Donde las sombras aprenden a amar

Capítulo I

La marca despierta

El dolor fue lo primero que sintió. No un dolor agudo ni punzante, sino profundo, antiguo, que parecía recorrer cada fibra de su ser como un río de memoria que no le pertenecía. Cada latido de su corazón resonaba en los huesos, vibrando con ecos que nunca había oído, pero que parecían escritos en la esencia misma de su cuerpo. Abrir los ojos fue un acto de coraje: esperaba la seguridad de su habitación, el techo de madera, la luz suave que atravesaba la ventana.
No había luz. No había ventanas. Solo oscuridad. Un suelo de piedra negra se extendía bajo ella, frío y hostil incluso a través de la tela del vestido que apenas cubría sus hombros. El aire estaba cargado de ceniza, y un aroma más antiguo, metálico y pesado, llenaba sus pulmones, recordándole que estaba despierta en un lugar que no pertenecía a ningún sueño.
La marca ardía bajo su clavícula. No un calor superficial, sino un pulso constante, profundo, como un segundo corazón latiendo fuera de su cuerpo. Cada vez que respiraba, sentía que la energía vibraba a través de ella, extendiéndose como raíces invisibles hacia el suelo, hacia las sombras que la rodeaban, hacia el mundo entero.
Intentó incorporarse, pero sus piernas temblaban bajo el peso del despertar. Sus manos se aferraron al suelo mientras la conciencia regresaba con lentitud, trayendo consigo un torrente de sensaciones: miedo, desconcierto… y algo más. Algo que no podía nombrar.
—No es un sueño —susurró, con la voz temblorosa pero firme, más para sí misma que para cualquier otra cosa.
Y entonces lo sintió. Una presencia. No un sonido, no un olor, no un movimiento, sino un peso que atravesaba la realidad y la tocaba a ella directamente. No necesitaba voltear; la presencia estaba allí desde siempre, aguardando el momento en que la marca despertara.
Se movió de la oscuridad. Silencioso, seguro, imponente. Sus ojos no reflejaban luz; la devoraban. Cada gesto calculado hablaba de siglos de poder contenido y de una voluntad que no debía ser desafiada. Cada paso parecía medido para anticipar cualquier reacción de Arieth, pero también para probarla, evaluarla.
Zhaereth.
No dijo su nombre. Y sin embargo, Arieth lo reconoció. Lo sabía. Lo había sentido incluso antes de abrir los ojos. La marca había elegido, y él había respondido.
—No deberías estar aquí —dijo, su voz profunda y controlada reverberando en la oscuridad. Era un sonido que llenaba el aire y lo hacía denso, pesado, imposible de ignorar.
Arieth se puso de pie, tambaleante pero firme. Sus manos se cerraron en puños, y aunque el miedo se agitaba en su interior, no era miedo lo que guiaba su cuerpo. Era decisión. Fuerza. Determinación.
—Entonces mátame —respondió, y aunque su voz era un susurro, cada palabra llevaba un desafío que resonó como un golpe contra el silencio—. Porque no pienso arrodillarme.
Las sombras reaccionaron. No eran simplemente ausencia de luz. Se estiraban, se agitaban, se enrollaban alrededor de sus piernas como si intentaran comprenderla. Observaban, registraban, recordaban. Susurros apenas audibles llenaban el aire; la información que contenían estaba allí para quien supiera escuchar.
Zhaereth dio un paso hacia ella, y la marca respondió con un estallido de dolor que la hizo arquearse. No era solo su dolor: era un eco compartido. Él también sintió esa reacción. Por primera vez en siglos, la línea entre verdugo y víctima se volvió difusa, y un conflicto que nunca había conocido surgió dentro de él.
—¿Qué eres? —preguntó, más para sí mismo que para Arieth, con un hilo de duda que rara vez había cruzado sus labios.
Arieth alzó el mentón. —Alguien que no debería importarte —dijo.
Pero ya importaba. Demasiado.
El aire alrededor comenzó a vibrar con tensión. Las sombras susurraban con más fuerza, y los Valles del Umbral parecían contener la respiración. Nyxior movió sus hilos desde la oscuridad, Morveth rugió con una ira contenida y Azhraël contempló futuros que no deberían existir. Todos sintieron, aunque no podían intervenir directamente, que algo irreparable había comenzado.
Arieth respiró hondo, absorbiendo cada sonido, cada sombra, cada vibración del Umbral. La marca no era solo suya; era un umbral vivo, un puente entre mundos, y con cada latido recordaba que cada acción tendría un precio, y que todo lo que sucediera aquí reverberaría en la estructura misma de la realidad.
Zhaereth la estudió por un largo instante. No como verdugo ni como demonio, sino como un ser atrapado entre la obligación y la curiosidad. Cada uno de sus movimientos mostraba que había aprendido a contener siglos de indiferencia, pero ahora se enfrentaba a algo que podía romperlo: una humana que sostenía más poder del que podía comprender y que lo llamaba sin intención de pedir permiso.
—No puedo… —comenzó, pero no terminó. Las palabras no podían expresar la complejidad del vínculo que la marca les imponía, ni el conflicto que estaba naciendo.
Arieth, por su parte, sentía cómo su fuerza crecía con cada segundo de presencia de Zhaereth y de su marca activa. El dolor inicial se transformó en energía, en control, en entendimiento parcial de lo que podía hacer y lo que estaba prohibida de intentar. El Umbral reaccionaba a ella, y ella comenzaba a reaccionar al mundo. Cada sombra, cada piedra, cada grieta en el aire parecía alinearse con su respiración.
Se dio cuenta, por primera vez, de que la marca no era solo un sello: era un ser vivo, un juicio y un destino. Y que Zhaereth no era solo un verdugo: era un reflejo de lo que podía suceder si cruzaban los límites.
El silencio se extendió, pesado, hasta que finalmente el pulso de la marca comenzó a estabilizarse. Arieth respiró, y por primera vez desde que abrió los ojos en este mundo, supo algo con certeza: su vida había dejado de pertenecerle, y cada decisión, cada paso, cada roce de sombra y luz sería irreversible.
Y aún así, una parte de ella sonrió. Porque nunca había sentido nada tan intenso, ni tan peligroso, ni tan absolutamente suyo.
El mundo comprendió entonces que algo había despertado, y que lo imposible se había vuelto inevitable.



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En el texto hay: romace, fantacia, dolor

Editado: 06.01.2026

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