El silencio que siguió a mis palabras no fue incómodo; fue un desafío. Axel no se inmutó cuando solté las flores sobre la mesa. Se limitó a observar cómo un pétalo de gardenia se doblaba, adquiriendo ese tono marrón que delataba el contacto humano.
¡Entendido! Vamos a corregir el rumbo. No es un refugio privado ni un secreto bajo llave; es una exhibición, un golpe de autoridad pública que Axel ha orquestado para que todo el mundo vea que él es el dueño de su talento y de su pasado.
Aquí tienes la versión ajustada:
Capítulo 11: El Peso de la Mirada
—Dices que no tienes nada que ocultar, Aria —dijo él, rodeando el caballete con una lentitud depredadora—. Pero estás aquí. En este loft. Conmigo. Mientras el hombre que te espera en casa cree que estás revisando archivos de contabilidad.
—No vine a hablar de Logan —respondí, aunque el nombre de mi pareja se sintió como una punzada de realidad—. Vine porque dijiste que teníamos asuntos pendientes.
Axel se detuvo junto a la tela blanca. Sus dedos, largos y seguros, rozaron el borde de la sábana que cubría el misterio central de la estancia. Miré a mi alrededor; este no era un rincón íntimo. Las luces de riel apuntaban directamente al centro, las paredes blancas estaban impecables y el espacio gritaba que estaba listo para recibir a la élite.
—Lo que tenemos pendiente no es un contrato, ni una disculpa —susurró él—. Es esto.
De un tirón seco, la tela blanca cayó al suelo.
Mi corazón dio un vuelco. No era una oficina, ni un estudio privado. Era una galería pública. Y en la pared principal, presidiendo el salón que pronto se llenaría de críticos y compradores, estaba el "Retrato en Azul y Ceniza".
El último lienzo que yo había pintado antes de que él se fuera a Londres. El cuadro que yo arrojé a la basura en un ataque de rabia y dolor hace años. Allí estaba, enmarcado en oro mate, bajo una luz que hacía que cada trazo de mi pincel pareciera una herida abierta expuesta al mundo.
—Lo encontraste —apenas pude articular, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis botas.
—Lo rescaté —corrigió él, dando un paso hacia el cuadro—. Y he decidido que Nueva York merece verlo. He convertido este edificio en la nueva sede de la Fundación Price Art. Y tú, Aria, eres la pieza central de la inauguración de la próxima semana.
Me acerqué al lienzo, hipnotizada por el horror. Podía ver mis propias huellas en las esquinas, el lugar donde la pintura se había secado con mis lágrimas. Verlo allí, en un lugar que pronto estaría lleno de extraños juzgándome, era como estar desnuda en medio de Times Square.
—¿Por qué, Axel? —pregunté, girándome hacia él con furia—. ¿Por qué exponer algo que yo misma deseché? ¿Por qué hacerlo público?
—Porque este loft es el escenario de tu regreso, Aria. No puedes esconderte en un cubículo de contabilidad para siempre. He invitado a los críticos más importantes, a los coleccionistas... y a Julian Vane. Todo el mundo sabrá quién es la mujer que estuvo al lado de Axel Price.
Se acercó tanto que pude sentir el frío de su mirada.
—No es un refugio, Aria. Es tu trono. Y el contrato que firmaste dice que como mi asistente, debes estar presente en cada evento de la fundación. Incluyendo este.
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Editado: 28.02.2026