Salí del edificio de Price Industries sintiendo que el aire de la tarde me quemaba los pulmones. Caminé hacia el estacionamiento de forma automática, pero en cuanto cerré la puerta de mi auto, el silencio me golpeó. Apoyé la frente contra el volante y finalmente me permití temblar.
Axel Price. El nombre se sentía como una marca en mi piel. Había pasado siete años huyendo de su sombra, convencida de que el tiempo lo había borrado todo, solo para descubrir que bastó un segundo en su presencia para que todo mi mundo se tambaleara. "Sigues siendo transparente", me había dicho. Odiaba que tuviera razón. Odiaba que supiera exactamente qué hilos mover para hacerme dudar de quién soy ahora.
El trayecto a casa fue borroso. Solo pensaba en el rediseño que Axel me había exigido para mañana; sabía que era una excusa para tenerme cerca, para seguir presionando mis puntos débiles hasta que me rompiera.
Cuando finalmente llegué a nuestro nuevo departamento, me detuve frente a la puerta un momento para recomponer mi máscara. No podía dejar que Logan viera el rastro de la batalla que acababa de librar.
El departamento todavía olía a pintura fresca y a cajas de cartón. Era un espacio moderno, con grandes ventanales que daban a las luces de la ciudad y una decoración que habíamos elegido juntos para representar nuestro "nuevo comienzo". Sin embargo, esta noche, el minimalismo que tanto me gustaba se sentía vacío, casi gélido.
—Amor, de verdad lo siento —dijo Logan, sin despegar la vista de su monitor—. Me acaba de entrar un reporte de crisis de la oficina y tengo que dejarlo listo antes de medianoche. ¿Te molesta si cenamos rápido y me encierro un rato?
—No te preocupes, Logan. Yo también tengo mucho trabajo pendiente —respondí, sintiendo un alivio culposo.
Lo observé desde el umbral de la cocina. Logan estaba sumergido en sus hojas de cálculo, con el ceño fruncido por la concentración. Era un hombre bueno, dedicado y transparente; todo lo contrario al caos que Axel Price representaba. Me dolía verlo así, tan ajeno a la tormenta que acababa de estallar en mi vida.
Logan era, en todos los sentidos, la viva imagen de la paz que yo había buscado desesperadamente. Tenía el cabello castaño claro, siempre perfectamente peinado, aunque ahora unos mechones rebeldes caían sobre su frente por el cansancio. Sus ojos, de un azul sereno, estaban fijos en la pantalla con una honestidad que a veces me daba miedo; Logan no sabía mentir, ni ocultar lo que sentía.
Me obligué a moverme. Ver a Logan tan concentrado en su mundo me hacía sentir una extraña mezcla de ternura y asfixia. Fui a la cocina y comencé a preparar la cena para los dos; algo sencillo, pero con ese toque casero que a él tanto le gustaba. El sonido del cuchillo contra la tabla de madera era rítmico, casi hipnótico, pero no lograba acallar la voz de Axel en mi cabeza.
Cuando terminé, serví su plato con esmero y caminé hacia el estudio.
—Te dejé la cena en la mesa, Logan —susurré desde la puerta.
Él levantó la vista y me regaló una sonrisa cansada, de esas que iluminaban sus ojos azules.
—Gracias, cielo. En diez minutos voy, solo termino de enviar este correo. ¿No me esperas?
—Estoy muy agotada, prefiero comer algo rápido y adelantar lo de mañana —mentí, dándole una sonrisa forzada antes de retirarme.
Regresé a la cocina y me serví mi porción. Me senté sola en la mesa del comedor, frente a la silla vacía, rodeada por el silencio del departamento que aún olía a cajas nuevas. Comí mecánicamente, sin saborear nada, mientras mis ojos se perdían en el reflejo del ventanal. Cada bocado se sentía pesado. Me sentía una extraña en mi propia casa, como si estuviera cometiendo una traición silenciosa solo por no poder dejar de comparar la paz de este momento con la electricidad violenta que había sentido horas antes.
Al terminar, me encerré en el pequeño estudio que había improvisado para mí. Abrí la laptop y el lienzo en blanco del rediseño me devolvió la mirada. Pasé horas trabajando, borrando y volviendo a trazar, tratando de que cada detalle fuera perfecto para que Axel no tuviera por dónde atacarme.
Cuando finalmente me acosté, Logan ya dormía profundamente. Me quedé inmóvil en la oscuridad, escuchando su respiración tranquila, pero mis pensamientos estaban a kilómetros de allí. Me dormí con la imagen de los ojos oscuros de Axel Price clavados en los míos, preguntándome si mañana sería capaz de sostenerle la mirada o si terminaría confesando que, después de siete años, él seguía teniendo el poder de desarmarme con una sola palabra.
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Editado: 28.02.2026