Donde las sombras aprenden a amar

Capítulo VI

Lo que no debe tocarse

Alejarse parecía una solución lógica.
No una orden nueva, sino un ajuste mínimo dentro de la custodia. Mantener distancia. Reducir interferencias. Permitir que el registro continuara sin distorsión.
La decisión no fue emocional.
Fue técnica.
El primer paso atrás no produjo reacción visible. El Umbral permaneció estable. Las sombras conservaron su posición, atentas, sin desplazarse. El entorno aceptó el movimiento como aceptaba casi todo: con silencio.
El segundo paso cambió algo.
No en el aire.
No en la tierra.
En la marca.
La frecuencia se alteró de inmediato, como si la ausencia repentina hubiera sido interpretada como una agresión. No gritó. No brilló. Falló en sostenerse.
El cuerpo marcado se detuvo en seco.
No miró alrededor. No buscó una causa externa. La reacción fue interna, profunda, como si algo bajo la piel hubiera perdido su punto de anclaje.
Eso no debía pasar.
La distancia no estaba contemplada como variable de riesgo.
El tercer paso atrás no ocurrió.
La marca respondió antes.
El Umbral se contrajo de manera brusca, no violenta, pero sí deliberada. El suelo se endureció bajo los pies ajenos, volviéndose incómodamente sólido, como si rechazara el peso. Las sombras se reacomodaron con rapidez, formando patrones irregulares, tensos.
No atacaban.
Advertían.
El cuerpo marcado llevó una mano a la clavícula. No con urgencia, sino con una precisión instintiva, como si supiera exactamente dónde se estaba rompiendo algo que no podía ver.
El aire se volvió espeso.
No oscuro.
Denso.
La distancia había cobrado su precio.
—Detente —ordenó, sin elevar la voz.
No a ella.
Al movimiento que ya había iniciado.
El Umbral obedeció parcialmente. La contracción se estabilizó, pero la marca no. Su pulso se volvió errático, más rápido, menos contenido. No era una reacción defensiva. Era desorientación.
Eso fue peor.
La marca no respondía al peligro. Respondía a la ausencia.
El registro interno se actualizó de inmediato. Variable nueva detectada. El error no solo interactuaba con el entorno. Interactuaba con la proximidad.
Eso no estaba en ningún cálculo previo.
El cuerpo marcado cayó de rodillas, no por debilidad física, sino por pérdida de equilibrio interno. El Umbral no la empujó. Simplemente dejó de sostenerla como antes.
Las sombras se acercaron un poco más.
No para ayudar.
Para ver mejor.
El vacío presionó, exigiendo corrección. No eliminación. No contacto directo. Restablecimiento de condiciones estables.
La única variable alterada había sido la distancia.
El ajuste era evidente.
Un paso adelante.
Solo uno.
El entorno respondió de inmediato. El aire recuperó fluidez. El suelo cedió apenas, volviendo a un estado tolerable. La marca no se apagó, pero su pulso se volvió menos caótico, como si hubiera reconocido algo familiar.
No alivio.
Referencia.
El precio de la distancia había sido cobrado.
El de la cercanía aún no.
—No —murmuró, esta vez para sí.
No debía existir esa relación.
La custodia no incluía anclaje.
No incluía dependencia.
Y, sin embargo, el sistema reaccionaba como si la cercanía fuera un factor estabilizador. No por elección. Por diseño.
El cuerpo marcado respiró con dificultad, pero no perdió el conocimiento. No gritó. No pidió ayuda. Permaneció en silencio, sosteniendo el dolor con una resistencia que no correspondía a su fragilidad aparente.
Eso también fue registrado.
Las sombras se detuvieron al unísono.
No porque la situación hubiera terminado.
Porque habían aprendido algo nuevo.
El Umbral no castigaba solo el uso indebido de la marca. Castigaba la separación prematura de aquello que había sido colocado en relación.
No era un vínculo.
Era una ecuación incompleta.
Alejarse no era neutral.
Era una acción.
Y como toda acción en los Valles, tenía costo.
La espada permaneció envainada. No por disciplina, sino porque no había enemigo externo al cual apuntar. El fallo era estructural. No se resolvía con violencia.
Se resolvía con presencia.
Un paso más adelante estabilizó por completo el entorno. No eliminó el pulso irregular, pero lo contuvo dentro de límites tolerables. El Umbral dejó de tensarse. Las sombras retomaron su posición original, como si nada hubiera ocurrido.
Nada… excepto el registro.
La custodia acababa de redefinirse.
No podía alejarse sin provocar daño.
No podía acercarse sin alterar el sistema.
Eso no era vigilancia.
Era confinamiento compartido.
El cuerpo marcado se puso de pie lentamente. No miró atrás. No sabía. No podía saber. Pero su postura cambió, apenas, como si el espacio a su alrededor se hubiera vuelto más estable.
La distancia correcta había sido restablecida.
Por ahora.
El vacío guardó silencio.
No aprobaba.
No corregía.
Solo anotaba.
Y en ese silencio quedó clara la verdad más incómoda hasta ahora:
Algunas cosas no deben tocarse.
Pero tampoco pueden abandonarse.



#1666 en Fantasía
#795 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: romace, fantacia, dolor

Editado: 06.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.