Donde las sombras aprenden a amar

Capítulo II

El Verdugo que Dudó

El fallo ocurrió antes de que pudiera nombrarlo. Antes de que siquiera pudiera pensar que algo podría salir mal. Había ejecutado órdenes durante siglos; cada movimiento era instintivo, preciso, una extensión de sí mismo que existía solo para obedecer. Cada músculo, cada nervio, cada fibra de su cuerpo estaba afinada para el acto único de destruir. La espada descendía, cortaba, ejecutaba. No había lugar para la duda.
Esta vez… se detuvo.
No fue resistencia física, ni un obstáculo tangible. Fue un vacío sutil que apareció entre la orden y la acción, un espacio que nunca debería haber existido. El brazo quedó suspendido en un ángulo imposible, como si el propio Umbral contuviera la respiración. Y en ese instante, la conciencia del Verdugo, algo que creía inexistente, se despertó.
El condenado levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de miedo, de confusión. La sangre comenzaba a escapar de sus labios, de sus sienes. El cuerpo sabía lo que debía ocurrir. El mundo también. Pero él… él no.
Un tirón se sintió en su interior, seco, profundo, como si alguien hubiera arrancado un hilo que llevaba siglos tenso. No era dolor. No era emoción. Era un llamado. Irregular. Vivo.
Las sombras reaccionaron antes que él. Se agitaban, retorcidas, distorsionadas, como si hubieran percibido la anomalía primero y quisieran advertirle. Siempre habían sido extensión de su voluntad, obedientes, silenciosas. Ahora lo observaban. Y eso era peligroso.
Algo dentro de él se quebró.
La espada descendió finalmente, pero demasiado tarde. El corte fue superficial, ineficaz. La sangre manchó la piedra, pero no como debía. El grito del condenado se apagó demasiado pronto, y su cuerpo cayó… aún vivo.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier castigo. Observó sin ver realmente, respirando sin necesidad de hacerlo, sintiendo un vacío que no podía nombrar. Algo había cambiado. Algo dentro de él, antiguo, profundo, como el núcleo mismo de su ser, se había resquebrajado.
—Ejecuta —ordenó la voz distante, fría, inmutable.
Pero no lo hizo.
La pausa fue el verdadero fallo. Nunca había existido una pausa antes. No la herida mal hecha, ni la interrupción inicial. La pausa. Ese intervalo, pequeño pero infinito, donde la acción y la orden se separaron.
El condenado aprovechó el instante imposible para arrastrarse lejos, dejando un rastro oscuro sobre la piedra. Nadie intervino. Nadie se atrevió. El error ya estaba registrado.
La espada descendió nuevamente, lenta, pesada, cargada con el peso de lo correcto y lo incorrecto fusionados. No volvió a levantarse. El mandato había sido cumplido de manera incompleta. Peor que la desobediencia: ejecución imperfecta.
El tirón regresó. Esta vez más fuerte, más definido. No provenía de los dioses, ni de la orden que había seguido durante siglos. Era diferente. Irregular. Vivo.
El cuerpo reaccionó antes que la mente. Respiró con conciencia, sintió cada músculo tensarse de forma que nunca había experimentado. Las sombras cercanas se reagruparon, murmurando sin sonido. Reconocimiento, no obediencia. Algo había sido llamado, y algo había respondido.
No debía escuchar. Y sin embargo, escuchó.
El punto fijo estaba allí, latente en el Umbral, sellado, despierto. La marca. No la conocía, no debía conocerla, pero el tirón la señalaba. Y eso lo hizo más peligroso.
—No —murmuró, una negación que no era súplica, ni miedo, solo rechazo funcional.
Nada sellado debía emitir un llamado. Nada creado como contención debía ser percibido por quien ejecuta consecuencias. Y sin embargo, persistía. La sensación era insistente, silenciosa, casi paciente. Reconocimiento. Equivalencia. Algo se había quebrado más profundo que la carne, más profundo que la sangre.
Por primera vez, su voluntad no coincidía con su acción. La espada seguía siendo un arma, pero ya no perfecta. La coordinación que siempre había definido su existencia se había desalineado.
Un pensamiento apareció, lento, torpe, recién nacido:
—¿Qué eres?
No estaba dirigido a la marca. No estaba dirigido al Umbral. Estaba dirigido a sí mismo.
Nunca antes había dudado. Nunca antes había tenido que cuestionarse. Hasta ahora.
Lejos, algo gritó. No con sonido, sino con ruptura. La fisura atravesó la nada como un rayo invisible. El tirón se intensificó, definido, urgente. No pedía cercanía, no ofrecía promesa. Solo existía.
Y eso fue suficiente para contaminarlo.
Su cuerpo se tensó. La espada, manchada, parecía más pesada que nunca. El metal ya no era extensión perfecta de su voluntad. La grieta, registrada en su ser, vibraba. El primer fallo no fue un acto: fue un quiebre. Una grieta que los Valles del Umbral cobrarían.
—Esto no es permitido —susurró, mientras ninguna voz respondía.
Las sombras observaban. Callaban, pero no por obediencia. Ahora tenían secreto propio. El fallo estaba registrado.
Cuando los dioses encadenados se movieron en sus prisiones, el mundo permaneció quieto. Ellos sí temblaron.
El error no era el sello. El error fue permitir que algo sellado pudiera ser sentido. Y el Verdugo, por primera vez desde su creación, no ejecutó una orden de inmediato.
No por rebeldía.
No por odio.
Por interferencia.
El primer fallo no fue un acto. Fue un quiebre. Una grieta que los Valles del Umbral cobrarían. Y cada grieta, en ese mundo, siempre deja un precio.



#1666 en Fantasía
#795 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: romace, fantacia, dolor

Editado: 06.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.