Solté un suspiro tembloroso y tomé mi celular. Mis dedos dudaron sobre la pantalla antes de marcar el número de Logan.
—¿Hola, preciosa? —la voz de Logan sonó cálida, un poco cansada por el turno extra, pero llena de esa paz que siempre me hacía sentir a salvo—. Justo estaba pensando en ti. ¿Ya pedimos la pizza o espero a que llegue?
Cerré los ojos, apretando el puente de mi nariz. El nudo en mi garganta se volvió casi insoportable.
—Logan... escucha, surgió un problema grave en la oficina. Axel... quiero decir, el señor Price, organizó una gala de última hora para los inversores internacionales. Es obligatorio que el equipo creativo esté allí. Lo siento muchísimo, amor.
Hubo un silencio del otro lado. No fue un silencio de enojo, sino de esa decepción silenciosa que duele más que un grito.
—Oh. Entiendo. Es el mundo del diseño, ¿no? —Logan soltó una pequeña risa carente de alegría—. No te preocupes, Aria. El trabajo es lo primero ahora.
—Te compensaré, lo prometo —susurré, pero él ya se estaba despidiendo.
Colgué y dejé caer el teléfono sobre el sofá. Ya estaba hecho. Había cancelado mi paz por una guerra de seda.
Me metí en la ducha y me arreglé con una eficiencia fría, casi mecánica. Me aseguré de que mi piel estuviera perfecta y mi maquillaje fuera lo suficientemente oscuro para ocultar cualquier rastro de duda. Cuando finalmente me deslicé dentro del vestido, la tela se sintió como una segunda piel, fría y ajustada.
Me miré al espejo del pasillo una última vez. Ya no era la mujer que encontraba la felicidad en una noche de pizza y películas frente al televisor; era la Aria que Axel Price había creado años atrás y que ahora reclamaba de vuelta.
Tomé mi bolso, salí del departamento y cerré la puerta, dejando atrás el olor a hogar para sumergirme en el perfume del pasado.
Bajé del taxi y el aire gélido de la noche neoyorquina me golpeó el rostro, pero no tanto como la visión del edificio iluminado frente a mí. La entrada del Metropolitan estaba flanqueada por hileras de luces blancas y una alfombra roja que parecía un río de sangre bajo los flashes de los fotógrafos.
Caminé hacia la entrada, sintiendo cómo los tacones de aguja resonaban contra el pavimento. Al cruzar el umbral, el sonido de las conversaciones amortiguadas y el tintineo de las copas de cristal me envolvieron.
El lugar era un despliegue obsceno de riqueza. Columnas de mármol, arreglos florales que costaban más que mi auto y personas vestidas con fortunas literales. Me sentí pequeña, hasta que recordé el peso de la seda plateada sobre mi cuerpo. Axel no me había enviado un vestido; me había enviado una armadura.
Busqué con la mirada entre la multitud, tratando de encontrar a Sofía o cualquier rostro amigable que me ayudara a no salir corriendo. Pero a quien encontré fue a él.
Axel estaba en el centro del salón, rodeado de hombres con trajes oscuros que asentían a cada una de sus palabras. Parecía un rey en su corte. Sin embargo, en el momento en que puse un pie dentro del círculo de luz principal, su cabeza giró con una precisión quirúrgica.
Dejó de hablar a mitad de una frase. Sus ojos recorrieron mi figura de arriba abajo, deteniéndose en el escote y luego en mis labios, con una intensidad que hizo que mis pulmones olvidaran cómo inhalar. Sin pedir disculpas a sus interlocutores, empezó a caminar hacia mí, abriéndose paso entre la gente como si nadie más existiera.
Se detuvo a escasos centímetros de mí, invadiendo ese espacio personal que yo tanto me había esforzado por proteger durante el día. Tuve que obligarme a no retroceder.
Axel se veía... devastador. No había otra palabra para describirlo. Llevaba un traje a medida de un negro tan profundo que absorbía la luz de las lámparas de cristal, y una camisa blanca impecable, abierta lo justo para dejar ver el inicio de su cuello. Su mandíbula estaba perfectamente afeitada, marcando esas líneas duras y masculinas que yo solía delinear con mis dedos hace una eternidad.
Pero eran sus ojos lo que más me perturbaba. Eran dos pozos de tormenta, oscuros y penetrantes, que parecían estar leyéndome el alma a través de la máscara de maquillaje. Tenía esa elegancia depredadora, la seguridad de un hombre que sabe que no necesita pedir permiso para tomar lo que desea porque el mundo ya le pertenece.
Su aroma me alcanzó antes que sus palabras: una mezcla de sándalo, cuero y ese olor limpio que siempre había asociado con el peligro. Me hizo sentir vulnerable, me recordó que, aunque yo llevara una armadura de seda plateada, él conocía exactamente dónde estaban mis grietas.
—Estás... —empezó a decir, y su voz bajó una octava, volviéndose un murmullo vibrante que sentí en la boca del estómago—. Estás exactamente como te imaginé cuando compré ese vestido, Aria.
Extendió una mano, rozando apenas la tela en mi hombro, y el contacto quemó.
—Inalcanzable para los demás —susurró, inclinándose hacia mí—, pero peligrosamente cerca de mí.
El roce de sus dedos sobre la seda de mi hombro envió una descarga eléctrica directo a mi memoria, despertando sensaciones que creía haber enterrado bajo capas de indiferencia y la estabilidad que Logan me ofrecía. Por un segundo, el ruido de la gala se desvaneció y solo existimos nosotros dos, como si el tiempo no hubiera pasado.
Por dentro, me estaba desmoronando. Mi corazón martilleaba contra mis costillas con una fuerza que temía que él pudiera notar a través de la tela del vestido. Me sentía traidora, me sentía débil, me sentía... suya.
Pero no iba a dárselo. No otra vez.
Reuní cada pizca de voluntad que me quedaba y, con una lentitud deliberada, di un paso hacia atrás, obligándolo a que su mano cayera al vacío. Levanté la barbilla, sosteniéndole la mirada con una frialdad que esperaba que ocultara el temblor de mis manos.
—Estoy aquí por trabajo, Axel —dije, y me sorprendió que mi voz sonara tan firme, tan profesional—. Me pediste que asistiera como Directora Creativa para representar a la empresa, y aquí estoy. No confundas la cortesía profesional con otra cosa.
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Editado: 28.02.2026