El resto de la mañana se le pasó a Zireth en un torbellino controlado de papeles, números y silencio.
La oficina auxiliar que le habían asignado estaba justo al lado de la de Rhydan: una habitación más pequeña pero igual de masculina, con un escritorio de roble más modesto, una ventana que daba directamente a los corrales del sur y una estantería metálica repleta de carpetas archivadoras que parecían no haber sido tocadas en años. El polvo flotaba en los rayos de sol que entraban oblicuos, y el olor a papel viejo y tinta seca impregnaba todo.
Se sentó, se arremangó la camisa hasta los codos y empezó a trabajar.
A las nueve y media ya había revisado tres carpetas completas. Encontró errores de contabilidad que le hicieron fruncir el ceño: facturas duplicadas, pagos a proveedores que no coincidían con las entregas de forraje, y un par de transferencias a una cuenta que no estaba registrada en ningún lado. Nada grave todavía… pero sí suficiente para saber que el sistema del rancho era un caos organizado por costumbre, no por eficiencia.
Estaba anotando todo en su cuaderno cuando la puerta se abrió sin llamar.
Rhydan Cross entró como si la habitación le perteneciera. Porque, en realidad, le pertenecía.
Llevaba el sombrero negro puesto ahora, la camisa negra todavía remangada y un leve brillo de sudor en la frente. Había estado trabajando afuera: olía a caballo, a cuero caliente y a tierra removida. Cerró la puerta detrás de él con un clic suave pero definitivo.
Zireth levantó la vista. No se levantó. No sonrió. Solo esperó.
Él se quedó de pie junto al escritorio, con las manos metidas en los bolsillos delanteros de los jeans. La miró un segundo más de lo necesario, recorriendo la forma en que el cabello se le había soltado un poco de la coleta y caía sobre su mejilla derecha.
—Veo que ya estás metida en el trabajo —dijo, sin preámbulos.
—Como me pidió —respondió ella, manteniendo la voz neutra—. Ya encontré algunas inconsistencias en los últimos dos años. Nada que no se pueda corregir, pero sí que requiere atención inmediata.
Rhydan no se movió. Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando no solo las palabras, sino el tono en que las decía.
—Bien. Pero antes de que sigas tocando nada, hay reglas.
Zireth dejó el lápiz sobre el cuaderno y se recostó contra el respaldo de la silla, cruzando los brazos bajo el pecho. No era un gesto desafiante… todavía. Era solo atención.
—Le escucho, señor Cross.
Él dio un paso más cerca. El escritorio quedó entre ellos, pero la distancia parecía mucho menor de lo que era. Su presencia llenaba la habitación entera.
—Primera regla: todo lo que hagas pasa por mí. No envíes correos, no llames a ningún proveedor, no modifiques ni una sola cifra sin que yo lo apruebe primero. ¿Entendido?
—Entendido.
—Segunda regla: esta oficina y la mía son zonas de trabajo. Nadie entra aquí sin mi permiso expreso. Ni siquiera Edda. Si necesitas algo, me lo pides a mí directamente.
Zireth asintió una vez.
—Tercera regla —continuó él, y su voz bajó un tono, volviéndose más grave—: el rancho no es un lugar para charlas innecesarias ni para hacer amigos. Los hombres que trabajan aquí son leales, pero también son hombres. No quiero que camines sola por los establos después de las seis de la tarde. No quiero que aceptes invitaciones a tomar algo con nadie. Y sobre todo… —sus ojos verdes se clavaron en los de ella con una intensidad que casi quemaba— no quiero que nadie piense que puede acercarse a ti más de lo estrictamente profesional.
Zireth sintió que algo se tensaba en su estómago. No era miedo. Era… indignación mezclada con algo más caliente, más incómodo.
—¿Está diciéndome que no puedo hablar con la gente del rancho, señor Cross?
—No. —La mandíbula de él se apretó—. Estoy diciéndote que en Cross Hollow yo decido hasta dónde llega la confianza. Y por ahora, la única persona en la que confío aquí eres tú… y yo mismo. El resto se gana el derecho día a día.
Ella descruzó los brazos y se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando las manos sobre el escritorio.
—Con todo respeto, señor Cross… necesito este trabajo. Lo necesito de verdad. Pero no vine aquí a vivir bajo vigilancia constante ni a que me traten como si fuera una niña que no sabe cuidarse sola. Puedo hacer mi trabajo, puedo ser profesional y puedo mantenerme en mi lugar. Pero no voy a permitir que me aplasten solo porque este es su rancho.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con cuchillo.
Rhydan no se movió. Solo la miró. Largo. Profundo. Como si estuviera decidiendo si romperla ahora mismo o dejar que ella misma se rompiera contra él más adelante.
Sus ojos bajaron un instante a la boca de Zireth —solo un segundo—, luego volvieron a subir.
—Cuarta regla —dijo al fin, y su voz sonó más ronca—: no me contradigas delante del personal. Si tienes algo que decirme, lo haces aquí, en privado, como ahora. ¿Queda claro?
—Clarísimo.
Él dio otro paso. Ahora estaba tan cerca del escritorio que sus muslos casi rozaban el borde de madera. Zireth tuvo que levantar la cabeza para seguir mirándolo a los ojos.
—Y quinta y última regla por hoy —murmuró, inclinándose apenas hacia adelante, apoyando las manos grandes y callosas sobre el escritorio, justo frente a las de ella—. No me mires como si quisieras pelear conmigo, Zireth. Porque si sigues así… vas a terminar descubriendo que pelear conmigo no termina como crees.
El uso de su nombre de pila —sin “señorita” delante— cayó como una piedra en agua quieta.
Zireth sintió el calor subirle por el cuello. Sus dedos se cerraron sobre el borde del escritorio. Estaban tan cerca que podía ver las pequeñas arrugas alrededor de los ojos de él, la barba incipiente que le oscurecía la mandíbula, el pulso latiéndole fuerte en la base del cuello.
—No estoy peleando, señor Cross —dijo ella, y su voz salió más baja de lo que pretendía—. Solo estoy dejando claro que no soy una empleada más que va a bajar la cabeza cada vez que usted hable.
Editado: 03.04.2026