Donde Nos Quedamos

Seda sobre la Herida

Me quedé congelada a mitad de paso, con el bolso colgando de un hombro y el corazón dándome un vuelco violento. Me giré hacia ella, frunciendo el ceño, sintiendo cómo una punzada de pánico empezaba a escalar por mi columna.

—¿Gala? —repetí, y mi voz sonó mucho más aguda de lo que pretendía—. ¿De qué gala estás hablando, Sofía?

Sofía se detuvo en seco, con la mano ya puesta en el pomo de la puerta. Se giró lentamente, mirándome con una mezcla de incredulidad y auténtica preocupación, como si estuviera esperando que me riera y le dijera que era una broma.

—Aria... no puedes estar hablando en serio —dijo, soltando un suspiro exasperado—. La gala de aniversario de Price Industries. Es esta noche en el Metropolitan. Está en todos los memorándums, en la agenda compartida.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. Había estado tan absorta en el trabajo, tan perdida en los planos y en mi propia batalla mental por ignorar la presencia de Axel, que mi cerebro simplemente había filtrado cualquier información que no fuera técnica.

—Yo... yo pensé que hoy era solo una jornada larga, una cena de negocios a lo mucho —balbuceé, sintiendo un sudor frío en las manos—. Logan me espera en casa. Íbamos a pedir pizza y ver una película. No puedo ir a una gala, Sofía. No estoy preparada para esto.

Sofía arrugó el entrecejo y ladeó la cabeza, como si acabara de hablarle en un idioma antiguo y olvidado.

—¿Logan? —repitió, arrastrando el nombre con una mezcla de confusión y desdén—. ¿Quién es Logan? ¿Tu hermano? ¿Tu gato?

—Mi novio, Sofía —respondí, tratando de recuperar algo de dignidad mientras me pasaba las manos por la falda, intentando alisar las arrugas invisibles—. Tenemos una vida... normal. Él no sabe nada de galas. Me está esperando.

Sofía soltó un suspiro dramático y puso los ojos en blanco, aunque mantuvo esa chispa de afecto que estaba empezando a nacer entre nosotras.

—Ah, el amor doméstico. Qué tierno, Aria, de verdad —dijo, aunque su tono dejaba claro que no tenía tiempo para romanticismos ahora mismo—. Pero escucha: Logan sobrevivirá a una pizza fría y a una película a solas. Tu reputación en esta empresa, en cambio, no sobrevivirá a un desplante a Axel en su noche más importante.

Me tomó de la mano y empezó a caminar por el pasillo, obligándome a seguirla. Sus tacones marcaban un ritmo militar sobre el mármol.

—Si Axel espera verte allí, créeme que lo mejor es que estés —sentenció, empujándome suavemente hacia su oficina—. En este edificio, las ausencias se pagan caro. Y no querrás que él empiece a hacer preguntas sobre por qué prefieres una pizza fría a su evento de gala.

Salí de la torre casi corriendo, ignorando el resto de sus advertencias. Mi mente solo podía pensar en Logan, en la pizza de pepperoni y en la seguridad de mi pequeño departamento lejos de los rascacielos. Manejé en un estado de trance, deseando que el tráfico de la ciudad no me robara los pocos minutos de paz que me quedaban.

Cuando finalmente llegué a mi edificio y subí el ascensor, sentí que podía volver a respirar. Pero la sensación duró poco.

Justo frente a mi puerta, bloqueando el paso, había una caja negra de gran tamaño, envuelta en una cinta de seda plateada. No necesitaba leer la tarjeta para saber de quién venía. El logotipo dorado de una de las boutiques más exclusivas de la Quinta Avenida brillaba bajo la luz mortecina del pasillo.

Entré a trompicones, arrastrando la caja hacia el interior de mi sala. El silencio de mi departamento me envolvió de inmediato, un contraste agudo con el bullicio de la oficina que acababa de dejar atrás. Logan todavía no llegaba; hoy salía tarde de su turno y no regresaría hasta después de la cena.

Solté un suspiro de alivio que se sintió como una rendición. Al menos no tenía que dar explicaciones todavía.

Me arrodillé en la alfombra, frente a la imponente caja negra. Mis manos temblaban mientras tiraba del lazo de seda plateada. Al levantar la tapa, el aire se escapó de mis pulmones. Dentro, envuelto en finas capas de papel de seda que crujían bajo mis dedos, descansaba un vestido de gala de color plateado mercurio. La tela parecía líquida, fría al tacto y peligrosamente hermosa.

Era exactamente el tipo de vestido que yo solía admirar en las vitrinas cuando no teníamos nada, y que él prometió comprarme algún día.

Debajo de la seda, encontré una pequeña tarjeta de cartulina gruesa. La caligrafía era firme, elegante y dolorosamente familiar.

"Te espero a las ocho. No acepto un 'no' por respuesta, Aria. Sabes que este color siempre fue mi favorito en ti. —A."

Sentí una punzada de rabia mezclada con una nostalgia que me quemaba el pecho. Axel no solo me estaba enviando un vestido; estaba invadiendo mi refugio, recordándome que conocía mis gustos, mi talla y mis debilidades. Estaba marcando su territorio incluso en el lugar donde yo me sentía a salvo con Logan.

Me puse de pie, sosteniendo el vestido frente al espejo del pasillo. La tela brillaba bajo la luz cálida de mi sala, reflejando a una mujer que se veía poderosa, pero que se sentía como una impostora.

El reloj de la pared marcaba las siete. Tenía sesenta minutos para decidir: o me ponía esa armadura de seda y enfrentaba a los fantasmas de mi pasado en la gala, o me quedaba en pijama esperando a Logan, arriesgándome a que Axel cumpliera su palabra y viniera a buscarme personalmente.




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