El trayecto en el taxi fue un borrón de luces amarillas y ruidos de ciudad que ya no me asustaban. El conductor me miró un par de veces por el espejo retrovisor —una mujer con un vestido que costaba miles de dólares, descalza y con el rímel amenazando con correrse—, pero en Nueva York, la tristeza y la locura son solo parte del paisaje.
Cuando bajé frente a mi edificio, el pavimento frío de la acera se sintió como un saludo familiar. Subí las escaleras evitando el ascensor; necesitaba sentir el esfuerzo físico, el peso de mi propio cuerpo regresando a su base.
Al llegar a la puerta del 4B, me detuve un segundo para recuperar el aliento. Mis manos, aún frías por el viento de la azotea, buscaron mis llaves en el pequeño bolso que yo misma había elegido meses atrás. El metal de la llave se sintió sólido, honesto.
Giré la cerradura con cuidado. El aroma de mi casa me recibió como un abrazo: una mezcla de café, el detergente de siempre y ese rastro persistente de madera vieja. No había perfumes importados aquí, solo hogar.
Di un paso hacia adentro y mis pies descalzos agradecieron el contacto con la alfombra tejida, un poco desgastada pero cálida. La sala estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la campana de la cocina. Logan estaba profundamente dormido en el sofá, con la cabeza ladeada y un libro de arquitectura descansando sobre su pecho. Verlo ahí, ajeno a los juegos mentales de Axel y a la tensión de la azotea, me hizo sentir una punzada de culpa y alivio a la vez.
Miré el reloj de pared: las tres de la mañana. Era tarde, mucho más tarde de lo que pretendía, y el cansancio finalmente me alcanzó, pero no era un cansancio físico, sino una sensación de estar "sucia" por las palabras de Axel.
No podía simplemente acostarme. No con el rastro de la gala todavía pegado a mí.
Fui al dormitorio, me deslicé fuera del vestido plateado con una urgencia casi violenta y lo dejé hecho un ovillo en un rincón oscuro del armario, donde no pudiera verlo. Me puse mi ropa de dormir más vieja y regresé a la sala. Logan ni siquiera se movió; trabajaba tanto que, cuando finalmente se dormía, el mundo podía acabarse a su alrededor.
Necesitaba orden. Necesitaba que mi entorno reflejara que yo seguía al mando de mi vida.
A pesar de la hora, caminé hacia la cocina. Vi un par de tazas de café usadas en el fregadero y algunas migas sobre la encimera que Logan, en su agotamiento, había olvidado limpiar. Me puse a trabajar. Lavé los platos con movimientos metódicos, sintiendo el agua caliente en mis manos. Pasé un paño por la mesa, ordené los planos que él había dejado desparramados y sacudí las alfombras.
Limpiar no era una tarea para mí; era mi forma de exorcizar a Axel Price de mis pensamientos. Cada superficie que brillaba era una frontera que recuperaba. Él tenía su imperio de cristal y acero, pero este era el mío, y aquí, él no tenía poder.
Me detuve cuando la casa quedó impecable. El silencio era absoluto, roto solo por la respiración acompasada de Logan. Me senté en el suelo, junto al sofá, y apoyé la cabeza en el borde donde descansaba su mano. Sus dedos se movieron levemente en sueños, rozando mi cabello.
—Ya estoy en casa —susurré para mí misma, cerrando los ojos.
Mañana sería otro día de lucha en la oficina, pero por ahora, el mármol frío de la azotea era solo un mal recuerdo.
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Editado: 28.02.2026