La mañana llegó con un cielo gris que encajaba perfectamente con mi estado de ánimo. Me despedí de Logan con un beso distraído mientras él salía apurado hacia su trabajo; me sentí mal al verlo tan lleno de energía mientras yo sentía que llevaba el peso del mundo sobre los hombros.
Lo vi salir por la puerta con su paso ligero y esa energía envidiable. Como su oficina estaba en el sector industrial, a las afueras de la ciudad, habíamos acordado que él se llevaría nuestro único coche. A mí me tocaba caminar un par de calles y tomar el autobús hacia el centro. No me importaba; el trayecto me servía para organizar mis ideas antes de entrar en la boca del lobo.
Me terminé de arreglar frente al espejo, ajustando mi saco de sastre y asegurándome de que ni un solo cabello estuviera fuera de lugar. Salí del departamento y caminé hacia la parada de buses, sintiendo el aire fresco de la mañana.
Mientras esperaba junto a la acera, rodeada de otros trabajadores y el ruido del tráfico matutino, no pude evitar la ironía de mi situación. En pocos minutos estaría sentada en una de las oficinas más lujosas del país, tomando decisiones de alto nivel para Price Industries, pero aquí estaba yo, apretando mi maletín y esperando que el bus no viniera demasiado lleno.
El transporte llegó con su habitual chirrido de frenos. Me subí, encontrando un pequeño espacio junto a la ventana. Mientras el autobús avanzaba hacia el distrito financiero, veía cómo los edificios se volvían más altos y brillantes. Mi mente, sin embargo, ya estaba en el último piso de esa torre de cristal.
El autobús me dejó a una calle de la imponente torre de Price Industries. Caminé hacia la entrada principal, sintiendo cómo el sol de la mañana se reflejaba en los cristales infinitos del edificio. Me ajusté el bolso y caminé con paso firme, ignorando el ligero dolor en mis pies por los tacones. Al cruzar las puertas giratorias, el aire acondicionado y el aroma a café caro me envolvieron de inmediato.
Entré al vestíbulo con el paso firme, sintiendo el eco de mis tacones sobre el mármol pulido. Me dirigí directamente a los ascensores de alta velocidad. Justo cuando uno estaba por cerrar sus puertas, extendí la mano para detenerlas.
Al entrar, el aire pareció desaparecer del cubículo.
Axel estaba allí, de pie en el rincón derecho, con la vista fija en su reloj de pulsera. Vestía un traje impecable, de un corte tan perfecto que intimidaba, y sostenía un café negro en una mano mientras la otra descansaba en el bolsillo de su pantalón de sastre. El aroma de su perfume, una mezcla de sándalo y algo metálico, inundó el espacio cerrado de inmediato.
Se enderezó al verme, pero no cambió su expresión. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo apretar el asa de mi maletín hasta que me dolieron los dedos. No había burla en su rostro, ni arrogancia; solo esa mirada indescifrable que me hacía sentir que podía leer cada uno de mis pensamientos.
—Buenos días —dije, manteniendo el tono de voz más neutro y profesional que pude rescatar de mis cuerdas vocales.
—Buenos días —respondió él.
Su voz sonó profunda, vibrante, llenando el pequeño espacio del ascensor. Fue lo único que dijo.
Me giré hacia las puertas, dándole la espalda y concentrándome en los números rojos que marcaban el ascenso. El silencio que siguió fue denso, casi eléctrico. Podía sentir su mirada fija en mi nuca, analizando mi postura, mi ropa, mi resistencia. Ninguno de los dos volvió a hablar. El viaje de treinta pisos se sintió como una eternidad, un duelo silencioso en el que el simple hecho de no apartar la vista de las puertas era mi única forma de ganar la batalla.
Cuando el ascensor emitió un suave pitido al llegar a nuestra planta, las puertas se deslizaron con elegancia. Salí de inmediato, sin mirar atrás, sintiendo cómo el aire fresco del pasillo me devolvía la capacidad de respirar, mientras él se quedaba allí un segundo más, como un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir.
Mientras las puertas se cerraban, me obligué a no flaquear ante su cercanía. Axel Price no solo llenaba el espacio, lo dominaba. Era un hombre de una belleza cortante, casi peligrosa. Su mandíbula era una línea perfecta y firme, siempre tensa como si estuviera a punto de dictar una sentencia o un desafío. Tenía el cabello oscuro, de un negro profundo que contrastaba con la palidez aristocrática de su piel, siempre peinado hacia atrás con una precisión que rozaba la obsesión.
Pero lo más perturbador eran sus ojos. Eran de un color café tan oscuro que a veces parecían negros, rodeados por pestañas densas que suavizaban una mirada que, de otro modo, sería puramente depredadora. Tenía esa forma de mirar que te hacía sentir desnuda, no en un sentido sexual, sino como si pudiera ver todas las mentiras que habías construido para protegerte.
Su cuerpo reflejaba la misma disciplina que su imperio: hombros anchos que llenaban el saco de sastre gris marengo sin una sola arruga, y una estatura que me obligaba a levantar la vista más de lo que me gustaría admitir. Sus manos, grandes y de dedos largos, sostenían el vaso de café con una fuerza controlada; manos que recordaba perfectamente y que ahora evitaba mirar a toda costa. Axel no era solo un hombre atractivo; era una fuerza de la naturaleza envuelta en un traje de tres piezas, alguien diseñado para ser obedecido.
Caminé por el pasillo hacia mi oficina con paso firme, escuchando el eco de mis propios tacones sobre la alfombra de diseño, pero por dentro sentía que mis nervios eran cuerdas de piano a punto de romperse. En cuanto crucé el umbral de mi despacho y la puerta se cerró tras de mí, solté el aire que no sabía que estaba reteniendo.
Dejé el maletín sobre el escritorio de cristal y lo primero que hice fue dirigirme al pequeño espejo de marco plateado que colgaba en la pared lateral. Necesitaba comprobar los daños. Necesitaba ver si la cercanía de Axel en el ascensor había dejado alguna grieta visible en mi máscara.
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Editado: 28.02.2026