Donde Nos Quedamos

La Fragilidad del Recuerdo

Caminé sin rumbo por el Lower East Side durante casi una hora. Mis botas golpeaban el cemento con un ritmo frenético, tratando de seguirle el paso a mis pensamientos. El frío de febrero empezaba a calar en mis huesos a pesar del suéter de cuello alto, pero no quería volver a casa. Mi departamento se sentía contaminado por la posibilidad de que Axel supiera demasiado sobre mi intimidad.

Me detuve frente a una pequeña tienda de suministros de arte, una de esas que huelen a trementina y a madera vieja. Sin pensarlo mucho, entré. No había tocado un pincel de verdad en años, no desde que la vida con Logan y el trabajo administrativo me habían absorbido por completo.

Me perdí entre los pasillos de pigmentos y lienzos en blanco. Tomé un pequeño carboncillo y sentí su peso entre mis dedos. Axel decía que mis manos estaban hechas para crear, no para archivar facturas. Era una de las pocas verdades que me había dicho, y dolía que tuviera razón.

Al salir de la tienda, mi teléfono vibró en el bolsillo de la chaqueta. El corazón se me saltó un latido. ¿Sería él? ¿Otro mensaje críptico?

Pero no era Axel. Era Logan.

“Hola, cielo. He terminado antes de lo previsto. Estoy pasando por el mercado para comprar algo para cenar juntos. ¿Estás en casa? Te noto muy cansada anoche, quería darte una sorpresa”.

Me quedé mirando la pantalla, paralizada en medio de la acera. Logan, el hombre que me amaba sin condiciones, estaba volviendo al santuario que yo acababa de limpiar para estar conmigo. Y yo... yo tenía una tarjeta con las iniciales de mi ex en el bolsillo y una dirección en Tribeca que me quemaba la piel.

Si volvía ahora, tendría que mentirle. Tendría que sentarme a cenar con él, mirar sus ojos honestos y ocultarle que en tres horas pensaba entrar en un edificio que contenía los fantasmas de mi otra vida.

Miré hacia el norte, hacia el skyline donde el imperio de Axel se alzaba como una amenaza. Luego miré hacia abajo, a mi teléfono. La mentira era una grieta que empezaba a abrirse bajo mis pies.

Mis dedos temblaron sobre la pantalla mientras escribía la respuesta. Cada letra se sentía como una traición.

“Qué pena, Logan. He salido a caminar para despejarme y me ha surgido un tema de última hora en la oficina. Ya sabes cómo es Price... tardaré un poco. No me esperes para cenar, cielo. Come tú y descansa”.

Bloqueé el teléfono antes de que pudiera ver su respuesta. No quería ver un "está bien" o un "te quiero". No quería que su bondad me hiciera dar media vuelta. Guardé el celular en lo más profundo de mi bolso y empecé a caminar hacia el norte, hacia Tribeca.

El cielo de Nueva York empezó a teñirse de un violeta sucio a medida que caía la tarde. A medida que me acercaba a la dirección de la tarjeta, el paisaje cambiaba; las calles se volvían más anchas, los edificios más imponentes, el aire más caro.

Llegué al edificio de ladrillo visto a las 6:45 PM. Me quedé en la acera de enfrente, oculta entre las sombras de un andamio. Era exactamente como lo recordaba en nuestras promesas: industrial, elegante, con esos ventanales enormes que ahora reflejaban las luces de la calle. No había carteles, ni nombres, ni timbres dorados. Solo una puerta de metal pesado con un teclado numérico.

De pronto, la puerta se abrió.

No fue Axel quien salió, sino una mujer joven con un uniforme de limpieza. Se alejó rápidamente, dejando la puerta entornada por apenas unos segundos antes de que el muelle hidráulico la cerrara. Fue un impulso, una chispa de adrenalina pura. Corrí y puse la punta de mi bota de cuero justo antes de que el cierre hiciera click.

Estaba dentro.

El vestíbulo olía a pintura fresca, a madera encerada y a algo más... a ese perfume de sándalo y ambición que Axel desprendía. El ascensor de carga, restaurado en hierro y madera, estaba esperándome con las puertas abiertas. No había botones, solo un sensor que pareció reconocer mi presencia.

Las puertas se cerraron y el motor rugió suavemente mientras subía. Mi reflejo en el metal del ascensor me mostró a una Aria que no reconocía: ojos encendidos, mandíbula apretada y ese suéter negro que ahora se sentía más como una armadura de guerra que como ropa de descanso.

El ascensor se detuvo con un leve repique. Las puertas se deslizaron y me encontré directamente dentro del loft.

El espacio era inmenso, bañado por la luz tenue de unas lámparas de diseño que colgaban del techo altísimo. Pero lo que me detuvo el corazón no fue la arquitectura.

En el centro de la estancia, sobre un caballete de madera idéntico al que yo tuve en la universidad, había un lienzo cubierto por una tela blanca. Y junto a él, de pie frente al ventanal con una copa de cristal en la mano, estaba Axel. No llevaba el traje de la gala; vestía unos pantalones oscuros y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados.

—Has llegado temprano —dijo, sin girarse. Su voz resonó en el espacio vacío, llenándolo todo—. Y has mentido para venir. Sabía que lo harías.

—He llegado porque quiero terminar con esto, Axel. Y no he mentido —dije, aunque el peso de la nota de Logan en mi bolsillo se sentía como una piedra—. He tomado una decisión ejecutiva sobre mi tiempo personal. No te confundas.

Axel se giró lentamente, dejando la copa sobre una mesa de cristal. En lugar de responder con una de sus frases mordaces, se acercó a un jarrón de cerámica minimalista que descansaba cerca del ventanal. Con una delicadeza que no encajaba con el hombre que había intentado humillarme en la azotea, tomó un ramo de flores y caminó hacia mí.

Eran flores blancas. Gardenias y lirios, una combinación que hizo que el aire se llenara de un aroma dulce y denso. Me las tendió en silencio.

Mis manos, casi por instinto, se cerraron alrededor de los tallos. La textura de los pétalos de las gardenias siempre me había fascinado: eran gruesos, casi como si estuvieran hechos de cera o de una seda muy pesada. Al rozar mis dedos contra ellos, sentí esa suavidad fría que parecía retener la humedad del rocío.




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