Donde las sombras aprenden a amar

Capítulo III

El Lenguaje de las Sombras

El silencio no llegó de golpe.
Se asentó.
Después del grito —después de la ruptura—, el mundo pareció contener la respiración. El aire seguía siendo pesado, pero ya no oprimía. Esperaba. La piedra bajo los pies había dejado de vibrar, aunque conservaba una tibieza incómoda, como si algo acabara de retirarse de ella.
El cuerpo permanecía tenso, inmóvil, no por miedo sino por intuición. Moverse sin entender el nuevo equilibrio sería un error.
La marca no ardía.
Latía.
No con fuerza. Con regularidad. Como un pulso que no pertenecía al corazón, pero que había decidido imitarlo. Cada latido se expandía hacia dentro, no hacia la piel. No pedía atención. La exigía.
Las sombras se habían acercado.
No avanzaron de manera visible. No cruzaron el espacio como criaturas con intención obvia. Simplemente estaban más cerca de lo que deberían, ocupando lugares donde la luz aún alcanzaba, pero no mandaba.
No eran muchas.
Eran suficientes.
Se detenían a distancias distintas, como si cada una midiera algo diferente. Algunas se estiraban apenas, deformándose en ángulos que hacían doler la vista. Otras permanecían compactas, densas, demasiado definidas para ser solo oscuridad.
No tocaban.
Eso fue lo primero que se comprendió.
Podían hacerlo.
Elegían no hacerlo.
El aire entre ellas y el cuerpo parecía más denso, como una membrana invisible. Cada vez que una se aproximaba un poco más, la marca respondía con un latido más lento, más profundo.
No era amenaza.
Era reconocimiento.
—No sé qué quieren —murmuró, sin levantar la voz.
El sonido no rebotó. Fue absorbido.
Una de las sombras se alargó hacia el suelo, estirándose hasta formar una línea delgada que cruzó la piedra y se detuvo a centímetros de los pies. No había agresión en el gesto. Tampoco advertencia.
Era una marca.
Un trazo.
Un gesto deliberado.
El pulso bajo la clavícula se aceleró por primera vez desde el despertar.
—No —dijo, más firme—. No voy a seguir eso.
La sombra no retrocedió.
Las demás reaccionaron.
No con movimiento, sino con atención sincronizada. La presión en el ambiente cambió. No aumentó. Se afinó. Como si algo hubiera sido corregido.
El mensaje fue claro sin palabras:
No estamos guiándote.
Estamos observando cómo decides.
El estómago se cerró con una certeza incómoda. Esto no era una prueba en el sentido humano. No había respuestas correctas. Solo consecuencias que serían recordadas.
Dio un paso atrás.
La sombra se retiró de inmediato, replegándose sobre sí misma. No como derrota. Como registro.
El suelo, donde el trazo había estado, conservó una oscuridad distinta. No una mancha. Una memoria.
—Entonces… —la voz salió más baja—. ¿Qué soy para ustedes?
No hubo reacción inmediata.
El silencio se prolongó lo suficiente para que la pregunta comenzara a pesar.
Luego, algo ocurrió.
No fue un sonido.
Fue una alineación.
Las sombras se movieron al mismo tiempo, reorganizándose alrededor del cuerpo en un patrón irregular pero intencional. No cerraban un círculo. Dejaban espacios. Huecos precisos.
Como si marcaran límites.
Como si delimitaran un umbral.
La marca respondió con un calor súbito, breve, que no dolió pero obligó a llevar una mano al pecho. El pulso se volvió más profundo, más lento, como si hubiera encontrado algo que reconocía.
No palabras.
No imágenes.
Sensación.
Contención.
Error.
Persistencia.
El aire se volvió más frío.
Una sombra, distinta a las demás —más densa, más antigua—, se deslizó hasta quedar frente al cuerpo. No adoptó forma reconocible. No necesitó hacerlo. Su presencia bastó para que la piel se erizara.
No atacó.
Se inclinó.
No en reverencia.
En evaluación.
La marca respondió con un latido irregular. El cuerpo se tensó, preparado para un impacto que no llegó. La sombra permaneció inmóvil durante un tiempo imposible de medir.
Luego se retiró.
No como quien se va.
Como quien ha visto suficiente.
Las demás la imitaron, replegándose poco a poco hacia los bordes del espacio. No desaparecieron. Se redistribuyeron. Vigilantes. Silenciosas.
El mensaje fue claro ahora:
No intervenimos.
Recordamos.
Las piernas cedieron y el cuerpo se apoyó contra la pared más cercana. El contacto con la piedra fue un ancla mínima, insuficiente, pero necesaria. La respiración tardó en estabilizarse.
No había ganado nada.
No había perdido nada visible.
Eso fue lo más inquietante.
La marca seguía latiendo. Las sombras seguían ahí. El mundo no había cambiado… excepto en un detalle imposible de ignorar:
Ya no estaba sola en su propio cuerpo.
Muy lejos de allí, algo se tensó.
No una orden.
No una voluntad.
Una atención compartida.
Las sombras habían hablado sin lenguaje.
Y lo que habían dicho no era promesa ni amenaza.
Era algo peor.
Observación con intención.



#1666 en Fantasía
#795 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: romace, fantacia, dolor

Editado: 06.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.