El sonido del seguro de la puerta al cerrarse retumbó en mis oídos como un disparo. Me puse de pie de un salto, intentando que el escritorio fuera una barrera física entre nosotros, aunque sabía que nada podía protegerme de su mirada.
—Sal de aquí —solté, intentando que mi voz sonara mucho más firme de lo que me sentía—. No tienes ningún derecho a entrar así y mucho menos a cerrar esa puerta.
Él no se movió. Se quedó ahí, con esa elegancia arrogante que siempre lo caracterizó, observándome como si fuera un rompecabezas que ya había resuelto mil veces. Empezó a caminar por la habitación, ignorando mi orden, hasta que se detuvo frente al ventanal.
—Sigues usando el mismo tono cuando estás asustada, Aria —dijo sin mirarme, con esa voz que parecía vibrar en las paredes—. Pero ya no somos esos niños de la secundaria. Las reglas han cambiado.
—Nada ha cambiado —lo interrumpí, dando un paso al frente—. Para mí sigues siendo el mismo error que dejé atrás hace siete años.
Él se giró lentamente. Sus ojos oscuros brillaron con algo que no supe descifrar; ¿era rabia o era satisfacción? Se acercó a mi escritorio, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
—Si fuera un error, no tendrías los ojos empañados justo ahora —susurró, inclinándose ligeramente hacia mí—. Y si de verdad me hubieras dejado atrás, no habrías aceptado este puesto en el momento en que viste mi apellido en el contrato. Admitelo: querías verme tanto como yo quería encontrarte.
—No me hables de lo que quiero o dejo de querer —respondí, sintiendo cómo el aire se volvía pesado entre nosotros. Mis manos seguían aferradas al escritorio, buscando un equilibrio que él me había robado en cuanto entró—. No sabía que esta empresa era tuya. Si hubiera visto tu nombre en algún papel, no estaría aquí.
Él soltó una risotada amarga, dando un paso más hacia mí. Estaba tan cerca que podía sentir el aroma de su perfume, ese que me recordaba a las tardes de lluvia y a todo lo que intenté enterrar.
—Mientes —susurró él, bajando la mirada a mis labios por un segundo que me pareció eterno—. Mientes porque tienes miedo de admitir que, después de siete años, sigo siendo el único que puede hacerte temblar así.
Me obligué a sostenerle la mirada. El nudo en mi garganta dolía, pero el orgullo fue más fuerte.
—Te equivocas, Axel —su nombre salió de mis labios como una súplica y una advertencia a la vez, haciéndolo tensar la mandíbula—. Ya no soy la niña que conociste en la secundaria. Ya no puedes simplemente cerrar una puerta y esperar que caiga a tus pies. Así que, por favor, vete de mi oficina.
Me sostuve de pie, esperando que el nombre de Axel fuera suficiente para alejarlo, pero él solo arqueó una ceja, disfrutando del sonido de su nombre en mis labios después de tanto tiempo. Dio un paso más, invadiendo por completo mi espacio personal hasta que su sombra me cubrió.
—¿Irme? —repitió con una voz gélida que me erizó la piel—. Creo que no lo has entendido, Aria. No estás en posición de dar órdenes.
Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos sobre mi escritorio y atrapándome entre sus brazos sin siquiera tocarme. Sus ojos oscuros brillaban con una autoridad que me hizo sentir pequeña.
—Esta empresa no solo es mía; yo soy el hombre que firmó tu contrato —continuó, y cada palabra era como un golpe—. Así que baja la voz y guarda ese orgullo, porque a partir de hoy, yo soy tu jefe. Mi palabra es la ley en este edificio, y si decidí que fueras la Directora Creativa, es porque te quiero exactamente donde pueda verte.
Me quedé sin aliento. El aire que compartíamos se sentía pesado, cargado de una electricidad peligrosa.
—No puedes hacerme esto —logré susurrar, aunque sabía que mentía.
—Puedo hacer lo que quiera —sentenció él, enderezándose con una sonrisa cínica—. Ahora, acomoda tus cosas y prepárate. Tenemos una reunión en diez minutos, y no acepto retrasos de mis empleados. Especialmente de ti.
Axel se dio la vuelta y salió de la oficina sin mirar atrás, cerrando la puerta con la misma calma exasperante con la que había entrado. En cuanto escuché el clic del seguro liberándose, sentí que mis piernas cedían y tuve que sentarme de golpe.
Me temblaba todo el cuerpo. Axel. Su nombre seguía vibrando en mi cabeza como una maldición. No podía ser cierto. De todas las empresas en el país, de todas las ciudades del mundo, tenía que ser él quien estuviera sentado en la cima de este imperio. Me sentía atrapada; por un lado, el futuro brillante que Logan y yo habíamos planeado, y por el otro, este pozo oscuro lleno de recuerdos que Axel acababa de reabrir. ¿Cómo iba a trabajar para él? ¿Cómo iba a mirarlo a los ojos en una reunión sin que todos notaran que entre nosotros hubo fuego, gritos y una despedida que nunca terminó de sanar?
Estaba a punto de echarme a llorar cuando dos golpes rápidos en la puerta me obligaron a tragarme el nudo de la garganta.
—¡Permiso! —Sofía entró con una sonrisa radiante, sosteniendo una tableta y un café—. Siento la demora, aquí tienes tu agenda. Ah, y me crucé con el jefe saliendo de aquí. ¿Ya conociste al señor Price? Es un poco intimidante, ¿verdad? Pero no te preocupes, casi nunca baja a esta planta a menos que sea algo muy importante.
Intenté sonreír, pero sentí que se me partía la cara en el proceso.
—Sí... ya nos presentamos —logré decir, rogando porque Sofía no notara que mi voz estaba rota.
—¡Genial! Porque me acaba de decir que te quiere en la sala de juntas ahora mismo. Dice que "la nueva Directora no puede darse el lujo de perder tiempo" —Sofía hizo comillas con los dedos, divertida—. Vamos, Aria, te acompaño. No querrás llegar tarde en tu primer día ante el gran jefe.
#3085 en Novela romántica
#899 en Novela contemporánea
reencuentro amor juvenil, primer amor distancia y reencuentro, amor dolor y celos posesivos
Editado: 28.02.2026