Donde Nos Quedamos

Danza sobre Cenizas

El nombre de Logan en sus labios sonó como un insulto, como algo sucio que no pertenecía a este mundo de mármol y champaña. Sentí una punzada de culpa tan aguda que casi me doblo, pero la rabia fue más rápida y me mantuvo en pie.

—¿Cómo sabes su nombre? —pregunté, y mi voz apenas fue un susurro cargado de veneno. Di un paso hacia él, invadiendo su espacio, olvidando por un segundo que quería huir—. Yo nunca mencioné a Logan. Ni en la entrevista, ni en mi contrato, ni a Recursos Humanos.

Axel no retrocedió. Al contrario, se inclinó un poco más, disfrutando de mi reacción. Una sonrisa ladeada, casi cruel, apareció en su rostro perfectamente tallado.

—Aria, por favor —dijo, soltando una risa seca—. ¿Realmente pensaste que te dejaría entrar de nuevo en mi empresa, en mi vida, sin saber exactamente quién te estaba reteniendo en esa mediocridad que llamas "rutina"?

Mis dedos se apretaron alrededor del tallo de mi copa de champaña hasta que mis nudillos se pusieron blancos.

—¿Me investigaste? —el asco en mi voz era evidente.

—Hice mi trabajo —respondió él con una frialdad absoluta—. Sé que es arquitecto de proyectos menores. Sé que viven en un departamento que no le llega ni a la suela de los zapatos a lo que tú te mereces. Y sé que hoy salía tarde, por eso te envié el vestido a esa hora. Sabía que estarías sola.

El aire se me escapó de los pulmones. No solo sabía su nombre; conocía sus horarios, su vida, nuestra intimidad. Axel había estado moviendo las piezas de mi tablero antes de que yo siquiera supiera que el juego había comenzado.

—Eres un enfermo, Axel. Esto es acoso.

—Esto es eficiencia —corrigió él, y de repente, su mano se cerró con firmeza pero sin brusquedad sobre mi antebrazo—. Lo investigué porque necesitaba entender qué tenía él que no tuviera yo. Y después de ver su historial, me di cuenta de que la respuesta es nada. Él es solo un refugio, Aria. Un lugar donde esconderte porque me tienes miedo.

—No te tengo miedo —mentí, aunque el temblor de mis piernas me delataba.

—Entonces demuéstralo —dijo, tirando suavemente de mi brazo hacia el centro de la pista, donde las parejas empezaban a bailar un vals lento—. Baila conmigo frente a toda esta gente. Demuéstrale a todos, y a ti misma, que Logan es el hombre que amas y que yo no soy más que un jefe exigente. Si puedes hacerlo sin que tu corazón se dispare al tocarme, te dejaré ir a casa ahora mismo.

El desafío estaba lanzado. Si me negaba, confirmaba que todavía tenía poder sobre mí. Si aceptaba, me arriesgaba a que el contacto de sus manos destruyera la poca cordura que me quedaba.

Sin esperar mi respuesta, Axel me guio hacia el centro de la pista. Su mano derecha se posó en la pequeña de mi espalda, justo donde la seda plateada del vestido terminaba y empezaba mi piel. El contraste fue un choque eléctrico; su palma estaba cálida, firme, reclamando un territorio que una vez fue suyo por completo.

Empezamos a movernos al ritmo de una melodía lenta y profunda. Yo mantenía la espalda rígida, la mirada clavada en el nudo de su corbata negra, negándome a darle el placer de ver mis ojos.

—Estás conteniendo la respiración, Aria —susurró él, acercando su rostro al mío hasta que sentí el calor de su aliento—. Relájate. Es solo un baile entre un jefe y su empleada estrella, ¿no es eso lo que le dirías a Logan?

—Él confía en mí —logré decir, aunque mi voz sonó estrangulada—. Algo que tú nunca entendiste. La confianza no se basa en investigar la vida de los demás, Axel. Se basa en conocer su corazón.

Axel soltó una risa baja que vibró contra mi pecho.

—Yo conozco tu corazón mejor que nadie, porque yo fui quien lo rompió, ¿recuerdas? Y por la forma en que late ahora mismo contra mi mano... diría que todavía no ha sanado del todo.

Me obligué a mirarlo entonces, con todo el odio que pude reunir para ocultar el deseo.

—Logan me curó. Él construyó un hogar donde tú solo dejaste escombros. No te atrevas a pensar que esto —dije, señalando el espacio entre nosotros— significa algo. Mañana seguiré siendo su mujer y tú seguirás siendo solo mi jefe.

—Mañana —repitió él, apretando un poco más su agarre, eliminando la poca distancia que quedaba entre nuestros cuerpos— es mucho tiempo. Y esta noche, Aria... esta noche todavía me pertenece.




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