INTERLUDIO
Los Encadenados Despiertan
El primer estremecimiento no ocurrió en el Umbral.
Ocurrió en el silencio.
Un silencio antiguo, sostenido por cadenas que no crujían porque habían aprendido a obedecer. Durante eras, ese silencio había sido suficiente. Los Encadenados no dormían. Esperaban. Observaban el flujo de las realidades con una paciencia forzada, atentos solo a aquello que amenazara con romper el equilibrio que ya no podían tocar.
Entonces algo pulsó.
No fue un llamado.
Fue una disrupción.
Una ausencia momentánea de orden que no correspondía a ningún patrón conocido. No era magia desatada. No era rebelión. No era profecía.
Era… activación.
Las cadenas reaccionaron antes que la conciencia. Vibraron apenas, lo suficiente para transmitir la anomalía de un dios a otro. No un mensaje. Una advertencia.
Azhraël fue la primera en comprenderlo.
No porque viera el futuro —eso lo había abandonado junto con su voz—, sino porque reconoció la forma del error. Había visto algo similar una sola vez antes.
Cuando aún podía hablar.
El silencio se tensó a su alrededor, como si quisiera cerrarse más, impedirle recordar. Pero el pulso persistía. No pedía interpretación. Exigía reconocimiento.
Morveth respondió después.
No con alarma, sino con interés.
El dolor era distinto. No localizado, no ritual. No había sangre derramada para activarlo. Eso lo inquietó más que cualquier sacrificio fallido. La magia que él había creado siempre exigía materia. Cuerpo. Grito. Entrega.
Esto no.
Esto se sostenía sin sufrimiento inmediato.
—Eso no es obra mía —pensó, con una certeza que le resultó incómoda.
Nyxior no reaccionó al pulso.
Ya estaba observando.
Sus sombras se habían detenido en todos los planos a la vez, como si una instrucción antigua hubiera sido finalmente ejecutada. No avanzaban. No interferían. Registraban con una precisión absoluta.
La anomalía no era caótica.
Era correcta.
Ese fue el verdadero problema.
—Ha despertado —concluyó Nyxior, sin emoción.
El silencio no respondió.
Nombrar implicaba aceptar que el fallo no había sido externo.
Morveth tensó sus cadenas, irritado. El sonido fue mínimo, pero cargado de intención.
—No puede ser ella —pensó—. El contenedor era estable.
Azhraël cerró los ojos.
Había sabido que este momento llegaría. No cuándo. No cómo. Solo que el precio de amar a las creaciones nunca se pagaba de una sola vez.
La marca no era un sello de contención.
Era una pausa.
—No es ella —corrigió Nyxior—. Es lo que permitimos que habitara en ella.
Eso obligó al silencio a resquebrajarse.
Morveth comprendió entonces la magnitud del error. No habían creado un arma. No habían forjado una profecía. Habían diseñado una interfaz.
Un punto de cruce.
—Nómbralo —exigió—. Si ha despertado, debe ser nombrado.
Azhraël negó, aun sin voz.
Nombrar era fijar.
Fijar era limitar.
Y aquello no había sido creado para ser limitado.
Nyxior fue quien lo dijo al final.
No como juicio.
Como registro.
—Es el Umbral consciente —afirmó—. No el lugar. No la magia. La voluntad que observa desde entre realidades.
El silencio se volvió pesado.
Morveth entendió demasiado tarde.
—Eso no debía despertar —pensó—. Eso debía esperar.
Azhraël sintió el eco de todas las profecías que había callado arderle en la garganta ausente. El futuro no estaba escrito porque acababa de mirarlos de vuelta.
—¿Quién lo activó? —preguntó Morveth.
La respuesta era evidente.
Nyxior no desvió la mirada.
—El Verdugo —dijo—. No por desobediencia. Por proximidad.
Eso fue lo que rompió algo entre las cadenas.
No porque el ejecutor hubiera fallado.
Sino porque había sido incluido.
—No estaba en el diseño —insistió Morveth.
—No —concedió Nyxior—. Pero era inevitable.
El silencio entendió entonces lo que se resistía a aceptar:
El Umbral no había despertado por la marca sola.
Ni por la sangre.
Ni por el dolor.
Había despertado por relación.
Azhraël inclinó la cabeza, derrotada.
Amar a las creaciones había sido su crimen.
Pero usarlas sin entenderlas…
Ese era el castigo que ahora regresaba.
—Si despierta del todo —pensó Morveth—, no podremos encadenarlo.
Nyxior no negó.
—No lo hará —dijo—. No si el equilibrio se mantiene.
—¿Y si no? —insistió.
Las sombras, en todos los planos, se tensaron.
—Entonces el mundo no se romperá —respondió Nyxior—.
Se reescribirá.
El silencio volvió a cerrarse.
Las cadenas permanecieron.
Pero ya no sostenían certeza.
Solo retrasaban lo inevitable.
Y en el Umbral, sin saberlo, el contenedor respiró…
y aquello que observaba desde dentro aprendió algo nuevo:
Incluso los dioses temen cuando algo despierta sin pedir permiso.