó también a trabajar en la salina con mi abuelo. A diferencia de otros, a él le hacía ilusión porque iba montado en un burro.

—Jeromo parecía feliz solo por sentirse mayor —escribió mi abuela.

Poco a poco, el barrio también iba cambiando. La gente hablaba de tiempos mejores y de los nuevos años que estaban por llegar. Algunos vecinos soñaban con marcharse a ciudades más grandes; otros empezaban a ahorrar para comprar una radio nueva o incluso una televisión.

Y así, entre sustos, embarazos y trabajo, llegó septiembre de 1959, cuando nació otra niña en la familia; le pusieron Adela. Mi abuela la sostuvo entre sus brazos cansados y escribió una de las frases más bonitas del diario:

—Después de todo lo vivido, todavía quedaban ganas de seguir llenando la casa de vida.

Con el nacimiento de aquella niña y la llegada de una nueva década, los años sesenta comenzaron a asomarse lentamente a la vida de mi abuela.




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