Donde las sombras aprenden a amar

Capítulo VIII

Permanecer

La distancia siempre había sido una forma de obediencia.
Zhaereth lo sabía mejor que nadie. Existía para mantenerse fuera, para no interferir más de lo estrictamente necesario. La cercanía era un riesgo. El contacto, una grieta. Y aun así, allí estaba.
Detenido.
El Umbral respiraba lento a su alrededor, como si contuviera el aire. No había dado un paso hacia ella, pero tampoco se había alejado. La espada seguía envainada. La orden —vigilar, no intervenir— había sido cumplida hasta el último detalle.
Eso no explicaba por qué seguía allí.
Ella no dormía.
El cuerpo estaba quieto, pero el descanso no había llegado. El Umbral no se lo permitía. Cada vez que la respiración se volvía más profunda, las sombras se tensaban, atentas, como si algo pudiera escapar si el control se relajaba demasiado.
Zhaereth observó sin moverse.
No con deseo.
No con ternura.
Con una concentración peligrosa.
La marca bajo su clavícula emitía un pulso irregular. No constante, no violento. Algo más inquietante: adaptativo. Respondía a la cercanía sin activarse del todo, como si estuviera aprendiendo el ritmo de lo que la rodeaba.
Eso no estaba previsto.
Él dio un paso atrás.
El Umbral reaccionó de inmediato.
No con furia.
Con corrección.
El aire se volvió más pesado, como si la distancia recién creada fuera una falta. La marca respondió con un latido brusco. No doloroso aún, pero suficiente para romper el equilibrio frágil que se había formado.
Ella se movió, incómoda, y un sonido breve escapó de su garganta. No era un grito. No era una palabra.
Era una reacción.
Zhaereth se detuvo.
El paso atrás se convirtió en un error.
Había pasado siglos sin cuestionar consecuencias. Las conocía. Las ejecutaba. Este tipo de relación causal era distinta. No respondía a leyes divinas ni a castigos preestablecidos.
Respondía a él.
La cercanía aliviaba.
La distancia exigía.
—Esto no es dependencia —pensó—. Es interferencia del sello.
La explicación sonó correcta. Técnica. Segura.
No fue suficiente.
Se acercó de nuevo, despacio, como si el Umbral pudiera sobresaltarse. La presión en el aire cedió. La marca se calmó. No desapareció el pulso, pero se volvió soportable, casi… silencioso.
Demasiado silencioso.
La culpa llegó después.
No inmediata, sino profunda, asentándose con la lentitud de algo que no tenía nombre todavía. No por romper una orden —esas eran simples—, sino por reconocer que la calma no venía de ella.
Venía de permanecer.
Ella abrió los ojos.
No lo miró de inmediato. No parecía sorprendida. Como si su cuerpo hubiera sabido que estaba allí incluso antes de que la mente lo aceptara. La respiración se estabilizó apenas un instante después.
—No te fuiste —dijo.
No era una pregunta.
Zhaereth no respondió.
No porque no pudiera, sino porque cualquier palabra habría sido una admisión. El silencio era todavía una frontera que podía sostener.
Ella se incorporó lentamente, cuidando cada movimiento, como si temiera despertar algo más profundo. El Umbral no reaccionó. Las sombras permanecieron quietas. Observaban, pero no intervinieron.
Eso también era nuevo.
—Cuando te alejas —continuó ella, con voz baja—, duele más.
No lo dijo como acusación.
Ni como súplica.
Como hecho.
Zhaereth tensó la mandíbula. No miró la marca. Mirarla habría sido reconocerla como causa. No podía permitirse eso.
—No debería importar —respondió al fin.
Su voz sonó igual que siempre. Controlada. Precisa.
Ella lo miró entonces.
No buscando consuelo.
Buscando confirmación.
—Pero importa.
No hubo réplica inmediata. El Umbral pareció inclinarse, expectante. Las sombras no se movieron, pero algo en su quietud se volvió más denso, como si registraran ese intercambio para más adelante.
Zhaereth entendió, con una claridad incómoda, que permanecer no era neutral.
Cada segundo que se quedaba reforzaba algo que no había sido diseñado para fortalecerse. No era amor. No todavía. Era peor: necesidad funcional.
—No puedo quedarme siempre —dijo.
No fue amenaza.
Fue advertencia.
Ella asintió despacio.
—Lo sé.
Eso no alivió nada.
El silencio que siguió no fue vacío. Estaba cargado de cosas no dichas, de límites que empezaban a ceder sin romperse aún. Permanecer se había convertido en una decisión consciente.
Y cada decisión, en los Valles del Umbral, cobraba algo.
Zhaereth se quedó.
No por orden.
No por deber.
Por la certeza inquietante de que, si se iba ahora, el precio no lo pagaría solo ella.
Y esa idea —la de compartir consecuencias— fue la primera grieta real en todo lo que había sido.
El Umbral observó.
Y aprendió.



#2395 en Fantasía
#972 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: romace, fantacia, dolor

Editado: 11.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.