_“Donde el asfalto termina, las reglas las impone la tierra.”_
26 de octubre.
Nevada City, California.
El aire de la Sierra Nevada no era como el de Chicago; aquí el oxígeno pesaba, cargado de un aroma a pino húmedo y tierra vieja que me revolvía los recuerdos. Nevada City parecía haberse quedado atrapada en una cápsula del tiempo de la fiebre del oro. Edificios de ladrillo visto con balcones de hierro forjado se alineaban en calles que subían y bajaban como si la montaña intentara sacudirse el asfalto.
Pasé por delante del bar de Timothy. El estrépito de risas y el chocar de jarras de cerveza filtrándose por la madera vieja me trajeron un eco de mi abuelo, pero lo sacudí rápido. No estaba aquí por nostalgia. Estaba aquí por negocios.
Intenté mantener mi paso de “ejecutiva que sabe a dónde va”, pero la infraestructura del pueblo tenía otros planes. De repente, la rueda de mi maleta de mano —una pieza de diseñador que claramente no fue diseñada para el mundo real— se encajó en una grieta de la acera. Al mismo tiempo, el tacón de aguja de mi bota se hundió en un pozo oculto bajo unas hojas secas.
—¡Maldición! —mascullé entre dientes, tirando del asa con una fuerza que me hizo perder el equilibrio.
Me quedé ahí, en medio de la acera, peleando con mi propio equipaje. Sentí una punzada de autocompasión que odié de inmediato. El viaje había sido un calvario de asientos estrechos en clase turista, llantos de bebés y café aguado. Mis ahorros eran mi único salvavidas ahora que las cuentas de la empresa estaban congeladas, y gastar cada dólar me dolía físicamente.
—¿Acaso mi día podría empeorar? —susurré al viento, logrando por fin liberar la bota con un sonido seco.
Llegué al local de John, una construcción de madera con un cartel de neón parpadeante que rezaba: Rent-a-Car & Supplies. Al entrar, el olor a caucho y aceite me dio la bienvenida. John, un hombre de hombros anchos y una gorra descolorida, me miró por encima de sus gafas de lectura.
—Buenas tardes —dije, tratando de suavizar mi tono a pesar del agotamiento—. Tengo una reserva a nombre de Lauren Mitchell.
—La nieta de Silas, ¿eh? —John me dedicó una sonrisa amable, pero sus ojos recorrieron mi atuendo: un abrigo de lana de corte impecable y botas que gritaban “mármol de Chicago”—. Ha pasado mucho tiempo, señorita. Nevada City no es tan amable con los tacones como solía serlo.
—Me he dado cuenta —respondí con una sonrisa forzada—. Solo necesito el auto para llegar a la granja y moverme por el pueblo.
John asintió y salió de detrás del mostrador, guiándome hacia el estacionamiento trasero. Se detuvo frente a una Jeep Wrangler de color verde bosque, con neumáticos tan grandes que me llegaban a la cintura.
—Aquí tiene. Tracción total, suspensión reforzada. Con las lluvias que hemos tenido, el camino hacia la granja de los Mitchell está hecho un desastre. Hay barro que se traga los neumáticos pequeños. Esta es la mejor opción para subir la colina.
Miré el vehículo con horror. Parecía un tanque de guerra.
—Es… enorme, John —dije, dando un paso atrás—. Jamás he manejado algo así. En Chicago uso un sedán deportivo. ¿No tienes algo más… manejable? ¿Pequeño?
—Señorita Mitchell, con todo respeto, el camino hacia allá arriba es sinuoso y el barro es traicionero. Ese pequeño Audi A3 que tengo allá —señaló un auto plateado, bajo y elegante, aparcado en la esquina— es una joya para la ciudad, pero en la montaña es como intentar cruzar un pantano con zapatillas de ballet. No se lo recomiendo.
Me acerqué al Audi. Era plateado, con asientos de cuero color crema y un tablero digital que entendía a la perfección. Me sentí identificada con él: sofisticado, fuera de lugar y demasiado delicado para este entorno. Me imaginé encaramada en la Jeep, sintiéndome pequeña y ridícula.
—Me quedo con el Audi, John —sentencié, acariciando el capó frío del auto pequeño—. No me siento cómoda con esos vehículos tan grandes. Sé manejar, solo necesito algo que responda bien.
John suspiró, rascándose la nuca con resignación.
—Es su decisión, señorita Mitchell. Pero si se queda atrapada cerca del arroyo, no diga que no se lo advertí. El barro no entiende de elegancia.
—Estaré bien —mentí, más para convencerme a mí misma que a él—. Solo quiero llegar, darme una ducha y olvidar que este día existió.
Mientras firmaba los papeles, mi teléfono vibró. Un mensaje de Logan: “¿Ya estás allí? Tengo dos interesados en la propiedad. Mantén el lugar presentable. Te extraño, Lau”.
Ignoré el “te extraño”. El peso de la deuda, el cansancio del viaje y la advertencia de John formaron un nudo en mi estómago. Metí mi maleta en el maletero minúsculo del Audi y me puse al volante.
A pesar de haber pasado veranos enteros aquí con mi abuelo, jamás me molesté en memorizar el camino hacia la granja. De niña, el trayecto era solo un borrón de árboles verdes mientras yo me concentraba en contar nubes o imaginar historias sobre los animales que vería al llegar. En ese entonces, los mapas eran cosa de adultos; mi única preocupación era que el viaje terminara pronto para correr hacia el establo.
Ahora, mientras veía las bifurcaciones sinuosas y los carteles de madera carcomidos por el tiempo, deseaba con toda mi alma haber prestado menos atención al cielo y más a la geografía.
—Gracias a Dios por el siglo veintiuno —murmuré, con los dedos temblorosos mientras introducía la dirección en el GPS—. Al menos alguien sabe a dónde voy, aunque yo me sienta en otro planeta.
El Audi ronroneaba con una suavidad deliciosa mientras dejaba atrás el casco urbano de Nevada City. Pero la elegancia del auto empezó a sentirse fuera de lugar a medida que el asfalto cedía paso a una grava suelta y grisácea. El cielo, que antes era de un azul pálido, se cerró de golpe con nubes pesadas, de un color violeta casi herido.
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Editado: 23.02.2026