El mar no pedía permiso.
Rompía contra la orilla con una fuerza constante, como si no existiera nada más allá de su propio ritmo. Marina se quedó quieta, con los pies hundiéndose lentamente en la arena húmeda, mientras el agua fría le rozaba los dedos.
El viento traía sal.
Y algo más.
Algo que no sabía nombrar.
—No es para tanto —murmuró, más para convencerse que por otra cosa.
Pero su cuerpo no estaba de acuerdo.
Dio un paso más… y entonces lo vio.
Personas.
Muchas.
Pero no como en cualquier playa.
No había trajes de baño. No había telas escondiendo nada. Solo cuerpos. Reales. Distintos. Sin vergüenza.
Marina sintió cómo el calor le subía por el cuello.
—No… —susurró—. Yo no puedo con esto.
Se cruzó de brazos casi por reflejo.
Una risa cercana la hizo girar la cabeza.
—Tranquila, la primera vez siempre es rara.
Marina se tensó.
Una chica, sentada sobre una toalla, la miraba con una sonrisa tranquila. No había burla en sus ojos. Solo… normalidad.
—¿Se nota mucho? —preguntó Marina, incómoda.
—Un poco —respondió la chica—. Pero no pasa nada. A todos nos pasó.
Marina soltó una pequeña risa nerviosa.
—No creo que yo llegue a acostumbrarme.
—Eso mismo dije yo —replicó la chica—. Y aquí estoy.
Se encogió de hombros, como si no fuera gran cosa.
Marina asintió, sin saber qué más decir.
—Puedes empezar quedándote cerca de la orilla —añadió la chica—. Nadie te está mirando tanto como crees.
Marina miró alrededor.
Y se dio cuenta de algo incómodo.
Era verdad.
Nadie la estaba mirando.
Nadie parecía pendiente de nadie.
Y eso… la descolocó más.
—Gracias —dijo finalmente.
—De nada. Y tranquila… no tienes que hacerlo perfecto.
La chica volvió a lo suyo, dejándola sola otra vez.
Marina respiró hondo.
El mar seguía ahí.
Igual.
Constante.
Avanzó.
Un paso.
Luego otro.
El agua subió por sus pies, fría, pero soportable.
Cerró los ojos un segundo.
Esperando ese golpe de vergüenza.
Pero no llegó.
Solo el sonido de las olas.
Solo el viento.
—No pasó nada… —murmuró, sorprendida.
Abrió los ojos.
Y entonces lo sintió.
No una mirada incómoda.
Algo diferente.
Giró la cabeza apenas.
A lo lejos, cerca de la orilla, había alguien.
Un chico.
Estaba de pie, mirando el mar, completamente ajeno a todo lo demás.
No observaba a nadie.
No parecía interesado en nada más que en el agua frente a él.
Y eso… llamó su atención.
Marina lo miró un segundo más de lo necesario.
Luego apartó la vista, incómoda consigo misma.
—¿Y a ti qué te pasa? —se dijo en voz baja.
Sacudió la cabeza, como si quisiera quitarse esa sensación.
Volvió a mirar el mar.
Las olas iban y venían sin detenerse.
Sin esconderse.
Sin pedir permiso.
Y por un segundo…
deseó poder ser como ellas.