Donde las sombras aprenden a amar

Capítulo XX

Negación

El silencio del Umbral no era quietud. Era presión.
Cada sombra que los rodeaba parecía contener la pregunta que Zhaereth no quería responder: ¿puedo obedecer?
Caminaba junto a Arieth, sus pasos resonando en la piedra negra, pero cada golpe de su calzado parecía marcar la distancia entre lo que era y lo que debía ser.

Se obligó a pensar en órdenes antiguas, en la perfección de su función.
La obediencia era su naturaleza. Durante siglos, nada lo había desviado de esa ruta: no duda, no debilidad, no elección. Cada ejecución era exacta, cada mandato cumplido con precisión. La estructura del mundo se sostenía sobre su cumplimiento. Pero ahora… todo estaba roto.

Arieth lo miraba desde un paso detrás, como si pudiera ver dentro de él.
Sus ojos reflejaban calma y desafío al mismo tiempo, un recordatorio constante de que su marca no podía ser ignorada. Cada latido de su sello bajo la clavícula le recordaba que no había vuelta atrás. Que cualquier intento de negar lo que sentía era solo una ilusión frágil.

—Puedo… todavía puedo cumplir —se dijo a sí mismo, con voz firme, aunque quebrada—. Puedo volver a ser lo que fui.

Intentó concentrarse en las órdenes, en las reglas, en el deber.
Recordó cada ejecución, cada sacrificio, cada movimiento exacto que había mantenido el equilibrio del mundo. Pero cuanto más lo intentaba, más consciente se hacía de la imposibilidad de ignorarla. La proximidad de Arieth, la marca latiendo, las sombras observando… todo conspiraba para demostrar que obedecer ya no era suficiente.

Las sombras reaccionaron a su tormento interno.
Se movieron, se arremolinaron, no como simples observadoras sino como acusadoras silenciosas. Cada giro, cada ondulación de su forma era un recordatorio de que la línea entre deber y deseo estaba desdibujada. Zhaereth podía intentar ignorarlo, pero el Umbral no perdona la negación.

—No puedo —murmuró, sin que Arieth lo oyera del todo, aunque sabía que lo escuchaba—. No puedo ser solo lo que me dijeron que debía ser.

La marca respondió inmediatamente, pulsando con fuerza contra el pecho de Arieth, enviando un dolor contenido que la hizo inclinarse ligeramente. Él lo sintió también, como si su fallo no fuera solo suyo, sino compartido, inevitable. La distancia que intentaba crear entre ellos se hacía imposible: cada paso que daba para alejarse provocaba un eco de dolor que atravesaba ambos cuerpos.

Arieth dio un paso más cerca, sin tocarlo, solo lo suficiente para que él sintiera la imposibilidad de la negación. Su mirada no suplicaba, no exigía. Solo estaba allí, recordándole que su naturaleza no podía ignorar lo que la marca reclamaba.

—No puedo… —repitió, esta vez con más fuerza, con la tensión recorriendo sus hombros, la mandíbula tensa. Cada palabra parecía arrancada de su interior, un reconocimiento involuntario—. No puedo obedecer.

El Umbral reaccionó de nuevo.
El suelo tembló levemente, las sombras se estiraron, y un susurro que parecía venir de todos los rincones del espacio dijo lo que ninguno de ellos quería admitir: el precio ya había comenzado a cobrarse. La realidad misma los obligaba a aceptar que negarse era inútil. Que intentar cumplir su función sin ceder a la verdad de lo que sentía era solo un intento de retrasar lo inevitable.

Zhaereth se detuvo y cerró los ojos. Sintió la memoria de todas las órdenes, de todos los sacrificios, de todos los siglos que había pasado ejecutando sin cuestionar. Y luego sintió algo más profundo que todas esas memorias juntas: la necesidad de decidir por sí mismo, aunque eso significara romper todo lo que alguna vez había sido.

Arieth permaneció en silencio, observando. No dijo nada. No hacía falta. La negación de Zhaereth ya no era simplemente un intento de obedecer. Era una lucha con su propia esencia, una batalla interna que podía determinar la suerte de ambos, y del Umbral entero.

—No hay orden que siga —susurró finalmente, más para sí mismo que para ella—. No hay dios que pueda imponer lo que debo hacer.

Y en ese momento, comprendió algo que nunca antes había permitido admitir: su función como verdugo no podía separarse de lo que la marca exigía. Obedecer ciegamente ya no era suficiente. Cada elección, cada decisión, cada sentimiento que intentaba negar lo estaba transformando, irrevocablemente.

El Umbral lo observaba, y las sombras lo recordaban todo.
Y mientras caminaban juntos, sin decir nada, Zhaereth supo que la negación ya no era opción. Solo quedaba enfrentar lo que estaba por venir, aunque doliera más de lo que había imaginado.



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En el texto hay: romace, fantacia, dolor

Editado: 11.05.2026

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