Donde Nos Quedamos

El Cristal Roto

Me giré bruscamente, obligándolo a retroceder apenas unos centímetros. El movimiento hizo que la seda plateada se enredara en mis piernas, recordándome una vez más que estaba atrapada en su diseño.

—Lo que tú llamas insignificante es lo único que me permite respirar, Axel —dije, y mi voz, aunque baja, cortó el aire frío con la precisión de un bisturí—. Mi vida no es pequeña porque no tenga una vista de trescientos sesenta grados sobre Manhattan. Es real. No hay máscaras, no hay inversores como Julian Vane diseccionando mi ropa, y no hay hombres como tú intentando jugar a ser Dios con el destino de los demás.

Axel soltó una risa seca, un sonido amargo que el viento se llevó rápidamente. Dio un paso hacia adelante, invadiendo mi espacio hasta que mi espalda chocó contra la barandilla de piedra.

—Dices que es real —murmuró, inclinándose sobre mí, rodeándome con sus brazos apoyados en el mármol sin llegar a tocarme, pero manteniéndome cautiva—. Pero mírate, Aria. Estás temblando. Y no es por el frío de febrero. Es porque este mundo, este vestido y esta altura te hacen sentir más viva.

—Eres un arrogante —susurré, aunque mi respiración empezaba a traicionarme, volviéndose errática ante su cercanía.

—Soy el único que se atreve a decirte la verdad —rebatió él. Sus ojos oscuros escanearon mi rostro, deteniéndose en mis labios que empezaban a tornarse azules por el clima—. Puedes volver a esa casa, puedes intentar lavarte el rastro de esta noche, pero ambos sabemos que a partir de mañana, cuando lo mires a él, solo verás lo que te falta.

Me dolió. Porque en el fondo, en ese rincón oscuro de mi mente que intentaba silenciar, temía que tuviera razón. El contraste entre la opulencia de Axel y la calidez de Logan era tan grande que me estaba partiendo en dos.

—Dime cuánto costó —solté de repente, apretando los puños contra mi pecho para no tocarlo—. El vestido, el taxi, la joya que dejaste en mi camerino. Dime el precio, Axel. Porque voy a pagarte cada centavo. No voy a ser otra de tus posesiones.

Axel se acercó tanto que nuestras narices casi se rozaron. Su mirada bajó a mi cuello, donde mi pulso latía con una fuerza salvaje.

—No tienes suficiente dinero en tu cuenta de ahorros para pagar lo que este vestido me ha costado verte usar, Aria. Y el precio no es dinero. El precio es que admitas, aunque sea solo para ti misma, que esta noche no quieres estar en ningún otro lugar que no sea aquí. Conmigo.

Sus palabras fueron el detonante. Axel creía que me tenía acorralada, que el lujo del vestido y la altura de la azotea eran suficientes para doblegar mi voluntad. Pero se equivocaba.

Me incliné y, con un movimiento rápido, me desabroché las finas tiras de los zapatos que aprisionaban mis pies. Los dejé caer sobre el mármol gélido con un eco seco. Axel frunció el ceño, confundido por primera vez en toda la noche.

—Quédate con tu altura, Axel —le dije, mirándolo directamente a los ojos con un fuego que no era deseo, sino pura rebelión—. Quédate con el vestido, con los inversores y con esta vista. Prefiero sentir el suelo frío bajo mis pies que seguir viviendo en tu cielo de cristal.

—Aria, no seas ridícula, te vas a congelar —dijo él, intentando alcanzar mi brazo.

Me aparté de un salto, sintiendo el frío punzante de la piedra contra mis plantas descalzas. Era un dolor real, honesto, mucho mejor que la presión asfixiante de su cercanía.

—No estoy siendo ridícula. Estoy volviendo a la tierra —sentencié.

Me di la vuelta y caminé hacia la puerta con la espalda recta, ignorando el rastro de seda plateada que se arrastraba por el suelo sucio de la azotea. Cada paso que daba lejos de él era una victoria. No me importaba cómo me vieran al cruzar el salón de nuevo; no me importaba que pensaran que estaba loca.

Al pasar por su lado, antes de entrar de nuevo al calor del edificio, le dediqué una última mirada sobre el hombro:

—Mañana estaré en la oficina a las ocho en punto, señor Price. Con mis propios zapatos y mi propia ropa. Porque eso es lo único que vas a obtener de mí: mi trabajo. El resto... el resto no tiene precio.

Crucé el salón de baile descalza, con la frente en alto, sintiendo las miradas de Julian Vane y de toda la élite de Manhattan sobre mí. Ya no era una muñeca de vitrina. Era Aria, y estaba lista para volver a casa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.