Donde las sombras aprenden a amar

Capítulo V

Custodia

La orden no descendió como las anteriores.
No hubo peso inmediato.
No hubo dirección clara.
Llegó como una presión constante, instalada detrás del pensamiento, imposible de ignorar pero difícil de localizar. No exigía movimiento. Exigía atención sostenida.
Eso ya era una anomalía.
Las órdenes solían ser simples: ejecutar, borrar, sellar. Esta no pedía acción inmediata. Pedía permanencia.
Vigilar.
El concepto no era nuevo. La función, sí.
El vacío respondió con un repliegue incómodo, como si el espacio mismo no aprobara la instrucción. Las sombras cercanas se tensaron, deformándose apenas antes de recuperar su forma habitual. No era resistencia. Era registro.
—Define —murmuró, no a una voz específica, sino al mandato mismo.
La respuesta no llegó en palabras.
Llegó en imagen.
Un punto fijo en el Umbral. Un cuerpo marcado. Un entorno que ya no se comportaba de manera neutral. La sensación no era de urgencia, sino de riesgo acumulado.
No debía intervenir.
Eso fue lo más claro.
No debía acercarse para proteger.
No debía eliminar.
No debía corregir.
Solo observar.
El error no debía ser tocado. Debía ser medido.
La orden se asentó con firmeza. No permitía interpretación. No admitía desviaciones. La custodia no era un favor. Era una contención a largo plazo.
El cuerpo reaccionó con una tensión mínima, casi imperceptible. Algo interno se resistía a aceptar una función que implicara cercanía sin acción.
Eso también era nuevo.
El vacío se abrió sin ceremonia, permitiendo el tránsito. No fue un desplazamiento inmediato. Fue una aproximación gradual, como si incluso el espacio necesitara ajustar su distancia respecto a aquello que debía ser vigilado.
El Umbral apareció distinto desde esta perspectiva.
No más hostil.
Más consciente.
Las sombras no se apartaron al paso. Tampoco se alinearon. Se replegaron lo justo para permitir el avance, pero mantuvieron su atención fija, constante, dirigida hacia el mismo punto.
El cuerpo marcado no estaba cerca.
Eso no importaba.
La sensación de presencia era suficiente para localizarlo.
La marca emitía una frecuencia irregular, no constante como una señal, sino variable, como algo que respondía al entorno sin comprenderlo del todo. No llamaba. No pedía. Existía con insistencia.
Eso la hacía peligrosa.
La custodia no implicaba contacto visual inmediato. Implicaba mantenerse dentro de un radio donde cualquier alteración pudiera ser registrada antes de volverse irreversible.
El Umbral cooperó.
No porque obedeciera.
Porque reconocía la función.
Una elevación natural de piedra ofreció un punto de observación. No apareció de la nada. Siempre había estado ahí. Simplemente… ahora era relevante. El suelo se estabilizó bajo los pies, firme, silencioso.
Desde allí, la figura se distinguía apenas.
No por forma.
Por ausencia de indiferencia a su alrededor.
El espacio cercano reaccionaba de maneras sutiles: el suelo ajustándose, el aire variando su densidad, las sombras deteniéndose en posiciones que no eran casuales. Nada de eso era normal.
Nada de eso debía ser posible.
La orden pesó más en ese instante.
—No intervenir —recordó en voz baja.
No por riesgo personal.
Por costo sistémico.
La custodia exigía disciplina absoluta. Cualquier acto fuera del mandato alteraría el registro. El error debía desarrollarse sin influencia directa.
Eso incluía compasión.
Eso incluía curiosidad.
La mirada permaneció fija, no por interés, sino por función. Cada movimiento era registrado. Cada pausa, anotada en un sistema que no necesitaba escritura.
Las sombras también observaban.
No lo ocultaban.
Eso era inusual.
No actuaban como extensión de la voluntad divina. Actuaban como testigos paralelos, atentos a lo mismo, pero desde otra lógica.
No colaboraban.
Coincidían.
El cuerpo marcado se detuvo en un punto donde el Umbral parecía menos reactivo. El alivio fue perceptible incluso a distancia. El entorno allí no respondía.
Eso también fue anotado.
—Aprende rápido —murmuró, sin darse cuenta.
El vacío respondió con una tensión breve.
No fue advertencia.
Fue corrección.
No debía evaluar capacidades. Solo registrar manifestaciones.
La custodia no permitía juicios.
Y, sin embargo, algo dentro persistía.
No como emoción.
Como ruido interno.
La cercanía prolongada empezaba a generar interferencia. No en la orden, sino en la ejecución perfecta de la neutralidad. La marca seguía latiendo con una irregularidad que no se estabilizaba.
Eso significaba adaptación.
Eso significaba progreso.
El Umbral reaccionó a un movimiento menor: una sombra se desplazó unos centímetros más de lo habitual. No tocó. No amenazó. Solo se colocó en un ángulo distinto.
La figura vigilada no lo notó.
Las sombras sí.
El vacío también.
La custodia no era solo vigilancia externa. Era contención compartida. Un equilibrio frágil entre fuerzas que no confiaban unas en otras.
La orden se reafirmó, más firme ahora:
Observar hasta nuevo aviso.
Intervenir solo si el Umbral colapsa.
Eso no era protección.
Eso era esperar la ruptura.
La espada permaneció envainada. No por decisión. Por mandato. El metal parecía más pesado de lo habitual, como si reconociera que su función estaba temporalmente suspendida.
No anulada.
Suspendida.
Desde el punto de observación, el cuerpo marcado avanzó un paso más. El entorno respondió con un ajuste mínimo, casi imperceptible.
El error seguía creciendo.
Y él, por primera vez, no estaba allí para corregirlo.
Solo para presenciarlo.
La custodia había comenzado.
Y en los Valles del Umbral, nada vigilado durante demasiado tiempo sale ileso.



#1666 en Fantasía
#795 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: romace, fantacia, dolor

Editado: 06.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.