Donde las sombras aprenden a amar

Capítulo XVII

Lo que fue borrado

El aire estaba denso, cargado de memorias que no debían existir.
No era un viento, ni un sonido. Era la sensación de cosas que deberían haberse olvidado filtrándose por cada rendija de la realidad. Arieth se quedó quieta, consciente de que algo la miraba desde el borde de lo visible.

Las sombras se movieron a su alrededor, no con curiosidad esta vez, sino con la precisión de un archivo que corrige errores. Cada gesto suyo era registrado, cada respiración medida. El Umbral mismo parecía contener la respiración, anticipando lo que estaba por llegar.

Y entonces apareció Nyxior.

No lo hizo con voz ni con gesto. No lo necesitaba.
Su presencia era un eco, una presión que atravesaba paredes, piedra y carne. Se sentía donde no estaba, recordaba donde nadie podía recordar. Las sombras a su alrededor cambiaron de forma, formando patrones que parecían mapas, códigos que Arieth no estaba segura de poder descifrar.

—Hay cosas que no debieron existir —dijo finalmente, su voz apenas un susurro en el aire, y aun así resonante en la mente de Arieth—. Recuerdos borrados, decisiones descartadas, momentos que la realidad ha intentado olvidar.

Arieth sintió un estremecimiento. Fragmentos de memorias que no eran suyas cruzaron su mente: momentos de vidas que nunca había vivido, decisiones que nunca había tomado, errores que no había cometido. Y, sin embargo, dolían como si todo le perteneciera.

—¿Por qué… me los muestras? —preguntó con voz temblorosa, aunque no del todo por miedo. Era más bien por la certeza de que su mundo estaba cambiando, irreversiblemente.

—Porque lo que fue borrado siempre vuelve —respondió él—. Y tú eres la razón por la que esos fragmentos tienen peso otra vez.

Cada imagen que Nyxior revelaba no venía completa.
No eran historias enteras, sino retazos: un suspiro, un gesto, un error, un abrazo que nunca se dio. Cada fragmento una advertencia: amar, desear, acercarse… todo tiene un precio. Todo deja cicatriz.

Arieth intentó apartar los recuerdos. No podía.
No eran suyos, pero tampoco eran completamente ajenos. Eran eco de algo que siempre había estado esperando ser recordado. Cada retazo se sentía como una decisión irreversible, como si el Umbral mismo estuviera advirtiéndole que el camino atrás ya no existía.

Las sombras reaccionaron a cada fragmento. No con miedo, ni curiosidad, ni juicio simple. Su acritud creció. Formaron muros, límites invisibles que presionaban sobre Arieth y Zhaereth. La marca bajo su clavícula palpitaba, más viva que nunca, como si sintiera cada historia prohibida que se le mostraba.

Él permaneció a su lado, tranquilo, pero no indiferente.
Sabía que cada fragmento no era un regalo. Cada revelación cobraba precio, y que lo que Arieth aprendía ahora, no podría des-aprenderse después. La línea entre amar y traicionar se había desdibujado más que nunca.

—Tienes que elegir qué conservar y qué aceptar —dijo él, sin mirarla—. No puedes retenerlo todo. Y lo que decidas… moldeará todo lo que serás.

Arieth cerró los ojos, y por un instante, todo pareció detenerse.
Sintió que su corazón no solo latía por ella, sino por cada fragmento de aquello que fue borrado, cada decisión que la había traído hasta allí, cada sombra que la esperaba.

Cuando los abrió, supo que ya nada volvería a ser igual.
El Umbral había cambiado, las sombras habían marcado territorio, y la marca bajo su clavícula ya no podía ignorar el peso de lo que contenía.

Amar significaba traicionar.
Y traicionar, aunque solo fuera a sí misma, sería inevitable.



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En el texto hay: romace, fantacia, dolor

Editado: 11.05.2026

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