Donde manda el deseo

Capítulo 2: El hombre que no sonríe

La mañana llegó demasiado pronto y con una crueldad silenciosa.

Zireth se despertó a las cinco y cuarto, antes de que sonara la alarma que había programado. El cuerpo aún le dolía por el viaje largo del día anterior y por la tensión que no había logrado soltar del todo mientras dormía. La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz plateada del amanecer que se filtraba a través de las cortinas gruesas. Afuera, el rancho ya despertaba: se oían relinchos lejanos, el ladrido ocasional de un perro de trabajo, el rugido grave de una camioneta que arrancaba.

Se duchó con agua casi hirviendo, como si pudiera lavarse la inquietud que le había dejado la mirada de Rhydan Cross la noche anterior. Se vistió con cuidado: pantalones oscuros de corte recto que se ajustaban bien pero sin exagerar, una camisa blanca de algodón abotonada hasta el cuello, botas de trabajo limpias pero prácticas. Se recogió el cabello castaño oscuro en una coleta baja y profesional. Nada de maquillaje más allá de un poco de corrector y máscara de pestañas. No quería parecer que estaba intentando impresionar a nadie.

Cuando bajó a la cocina principal a las cinco y cincuenta, Edda ya estaba allí, sirviendo café negro en una taza grande de cerámica.

—Te levantaste temprano —comentó la mujer sin volverse del todo—. Bien. Al patrón no le gustan las personas que llegan justo a la hora. Le gustan las que llegan antes.

Zireth aceptó la taza con un murmullo de gracias. El café era fuerte, amargo y perfecto. Se quedó de pie junto a la isla de madera maciza, observando cómo Edda movía ollas con eficiencia.

—¿Siempre es así? —preguntó al fin, manteniendo la voz baja.

Edda soltó una risa corta.

—¿El señor Cross? —Se secó las manos en el delantal—. Niña, él no es “así”. Él es el rancho. Todo lo que ves aquí respira porque él lo permite. Come algo ligero. A las seis en punto te espera en su oficina. No lo hagas esperar.

Zireth comió un par de tostadas con mantequilla y salió de la casa a las cinco y cincuenta y cinco. El aire de la mañana era frío y cortante. El cielo todavía tenía tonos rosados y naranjas en el horizonte, pero el sol ya empezaba a asomar. Caminó por el porche hacia el ala este de la casa grande, donde Edda le había indicado que estaba la oficina principal.

La puerta de madera oscura estaba entreabierta.

Zireth respiró hondo una vez y tocó con los nudillos.

—Adelante.

La voz de Rhydan sonó grave, profunda, como si saliera del fondo de un pozo.

Empujó la puerta y entró.

La oficina era exactamente como se imaginaba que sería el santuario de un hombre como él: grande, masculina, intimidante. Paredes revestidas de madera oscura, estanterías llenas de libros de contabilidad antiguos, mapas topográficos y trofeos de rodeo. Un escritorio enorme de roble macizo ocupaba el centro. Detrás de él, una chimenea de piedra ya encendida crepitaba suavemente. El olor a café, a cuero viejo y a whiskey de la noche anterior flotaba en el aire.

Rhydan Cross estaba sentado detrás del escritorio.

No levantó la vista de inmediato. Estaba revisando unos papeles, la camisa azul oscura de ayer reemplazada por una negra que se ajustaba a sus hombros anchos. Las mangas nuevamente remangadas, dejando a la vista antebrazos fuertes, venas marcadas y un reloj sencillo pero caro. El sombrero descansaba sobre una esquina del escritorio. Sin él, su cabello oscuro salpicado de gris en las sienes se veía más evidente. La mandíbula tensa. La expresión concentrada.

Zireth se quedó de pie frente al escritorio, esperando.

Pasaron diez segundos eternos antes de que él finalmente levantara la mirada.

Esos ojos verdes helados se clavaron en ella como si pudieran atravesarla. No había calidez. No había curiosidad amistosa. Solo una evaluación lenta, deliberada, que recorrió su rostro, su cuello, la forma en que la camisa se ajustaba a su pecho, y luego volvió a subir hasta sus ojos.

—Señorita Vale —dijo al fin. Su voz era baja, controlada—. Llegas temprano. Eso me gusta.

—No me gusta hacer esperar a la gente —respondió ella con tono neutro, profesional.

Rhydan se recostó ligeramente en la silla de cuero. El movimiento hizo que la camisa se tensara sobre su pecho. Era imposible no notar lo grande que era. Lo sólido. Lo… presente.

—Siéntate.

Zireth obedeció, cruzando las piernas con elegancia. Colocó la carpeta con sus documentos sobre el escritorio.

Durante los siguientes quince minutos, Rhydan le explicó el funcionamiento básico del rancho con voz monocorde y precisa. Números, contratos de venta de ganado, movimientos bancarios, proveedores, salarios del personal. Hablaba como si estuviera recitando un informe, pero sus ojos no dejaban de observarla. Cada vez que ella tomaba notas, él miraba sus manos. Cada vez que ella hacía una pregunta inteligente sobre algún procedimiento antiguo, él entrecerraba ligeramente los ojos.

Zireth sintió el peso de esa mirada todo el tiempo. No era incómoda en el sentido vulgar. Era… intensa. Como si él estuviera midiendo no solo su capacidad profesional, sino también cuánto espacio ocupaba ella en su oficina. En su rancho. En su mundo.

—Tu trabajo principal —dijo él, inclinándose hacia adelante y apoyando los antebrazos sobre el escritorio— será poner orden en este desastre de papeles. Llevo años dejando que mi antiguo administrador hiciera las cosas “a su manera”. Quiero que revises todo: desde los últimos cinco años. Detecta irregularidades, optimiza procesos y me informes directamente a mí. Nadie más toca esos archivos sin mi permiso. ¿Entendido?

Zireth sostuvo su mirada sin parpadear.

—Entendido. ¿Tendré acceso completo a los sistemas?

—Acceso completo —confirmó él—. Pero todo lo que hagas, lo haces bajo mi supervisión directa. No tomo decisiones importantes sin revisarlas primero.

Ella asintió.

—Entonces trabajaremos muy cerca.




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