Donde la Tierra Manda.

2— Ceniza y Seda.

_“No hay peor extraña que la que cree regresar a su propia casa.”_

Me quedé allí, plantada sobre el umbral como una estatua de barro, mientras el tipo frente a mí no dejaba de sonreír. Sentí cómo mi enojo y la vergüenza luchaban por el primer puesto en mi pecho, creando un nudo asfixiante. Lo peor de todo —lo que realmente me hacía querer gritarle a la tormenta— era que el hombre era insultantemente bien parecido.

Tenía una mandíbula afilada, sombreada por una barba de varios días que le daba un aire salvaje, y unos ojos oscuros que parecían leer cada uno de mis pensamientos desastrosos. Vestía una sobrecamisa de franela a cuadros rojos y negros, gastada en los hombros y abierta sobre una camiseta gris que se ajustaba a su torso con una obviedad casi grosera. Era la viva imagen del hombre de campo: sólido, rudo y completamente fuera de mi alcance de comprensión urbana.

¿A quién quería engañar? Era más que bien parecido; era el tipo de hombre que protagonizaba las fantasías que una mujer como yo nunca admitiría tener.

—Necesito pasar —le dije con un hilo de voz. Intenté que sonara como una orden, pero salió como un ruego quebrado. Desvié la vista hacia el interior de la casa, anhelando el calor de esa chimenea que apenas se vislumbraba.

—¿Y por qué debería dejarte pasar? —preguntó él, recostando su hombro contra el marco de la puerta con una parsimonia que me encendió la sangre—. Hasta donde sé, podrías ser cualquier mujer fingiendo ser la dueña de la granja. Una muy empapada y poco precavida, por cierto.

Solté un suspiro largo, tratando de invocar la paciencia que me quedaba. En el fondo de mi mente lógica, esa que aún vestía traje sastre en Chicago, sabía que tenía razón. Estaba siendo precavido, protegiendo la propiedad de una intrusa que parecía haber salido de una fosa común. Una parte de mí quiso agradecérselo; estaba cuidando bien del lugar, pero el orgullo me impedía ser cortés.

—Te puedo demostrar que soy Lauren Mitchell —le aseguré, obligando a mis ojos a encontrarse con los suyos de nuevo. La intensidad de su mirada me provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia—. ¿Dónde está el Sr. Anderson? Necesito hablar con él ahora mismo.

Ante mi pregunta, el hombre dejó de sonreír. Vi, como si fuera una cámara lenta, cómo todo rastro de diversión moría en su rostro. Un atisbo de dolor y una melancolía cruda cruzaron sus ojos oscuros antes de que una máscara de frialdad absoluta se instalara en sus facciones. En un segundo, el pícaro de la montaña se convirtió en un extraño de hielo.

—Él ya no está aquí —dijo secamente. Las palabras cayeron entre nosotros con el peso del plomo.

—¿Cómo que no está? —pregunté, sintiendo que el suelo se volvía aún más inestable bajo mis pies descalzos—. ¿Y a dónde fue? ¿Y quién eres tú?

Él me observó en silencio durante lo que pareció una eternidad. El único sonido era el rugido del aguacero golpeando el tejado y el campo a nuestro alrededor. A lo lejos, un trueno rasgó el cielo y su eco se esparció por el valle, subrayando la tensión eléctrica que vibraba entre los dos.

—Soy Cole Anderson —respondió por fin. Su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa—. Billy Anderson era mi padre; él falleció hace cuatro años.

Lanzó las últimas palabras con una brusquedad que me golpeó como una bofetada. En su tono había un reproche silencioso, una acusación directa: ¿Cómo es posible que seas la dueña de esta tierra y ni siquiera supieras que el hombre que la mantuvo viva ha muerto? Me sentí como la villana de una historia que apenas estaba empezando a leer. El sentimiento de culpa, mezclado con la traición de mi madre por no habérmelo dicho, fue un golpe bajo.

Sin poder evitarlo, mi cuerpo comenzó a temblar violentamente. El frío de la Sierra Nevada finalmente me había alcanzado y podía sentir el lodo secándose sobre mi piel, tirante y asqueroso. Era una imagen patética.

Cole me observó un segundo más. Vi cómo su manzana de Adán se movía al tragar saliva y, por un instante, la dureza de su expresión flaqueó ante lo que supuse era una mínima chispa de piedad. Se hizo a un lado, abriendo camino hacia el refugio de madera y piedra.

—Pasa —cedió, aunque su voz seguía siendo un muro—. Pero será mejor que realmente seas quien dices ser, Mitchell. Porque si no, te aseguro que el barro será el menor de tus problemas esta noche.

Entré en la casa sintiendo su mirada clavada en mi espalda, una quemadura de hielo que me decía que, aunque estuviera bajo techo, la verdadera tormenta acababa de empezar.

El recibidor era un refugio de sombras y olor a cedro. Mis pies descalzos dejaron huellas oscuras sobre la alfombra de lana tejida a mano, un sacrilegio que me hizo encoger los hombros. Cole cerró la puerta a mis espaldas, silenciando el rugido de la lluvia, pero dejando un silencio aún más opresivo entre nosotros.

—No lo sabía —susurré, girándome hacia él. La luz de las lámparas acentuaba las líneas de su rostro, haciéndolo parecer aún más imponente, más real—. Sobre tu padre. Mi madre… ella no mencionó nada.

Cole soltó un bufido seco, una mezcla de risa amarga y desprecio. Se despojó de la sobrecamisa de cuadros, revelando unos brazos fuertes, marcados por el trabajo duro y el sol, y la lanzó sobre un perchero de madera.

—Vuestra familia tiene una habilidad especial para olvidar lo que no aparece en un balance de cuentas, ¿verdad, Mitchell? —Su voz bajó una octava, volviéndose un rugido sordo que vibró en el aire estático del recibidor. Sus ojos, oscuros y afilados como esquirlas de obsidiana, recorrieron mi cuerpo de nuevo, deteniéndose en el desastre que era mi ropa de seda. Sentí que el lodo en mi piel empezaba a arder bajo su escrutinio. —Respóndeme algo: ¿acaso eres consciente del trabajo que lleva mantener esta granja en pie? No. Y, por supuesto, menos idea tienes de la gente que día a día se deja la espalda aquí para que esto prospere. Y lo hacen felices, aunque a tu mente corporativa le cueste procesarlo.




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