Donde las sombras aprenden a amar

Capítulo X

Recuerdos que no son suyos

El primer recuerdo no llegó como imagen.
Llegó como sensación.
El peso de algo antiguo sobre el pecho, no físico, sino denso. Como si el aire de otro tiempo hubiera sido más espeso, más difícil de respirar. Ella despertó con esa presión todavía adherida a los pulmones, con la certeza de haber estado en un lugar que no existía cuando abrió los ojos.
El alivio seguía allí.
Eso fue lo extraño.
La calma no se había retirado durante el descanso. La marca permanecía silenciosa, tibia, presente sin exigir atención. El Umbral tampoco reaccionó al despertar. Las sombras estaban donde siempre, quietas, obedientes a una lógica que no explicaban.
Solo ella había cambiado.
Tardó unos segundos en comprenderlo.
Había despertado sabiendo algo.
No un dato concreto. No una revelación clara. Era más parecido a reconocer un camino sin haberlo recorrido nunca. Una familiaridad injustificada con un miedo que no había vivido.
Cerró los ojos otra vez.
El recuerdo se acomodó.
Piedra húmeda bajo las manos.
Hierro frío rodeando muñecas que no eran las suyas.
Una voz —no, muchas— discutiendo en un idioma que comprendía sin haberlo aprendido.
Abrió los ojos de golpe.
El Umbral seguía intacto.
—Eso no fue un sueño —murmuró.
No había emoción intensa asociada al recuerdo. Ni terror ni dolor inmediato. Solo la inquietud de haber sido testigo de algo ajeno con demasiada claridad.
Se llevó la mano a la clavícula.
La marca no respondió.
Ese silencio fue peor.
Durante el día —si es que algo podía llamarse así allí— los recuerdos regresaron en fragmentos desordenados. No seguían una secuencia. No parecían buscar comprensión. Simplemente… aparecían.
El olor de sangre vieja en un altar que no reconocía.
La certeza de haber sido observada por dioses que ahora estaban encadenados.
La sensación de caer entre mundos sin llegar a tocar ninguno.
No veía rostros.
Veía decisiones.
Cada recuerdo estaba cargado de intención, no de detalle. Como si lo importante no fuera lo que había ocurrido, sino por qué.
Ella no había vivido eso.
Y, sin embargo, lo recordaba.
El miedo llegó más tarde.
No como pánico, sino como una pregunta persistente:
¿qué parte de mí está recordando esto?
Buscó la presencia cercana sin darse cuenta de que lo hacía. No fue un llamado consciente. Fue un gesto involuntario, un movimiento del cuerpo hacia un punto específico del espacio.
Allí estaba.
No tan cerca como antes. No lejos. En el mismo equilibrio incómodo que habían aprendido a sostener. Su presencia seguía siendo un ancla, pero algo había cambiado en la forma en que el Umbral respondía.
Las sombras se inclinaban apenas hacia ambos.
—Estoy viendo cosas —dijo ella.
No explicó.
No pidió permiso.
La afirmación quedó suspendida entre ellos, pesada.
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó él.
Ella dudó.
No por miedo a ser juzgada.
Por miedo a que al decirlo… se volviera más real.
—Cosas que pasaron —respondió—. Antes de mí.
El silencio no fue neutral.
Él entendió antes de que ella terminara de hablar. No porque lo supiera con certeza, sino porque algo en su interior reconoció el patrón. Aquello no era una falla. Era una consecuencia.
—¿Son recuerdos completos? —preguntó.
Ella negó despacio.
—No. Son… restos. Decisiones sin rostro. Dolor sin cuerpo.
Eso lo inquietó más que una visión clara.
Los recuerdos incompletos no pertenecían a una mente individual. Eran residuos de algo más grande. Algo que había necesitado ser contenido, fragmentado, repartido.
—Eso no debería estar accediendo a ti todavía —dijo él, más para sí que para ella.
La palabra todavía no pasó desapercibida.
—¿Accediendo? —repitió—. ¿Como si yo fuera un lugar?
No hubo respuesta inmediata.
El Umbral reaccionó antes.
Las sombras se movieron por primera vez desde que el alivio había comenzado. No se acercaron. No retrocedieron. Cambiaron de forma, como si ajustaran su posición para observar mejor.
Ella sintió el siguiente recuerdo antes de comprenderlo.
Una sala vasta, suspendida entre realidades.
Cadenas extendiéndose hacia algo que no podía verse del todo.
Una decisión tomada sin consenso.
Y, por primera vez, una emoción clara:
Traición.
No la suya.
No dirigida hacia ella.
Sino ejercida a través de algo que ahora habitaba en su interior.
El aire se tensó. El pulso bajo la clavícula se aceleró apenas, lo suficiente para recordarle que el silencio no era olvido.
—Ellos sabían —susurró.
No dijo quiénes.
No hizo falta.
—Todavía saben —corrigió él.
Ella lo miró entonces.
No buscando protección.
Buscando verdad.
—Esto no es solo mío, ¿verdad?
La respuesta tardó más de lo necesario.
—No —admitió—. Nunca lo fue.
Eso quebró algo pequeño, pero definitivo.
No gritó.
No retrocedió.
Asintió.
Aceptar no significaba comprender. Significaba sobrevivir el siguiente momento sin romperse.
—Entonces no quiero recordarlos sola —dijo.
No fue una petición directa.
Fue una delimitación.
Él entendió la implicación.
Los recuerdos no eran castigo.
Eran apertura.
Y cada recuerdo que emergía ampliaba el Umbral dentro de ella.
Las sombras se reacomodaron, satisfechas. No habían intervenido. No lo harían. Su función no era proteger, sino atestiguar.
Ella cerró los ojos de nuevo.
El siguiente recuerdo esperó.
Pacientemente.
Como todo lo que sabía que, tarde o temprano, sería reclamado.



#2395 en Fantasía
#972 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: romace, fantacia, dolor

Editado: 11.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.