De pronto, la puerta se abrió de nuevo. Levanté la vista, esperando ver el rostro severo de mi jefe, pero era Sofía. Esta vez, su expresión no era analítica, sino casi protectora. Se acercó y, sin pedir permiso, cerró la tapa de mi laptop.
—Ya es suficiente por hoy, Aria. Si sigues así, vas a llegar a la gala con ojeras y el cerebro frito —me dijo, y por primera vez sentí que su amabilidad era cien por ciento real.
—Tengo que terminar esto, Sofía. No quiero darle a Axel ninguna razón para criticarme —suspiré, apoyando la espalda en la silla.
Sofía rodeó el escritorio y se sentó en el borde, mirándome a los ojos como si me conociera de toda la vida.
—Escúchame bien. Conozco a Axel desde hace años, y sé que te está presionando para ver cuándo te quiebras. No le des ese gusto. Yo estoy aquí para que no lo hagas. De hecho... —bajó la voz y me guiñó un ojo—, le mentí. Le dije que te habías ido hace media hora para que dejara de preguntar por ti.
—¿De verdad preguntaba tanto por mí? —me escuché decir antes de que pudiera frenar mi lengua.
Intenté que la pregunta sonara casual, como una curiosidad profesional, pero mi voz me traicionó con un ligero matiz de urgencia. ¿Por qué me importaba? No debería importarme si Axel Price preguntaba por su nueva empleada cada cinco minutos o si simplemente quería asegurarse de que no le estaba robando el mobiliario.
Sofía se detuvo y me miró fijamente. Esta vez no había burla en sus ojos, sino una comprensión profunda que me hizo sentir desnuda.
—Aria, ha preguntado por ti más veces en las últimas tres horas que por cualquier otro proyecto en el último mes —respondió ella, suavizando el tono—. Y no preguntaba por tus avances en el rediseño. Preguntaba si habías almorzado, si te veías cómoda, si necesitabas algo.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Era control? ¿Era culpa? ¿O era ese rastro de afecto que ambos juramos destruir hace siete años? No podía permitirme pensar que era lo último. No cuando Logan me esperaba en casa con una vida real y honesta.
—Es que... es extraño, ¿sabes? —continuó Sofía, apoyándose en el marco de la puerta mientras me observaba—. Llevo años trabajando codo a codo con él. He visto pasar a directivos brillantes, modelos, inversionistas... y a Axel nunca le ha importado si comieron o si el aire acondicionado de su oficina estaba a la temperatura correcta.
Hizo una pausa dramática, cruzándose de brazos.
—Normalmente, para él la gente es solo una pieza en su tablero de ajedrez. Pero contigo... —negó con la cabeza, soltando una risa incrédula—. Contigo parece que tiene un radar encendido. Me parece rarísimo porque no suele hacer preguntas tan personales de casi nadie. Es como si estuviera pendiente de tu respiración a través de las paredes.
Sus palabras me golpearon con más fuerza que cualquier reclamo. Sofía no sabía que hace siete años yo no era una "pieza en su tablero", sino su mundo entero. Ella no sabía que ese "radar" no era nuevo, sino un eco de una vida que yo había intentado enterrar bajo capas de normalidad con Logan.
—¿Tal vez solo tiene miedo de que renuncie y le deje el proyecto a medias? —aventuré, forzando una sonrisa que se sintió falsa hasta en mis propios labios.
—Aria, si alguien renuncia, él lo reemplaza en una hora. Tiene el dinero y el poder para hacerlo —Sofía se acercó y me puso una mano en el hombro, con un gesto de verdadera amistad—. No es miedo a perder a una empleada. Hay algo en la forma en que pronuncia tu nombre que suena... diferente. Pero bueno, no me hagas caso, quizás solo estoy viendo fantasmas donde no los hay.
"No son fantasmas", pensé. "Son recuerdos".
—Vamos —dijo ella, rompiendo el trance—. Si no salimos ahora, Axel vendrá personalmente a ver por qué su asistente y su nueva estrella no están donde deberían estar. Y créeme, no quieres verlo en modo "dueño del mundo" antes de la gala.
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Editado: 28.02.2026