El polvo se levantaba en nubes rojizas detrás de la camioneta vieja que Zireth Vale había alquilado en la estación de servicio a las afueras de Black Hollow. El motor ronroneaba con esfuerzo, como si él también supiera que estaba entrando en territorio que no le pertenecía. La carretera de tierra se extendía delante de ella, recta y despiadada, flanqueada por pastizales interminables que se perdían en el horizonte bajo un cielo de un azul tan intenso que casi dolía mirarlo.
Zireth apretó las manos sobre el volante. Veinticuatro años y ya sentía que había vivido tres vidas. El sobre con el contrato firmado descansaba en el asiento del copiloto, junto a una mochila gastada y una caja de cartón que contenía todo lo que le quedaba de su antigua vida: unos pocos libros, ropa práctica y la fotografía arrugada de su madre. Nada más. No quería nada más.
Cross Hollow Ranch apareció de repente, como si la tierra misma lo hubiera escupido. Primero fue la valla de madera oscura, interminable, con el hierro forjado del portón principal que llevaba el emblema de una “C” entrelazada con una cruz. Luego, los campos. Kilómetros y kilómetros de campos verdes y dorados, ganado Hereford pastando perezosamente, caballos de pura sangre que levantaban la cabeza al oír el motor. Y al fondo, la casa grande: una construcción de dos pisos de piedra y madera oscura, con porches amplios, chimeneas que ya echaban humo a pesar de que todavía no era pleno invierno, y un establo principal tan grande que parecía un hangar.
Zireth detuvo la camioneta frente al portón. El corazón le latía fuerte, pero no era miedo. Era determinación. Necesitaba este trabajo. Lo necesitaba como respirar. Después de la última decepción en la ciudad —un jefe que prometía ascensos y solo entregaba manos largas y promesas vacías—, había aceptado la oferta sin pensarlo dos veces. Encargada administrativa y financiera de Cross Hollow Ranch. Un sueldo que le permitiría pagar deudas, ahorrar y, sobre todo, no volver a deberle nada a nadie.
Bajó la ventanilla. El aire olía a tierra húmeda, a hierba aplastada, a cuero y a algo más: a poder. Un olor que no se podía describir, solo sentir.
Un hombre salió de la caseta de vigilancia. Alto, de hombros anchos, sombrero Stetson gastado y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda.
—Señorita Vale —dijo sin preámbulos. Su voz era grave, pero no hostil—. La están esperando en la casa principal. Siga recto por el camino principal. No se baje hasta que llegue al porche. El patrón no tolera que la gente ande merodeando sin permiso.
Zireth levantó una ceja, pero no contestó. Solo asintió y volvió a subir la ventanilla. El portón se abrió con un chirrido metálico pesado.
Mientras avanzaba, sus ojos lo absorbían todo. Los vaqueros que trabajaban a lo lejos, las camionetas pick-up cubiertas de barro seco, los perros de trabajo que corrían entre los cascos de los caballos. Todo tenía un orden. Todo parecía pertenecerle a alguien que no toleraba el desorden.
Y entonces la vio.
La casa principal se alzaba imponente al final del camino de grava. Dos pisos de piedra gris y madera oscura, con ventanas altas que reflejaban el cielo. En el porche, de pie como si hubiera estado esperándola desde siempre, estaba él.
Rhydan Cross.
No hacía falta que nadie se lo presentara. Zireth lo supo en cuanto lo vio.
Era más alto de lo que había imaginado. Más de un metro noventa, hombros anchos bajo una camisa de franela azul oscuro remangada hasta los antebrazos, venas marcadas por el trabajo duro. El cinturón de cuero gastado sostenía unos jeans oscuros que se ajustaban a unas piernas largas y musculosas. Botas de cowboy sucias de tierra. El sombrero negro le sombreaba la mitad del rostro, pero no lo suficiente para ocultar la mandíbula cuadrada, la barba de tres días salpicada de gris, ni los ojos.
Esos ojos.
Verdes. Fríos. Del color de la hierba después de una helada.
La miraban fijamente. Sin sonrisa. Sin bienvenida. Solo una evaluación lenta, casi quirúrgica, que recorrió desde su cabello recogido en una coleta desordenada hasta las botas de trabajo que ella había elegido para no parecer fuera de lugar.
Zireth apagó el motor. El silencio que cayó fue más pesado que el ruido del camino.
Bajó del vehículo con la espalda recta, la mochila al hombro y la caja bajo el brazo. No se permitió titubear. Había practicado esa mirada en el espejo del baño de la estación de servicio: orgullosa, serena, profesional.
—Señor Cross —dijo, extendiendo la mano con firmeza—. Zireth Vale. Gracias por la oportunidad.
Rhydan no se movió durante dos segundos completos. Solo la miró. Luego bajó lentamente los tres escalones del porche. Sus botas resonaron contra la madera. Cuando por fin tomó su mano, la palma de él era áspera, caliente, enorme. El apretón fue breve, pero lo suficientemente fuerte como para que ella sintiera cada callo.
—Señorita Vale —respondió. Su voz era baja, ronca, como si no la usara mucho—. Bienvenida a Cross Hollow.
No había calidez en esas palabras. Solo un hecho. Como si el rancho mismo la estuviera aceptando… o midiéndola.
Zireth retiró la mano. Sintió el cosquilleo residual en la piel, pero lo ignoró.
—Traje los documentos que me pidieron —dijo, señalando la carpeta que asomaba de su mochila—. Y estoy lista para empezar hoy mismo si es necesario.
Rhydan inclinó ligeramente la cabeza. Sus ojos volvieron a recorrerla, esta vez más despacio. No era una mirada lasciva. Era… evaluadora. Como si estuviera calculando cuánto tiempo le llevaría romperla. O cuánto tiempo le llevaría a ella romper algo dentro de él.
—Edda le mostrará su habitación —dijo al fin, señalando con la cabeza hacia la puerta principal—. La casa grande tiene un ala para el personal administrativo. No es lujosa, pero es cómoda. Mañana a las seis en punto en mi oficina. No tolero retrasos.
Zireth asintió una sola vez.
Editado: 03.04.2026