Donde Nos Quedamos

La Gala

El salón parecía haberse contraído hasta convertirse en una caja de cristal donde solo existíamos nosotros dos. El aroma de los lirios blancos y el perfume caro de cientos de personas se mezclaban con el olor metálico del champaña, creando una atmósfera asfixiante. Las luces de las arañas de cristal rebotaban en las paredes de mármol, hiriéndome la vista con destellos dorados que me hacían sentir mareada.

Pero lo peor no era el entorno, sino mi propio cuerpo.

Mi piel, bajo la seda plateada, parecía haber desarrollado una memoria propia. En el lugar exacto donde la mano de Axel presionaba mi espalda, sentía un calor abrasador que se extendía como fuego por mi columna vertebral. Mis dedos, apoyados en su hombro, hormigueaban con una intensidad eléctrica que me obligaba a apretar la tela de su traje solo para no perder el equilibrio.

Podía sentir el latido de su corazón contra mi pecho, un ritmo constante y poderoso que intentaba sincronizarse con el mío, que golpeaba desbocado contra mis costillas. Mis pulmones se negaban a expandirse por completo; cada inhalación era un esfuerzo consciente por no llenar mi sistema con su aroma a sándalo y peligro, ese olor que gritaba "pasado" con cada nota.

—Tiemblas —murmuró él, y su voz no fue un sonido, sino una vibración que recorrió mis hombros y se instaló en mi nuca.

Tenía razón. Mis rodillas se sentían como si fueran de papel y un escalofrío persistente me recorría los brazos, erizando el vello a pesar del calor del salón. Era una traición biológica. Mi mente gritaba el nombre de Logan, intentando invocar la imagen de nuestra sala, del olor a madera y de la paz que él me daba, pero mi cuerpo solo respondía al hombre que me sostenía ahora.

Era como si la seda del vestido no fuera una armadura, sino una red que me mantenía atrapada contra él. Me sentía expuesta, líquida, como si en cualquier momento fuera a disolverme bajo su tacto y dejar que las cenizas de lo que fuimos hace siete años me consumieran por completo frente a toda la élite de la ciudad.

—No es por ti —logré articular, aunque mi voz sonó quebradiza, traicionando mi fachada de hielo—. Es el frío del salón.

Axel soltó un suspiro corto, casi una risa, y sentí sus dedos moverse apenas un milímetro sobre mi piel desnuda, un gesto tan íntimo que me obligó a cerrar los ojos para no perderme en los suyos.

—Mientes tan mal como hace siete años, Aria. El frío no hace que tu pulso se dispare de esta manera.

Sus palabras me golpearon con la fuerza de una verdad que no quería admitir. Mis rodillas flaquearon por un instante y él, con esa eficiencia depredadora, me estrechó un poco más contra su cuerpo para sostenerme. En ese momento, la máscara de frialdad que tanto me había costado construir se hizo añicos. Me sentí pequeña, rodeada de mármol, diamantes y la mirada posesiva de un hombre que conocía mis secretos mejor que yo misma.

Estaba a punto de decir algo, una última defensa desesperada, cuando una voz masculina y profunda cortó el aire cargado entre nosotros.

—Axel, espero no estar interrumpiendo un momento crucial del diseño corporativo.

Axel se tensó ligeramente bajo mis dedos antes de soltarme con una parsimonia que me devolvió el aire de golpe. Giré la cabeza, tratando de ocultar mi respiración agitada.

Julian Vane estaba de pie a un par de metros, con una copa de coñac en la mano y una sonrisa que no llegaba a sus ojos grises y calculadores. Julian era uno de los mayores inversores de la firma, un hombre cuya fortuna solo era comparable a su reputación de no dejar pasar ni un solo detalle.

—Julian —respondió Axel, su voz recuperando instantáneamente ese tono de acero profesional—. Nunca interrumpes. Solo estábamos discutiendo la dirección estética de la nueva campaña.

Julian arqueó una ceja, recorriendo con la mirada el vestido plateado que Axel me había enviado.

—Ya veo. Una estética impecable, sin duda. Aria, es un placer volver a verte en las grandes ligas. —Me extendió la mano, y su tacto era frío, seco, el recordatorio perfecto del mundo de negocios en el que estaba atrapada—. Axel ha hablado mucho de ti. Especialmente de lo... indispensable que te has vuelto en tan poco tiempo.

—Solo hago mi trabajo, señor Vane —logré decir, forzando una sonrisa profesional que me dolió en los músculos de la cara.

—Oh, no sea modesta. En este edificio sabemos que "hacer el trabajo" para Axel Price requiere mucho más que talento —añadió Julian, con una mirada que parecía querer diseccionarme—. Me sorprendió mucho ver una cara nueva en un puesto tan alto de la noche a la mañana. Axel es... selectivo. Casi nunca permite que alguien externo se acerque tanto a su círculo personal.

Sentí un escalofrío. Julian no hablaba de mi pasado, hablaba de lo que veía ahora mismo: la forma en que Axel me sostenía y cómo el vestido que llevaba puesto gritaba su nombre.

—Aria no es simplemente "alguien externo", Julian —intervino Axel, colocando una mano posesiva en la parte alta de mi brazo. Su tacto sobre mi piel desnuda se sintió como una marca de propiedad ante los ojos del inversor—. Es la pieza que le faltaba a esta empresa. Solo hacía falta el incentivo correcto para traerla a donde pertenece.

—Ya veo —murmuró Julian, alternando la mirada entre la mano de Axel y mi rostro pálido—. Pues espero que el incentivo valga la pena. Nueva York puede ser muy fría para quienes no están acostumbrados a este nivel de exposición.

Julian hizo una pequeña inclinación con la cabeza y se alejó hacia el bar, dejándonos en un silencio cargado de electricidad estática. Me solté del agarre de Axel con un movimiento brusco, sintiendo que el aire me faltaba.

—Me investigaste, me enviaste este vestido, y ahora dejas que tus socios hablen de mí como si fuera una pieza de arte que acabas de adquirir —susurré, con la voz vibrando de rabia—. ¿Eso es lo que soy para ti, Axel? ¿Un incentivo?




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