18 de octubre.
The Loop, Chicago.
El cristal de mi oficina en el piso cuarenta siempre me había hecho sentir invencible. Desde aquí, los autos en LaSalle Street parecen hormigas recolectando migajas y el lago Michigan es un espejo de acero frío. Siempre pensé que este era mi destino: heredar el timón de Mitchell Land & Design, la joya de la corona que mi madre, Victoria, defendió con garras de diseñadora y corazón de tiburón.
Hace una semana, cuando anunció su retiro voluntario, brindamos con un Chateau Margaux que costaba más que el alquiler de la mayoría de mis empleados. "Es tu turno, Lauren", me dijo con una sonrisa que ahora, frente a la realidad, se me antojaba el beso de Judas.
Había olvidado que mi madre siempre decía que un capitán se hunde con su barco. Pero Victoria Mitchell no es de las que se ahogan.
—Más bien, ella es como las ratas —susurré, sintiendo el sabor amargo de la bilis en la garganta—. Las primeras en saltar cuando el casco empieza a crujir.
Frente a mí, sentado con una rigidez que rozaba lo insultante, estaba Marcus Thorne. El contador jefe de la firma era un hombre de unos cincuenta años, de hombros caídos y una piel tan pálida que parecía haber pasado décadas bajo la luz fluorescente de los archivos. Ajustó sus gafas de montura fina, evitando mi mirada.
—Como verá, señorita Mitchell... —Marcus deslizó la carpeta de cuero negro sobre mi escritorio de nogal. El sonido del papel contra la madera sonó como un disparo—. Los números no mienten. Y los números están sangrando.
Abrí la carpeta. El rojo de las cifras me quemó los ojos.
—Explícame esto, Marcus —ordené, mi voz salió más cortante de lo que pretendía, ese tono de mando que practicaba frente al espejo—. Tenemos tres proyectos de rascacielos en marcha y la remodelación del ala este del museo. ¿Cómo es posible que el flujo de caja sea negativo?
Marcus suspiró, un sonido cansado que me erizó la piel.
—El proyecto de Gold Coast fue una cortina de humo, Lauren. Su madre pidió préstamos sobre activos que no existían para cubrir las pérdidas de las licitaciones fallidas del año pasado. Land & Design no es un imperio; es un castillo de naipes en medio de un vendaval.
—¿De cuánto estamos hablando? —pregunté, apretando el bolígrafo con tanta fuerza que mis nudillos blanquearon.
—Diez millones en deuda inmediata. Proveedores, constructoras, impuestos federales. Si no inyectamos capital en setenta días, los bancos ejecutarán las garantías. Incluyendo esta oficina. Incluyendo su apartamento en la Avenida Michigan.
El aire se escapó de mis pulmones. La humillación me golpeó antes que el miedo. Imaginé los titulares en el Chicago Tribune: "La heredera Mitchell lleva a la quiebra el legado de tres generaciones". Sentí una punzada de celos irracionales hacia mi propia madre; ella se había ido a las Maldivas con el prestigio intacto, dejándome a mí los escombros y la vergüenza. Ella había bailado en la cubierta mientras yo me quedaba a cargo de las bombas de agua que ya no funcionaban.
—Tiene que haber una salida —insistí, poniéndome en pie. El pánico empezaba a transformarse en esa furia fría que era mi única defensa—. Algún activo que no esté hipotecado hasta el cuello.
Marcus dudó, pero antes de que hablara lo interrumpí.
—Explícame cómo es que mi madre se fue a las Maldivas sabiendo que la firma estaba en cuidados intensivos —exigí, apretando los puños.
Antes de que Marcus pudiera responder, la puerta de mi despacho se abrió sin previo aviso. Reconocí ese aroma a sándalo y éxito antes de verlo. Logan Sterling.
Logan entró con la confianza de quien ha dormido en mi cama y ha celebrado mis victorias, aunque ahora solo fuera el "mejor amigo" que quedó tras un noviazgo de dos años que terminó en un naufragio silencioso. Vestía un traje gris marengo de tres piezas que gritaba vienes raíces de lujo.
—Marcus me llamó, Lauren. No te enfades con él, sabía que ibas a necesitar un tiburón de mi especie —dijo Logan, acercándose para apoyar una mano en mi hombro. Un gesto cargado de una familiaridad que todavía me escocía.
—Logan, no es el momento —mascullé, aunque una parte de mí agradecía no estar sola ante el abismo.
—Es el momento perfecto —me rebatió con esa sonrisa de vendedor estrella que solía derretirme—. Marcus me puso al tanto. La empresa está contra las cuerdas, pero tienes una carta bajo la manga que tu madre no pudo tocar. La granja de tu abuelo en Nevada City.
Un destello de memoria me golpeó. El olor a pino, el frío de la Sierra Nevada y el sabor de las manzanas silvestres. No había pisado esa tierra desde los trece años, cuando la muerte de mi abuelo cortó el último hilo que me unía a ese mundo rural que mi madre tanto despreciaba.
—¿La granja? —solté una carcajada seca—. Logan, eso son hectáreas de barro y recuerdos olvidados.
—Eso son sesenta y una hectáreas de potencial inmobiliario, Lauren —corrigió él, inclinándose sobre el mapa que Marcus acababa de desplegar—. Si la vendemos a una corporación de resorts de lujo, saldamos la deuda de Land & Design y te sobra para abrir una sucursal en Nueva York. Yo me encargaré de mover los hilos desde aquí, buscaré al mejor postor y prepararé los contratos. Pero necesito que vayas.
—¿Que yo vaya? —lo miré como si se hubiera vuelto loco—. Tengo una empresa que dirigir.
—Ahora mismo no tienes nada que dirigir si no consigues ese dinero —sentenció Logan, y por un segundo, vi en sus ojos un destello de posesividad profesional—. Ve allí. Haz un inventario, firma los permisos de inspección y limpia el camino legal. Yo me encargo de la venta desde Chicago. Confía en mí, Lau... como antes.
Sus dedos rozaron mi brazo y sentí un escalofrío de incomodidad. El amor se había transformado en una amistad estratégica, pero el ego de Logan seguía ocupando demasiado espacio.
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Editado: 15.02.2026