Donde Nos Quedamos

El Eco del Pasado

El sol de la tarde se filtraba por la ventana del pequeño café, pintando motas de polvo dorado en el aire. Axel estaba sentado frente a mí, con la camisa arremangada y esa expresión relajada que solo yo conocía. No había rastro del hombre gélido de la gala; sus ojos brillaban con una luz cálida mientras acercaba su mano a la mía sobre la mesa de madera.

—No importa a dónde vayamos, Aria, mientras sea juntos —me decía, y su voz sonaba como una promesa que el tiempo no podía romper.

Sentí el calor de sus dedos entrelazándose con los míos. Era una sensación tan vívida, tan real, que el peso de los últimos días parecía haberse esfumado. Por un momento, el mundo era simple, sin ambiciones desmedidas ni traiciones. Pero, de repente, el calor de su mano empezó a transformarse. Sus dedos se apretaron con una fuerza que me cortaba la circulación y el café comenzó a oscurecerse. Las paredes de madera se convirtieron en frío mármol negro y el sol de la tarde se apagó, dejando paso a las luces artificiales de la ciudad.

—Ya no puedes escapar —susurró él, pero su voz ahora era de acero.

Abrí los ojos de golpe, con el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado. Me quedé mirando el techo de mi habitación, tratando de situarme en el tiempo y el espacio. El silencio de mi departamento era absoluto, roto solo por el zumbido del refrigerador a lo lejos. No había café, no había sol de tarde, y Axel Price no me estaba tomando la mano.

Había sido un sueño. Solo un maldito sueño.

Me incorporé lentamente, pasándome las manos por la cara para quitarme el rastro de esa falsa calidez. Alargué la mano hacia el otro lado de la cama, pero las sábanas estaban estiradas y frías. En la mesita de noche, encontré una nota doblada junto a una taza de café que ya no humeaba.

"Te veías tan profundamente dormida que no quise despertarte. La casa quedó increíble, gracias por el esfuerzo, aunque me preocupa que no descanses lo suficiente. Tengo que terminar los planos del centro cultural, así que hoy me toca sábado de oficina. Te veo para cenar. Te amo. —L."

Logan ya se había ido. Él también trabajaba los sábados, sumergido en sus planos y en esas entregas que lo mantenían ocupado fuera de casa desde temprano. Me quedé sentada en el borde de la cama, suspirando mientras el silencio del departamento me envolvía. Tenía todo el día para mí.

El lugar estaba impecable gracias a mi arrebato de limpieza de la madrugada, pero la sensación del sueño seguía ahí, pegajosa y turbia, como una película de aceite sobre el agua que me hacía sentir incómoda en mi propia piel. Necesitaba hacer algo para ocupar mi mente y no dejar que la imagen de Axel me persiguiera en mi propio refugio.

Me puse mi bata de lana más gruesa, tratando de borrar el frío residual de la azotea que mi mente insistía en recrear. Caminé hacia la cocina, arrastrando los pies, con la intención de tirar el café tibio que Logan me había dejado y preparar uno nuevo, cargado y negro. Necesitaba despertar de verdad.

Al llegar a la encimera, algo captó la luz de la mañana. Entre el azucarero y la cafetera, había un objeto pequeño, rectangular y de un blanco impoluto que desentonaba con la calidez rústica de mi cocina.

Me quedé paralizada. Mis dedos temblaron un poco cuando lo alcancé.

Era una tarjeta de presentación. Pero no una cualquiera. El papel era grueso, con un gramaje que gritaba dinero, y en el centro, grabadas en un relieve plateado casi imperceptible, estaban las iniciales A.P.

No recordaba haberla tomado. No recordaba que Axel me hubiera dado nada más que miradas cargadas de veneno y aquel baile que todavía sentía en los huesos. La giré con un nudo en el estómago. En el reverso, escrito con una caligrafía elegante y apresurada, había una dirección que no era la de la oficina.

“7:00 PM. No llegues tarde, Aria. Tenemos asuntos que el brillo de la gala no nos permitió terminar.”

El aire se escapó de mis pulmones. ¿En qué momento la había puesto ahí? ¿Había estado él en mi edificio? No, era imposible. Repasé mis movimientos de la madrugada: el taxi, la entrada descalza, el desorden que limpié con furia... En algún punto entre mi llegada y mi colapso en el sofá, esa tarjeta había aparecido.

O peor aún: quizás la había dejado en el bolso que usé anoche y yo misma la saqué sin darme cuenta mientras limpiaba de forma maníaca.

Dejé la tarjeta sobre la mesa como si quemara. Hoy era sábado. Logan no volvería hasta tarde. El día que se suponía sería mi refugio se acababa de convertir en una cuenta regresiva. La dirección era de un loft en Tribeca, un lugar privado, lejos de los ojos de Julian Vane y de la estructura corporativa.

Miré a mi alrededor. Mi departamento, que hace diez minutos se sentía como un santuario, ahora me parecía una jaula de cristal. Él sabía dónde vivía, sabía cómo entrar en mi cabeza incluso cuando dormía, y ahora, me estaba citando fuera de las reglas del juego.




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