Donde Nos Quedamos

Secretos tras el Cristal

Me obligué a apartarme del espejo. No podía permitirme perder el tiempo en vanidades o dudas. Saqué mi laptop y la encendí, decidida a que mi primera hora de trabajo fuera tan perfecta que ni siquiera el mismísimo Axel Price pudiera encontrar una falla.

Apenas puse los dedos sobre el teclado, la puerta de mi despacho se abrió de par en par sin previo aviso. No hubo un toque, ni una llamada, solo el golpe seco de la madera contra el tope de la pared.

Levanté la vista, esperando encontrarme con la mirada oscura de Axel, pero quien entró fue una mujer que exudaba una confianza casi agresiva. Era Sofía.

Se detuvo frente a mi escritorio, cruzándose de brazos mientras me recorría con una mirada gélida y analítica. Llevaba un vestido de seda color esmeralda que gritaba exclusividad y su cabello pelirojo caía en ondas perfectas sobre sus hombros, enmarcándome con un aura de superioridad.

Pero entonces, la rigidez de su postura se suavizó y me extendió un vaso de café humeante que llevaba en la mano izquierda, el cual no había notado hasta ese momento.

—Sé que el primer día en Price Industries puede ser un campo de batalla —dijo Sofía, con una sonrisa que esta vez parecía amable y comprensiva-Te traje esto; es el mejor café de la zona, y créeme, lo vas a necesitar si quieres sobrevivir a la energía de nuestro jefe.

Me quedé helada por un segundo, sorprendida por el gesto. Tomé el vaso, sintiendo el calor del cartón entre mis dedos.

—Gracias, Sofía. De verdad... no me lo esperaba —respondí, bajando la guardia.

—De nada, Aria —respondió ella con una sonrisa ligera y profesional—. Sé lo que es empezar desde cero en un lugar como este. Disfrútalo.

—"Nuestro jefe" —repetí, dejando el café sobre la mesa y soltando una pequeña risa seca, casi despectiva—. Suena un poco dramático, ¿no crees, Sofía? Para mí, Axel es simplemente el hombre que firma los cheques y el que necesita que este rediseño sea un éxito para no perder a sus inversores.

Sofía arqueó una ceja, claramente sorprendida por mi falta de reverencia. En este edificio, todos parecían tratar a Axel como a un dios, pero yo no estaba dispuesta a unirme al culto.

—No le tomo tanta importancia a los títulos —continué, encogiéndome de hombros con naturalidad—. Al final del día, todos estamos aquí para trabajar. Si él es "el jefe", espero que se comporte como uno y respete mi autonomía creativa. El resto... es solo ruido de oficina.

Sofía me observó en silencio durante un segundo, como si estuviera tratando de descifrar si mi indiferencia era real o solo una fachada muy bien construida.

—¿Por qué hablas de él así, Aria? —preguntó de repente, con una suavidad que escondía un filo cortante—. Lo tratas como si fuera un simple número en una nómina, pero te diriges a su figura con una familiaridad extraña. Cualquiera que no te conociera diría que le tienes resentimiento, o peor aún... que lo conoces tan bien que ya no te impresiona su máscara de poder.

Me tensé, pero traté de que mis manos no temblaran sobre el teclado.

—Es mi jefe, Sofía. Mi deber es ser eficiente, no ser su fan —respondí con frialdad.

Sofía soltó una risita suave, una que parecía disfrutar de mi evidente incomodidad. Se inclinó un poco más hacia mí, con esa mirada que intentaba desenterrar secretos que yo había jurado dejar bajo llave.

—Si tú lo dices... —replicó ella con un tono cargado de escepticismo, dibujando una sonrisa enigmática—. Solo recuerda que en este edificio las paredes tienen oídos, y el pasado suele ser un invitado muy ruidoso.

No le di el gusto de una respuesta. Simplemente la miré con indiferencia hasta que ella, comprendiendo que no sacaría más información por ahora, asintió levemente con la cabeza.

—Bueno, el trabajo no se va a hacer solo. Tengo una agenda que organizar y tú un rediseño que salvar. Nos vemos luego, Aria.

Se dio la vuelta con un movimiento fluido y salió del despacho, cerrando la puerta con un clic seco. A través del cristal de mi oficina, la vi caminar hacia su puesto con esa elegancia imperturbable, sentándose frente a su computadora y sumergiéndose de inmediato en sus labores como si nada hubiera pasado.

Solté un suspiro largo y pesado, sintiendo cómo mis hombros bajaban finalmente. Me obligué a centrar mi atención en la pantalla de mi laptop. Abrí los archivos del proyecto, ajusté el brillo y empecé a teclear. El ritmo del trabajo comenzó a envolverme; las líneas, los colores y las estructuras arquitectónicas eran lo único que podía controlar en ese momento.

Durante las siguientes horas, el único sonido en mi refugio de cristal fue el golpeteo constante de mis dedos sobre el teclado. Sofía trabajaba a pocos metros de distancia, separada por una pared, y Axel... Axel estaba en algún lugar de esa misma planta, probablemente planeando su siguiente movimiento. Pero por ahora, el trabajo era mi única salvación.




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