Donde rompen las olas

CAPÍTULO 2 — La orilla de los desconocidos

Marina no pensó que volvería.

Al menos no tan pronto.

Pero ahí estaba otra vez, con la arena pegándose a sus sandalias y el sonido del mar colándose en su pecho como si tuviera memoria.

No era la playa.

Era lo que le había dejado.

Esa sensación incómoda… y al mismo tiempo inquietante.

Como si algo hubiera empezado y no se hubiera terminado.

—Solo voy a mirar —murmuró, repitiéndose la misma mentira del día anterior.

El aire estaba más fresco que la tarde anterior. El sol apenas comenzaba a elevarse, tiñendo el agua de un tono dorado suave.

Había menos gente.

Eso ayudaba.

Mucho.

Caminó despacio, manteniéndose cerca del borde, como si así pudiera escapar más fácil si lo necesitaba.

Sus hombros seguían tensos.

Sus manos, inquietas.

Pero no se fue.

Eso ya era distinto.

Se detuvo cuando el agua volvió a tocar sus pies.

Fría.

Pero familiar.

—Vale… no es tan horrible —susurró.

Dio un paso más.

Luego otro.

El mar subió un poco más, y esta vez no retrocedió de inmediato.

Se quedó.

Respirando.

Intentando acostumbrarse.

Fue entonces cuando lo vio.

El mismo chico.

El de ayer.

Estaba más cerca que la última vez, pero no demasiado. Caminaba por la orilla, con las manos en los bolsillos, como si el mundo no le pesara.

Marina lo reconoció al instante.

Y sin querer… lo observó.

No era tanto cómo se veía.

Era cómo estaba.

Tranquilo.

Seguro.

Como si no tuviera esa voz constante en la cabeza que le decía qué hacer, cómo verse, cómo encajar.

—Deja de mirar —se dijo a sí misma en voz baja.

Pero no apartó la vista de inmediato.

El chico se detuvo unos metros más adelante, mirando el mar.

El viento movió su cabello.

Y por un segundo, pareció completamente ajeno a todo lo demás.

Marina bajó la mirada.

Tarde.

—¿Te gusta el mar o solo estás peleando con él?

La voz la tomó por sorpresa.

Levantó la vista de golpe.

Era él.

Más cerca de lo que esperaba.

Y ahora sí… la estaba mirando.

No de forma incómoda.

No como temía.

Solo… directo.

Marina parpadeó, descolocada.

—¿Perdón?

Él señaló ligeramente con la cabeza hacia sus pies.

—Llevas cinco minutos entrando y saliendo del agua.

Marina miró hacia abajo, como si acabara de darse cuenta.

—No estaba peleando —respondió—. Solo… pensando.

Él asintió, como si eso tuviera sentido.

—El mar sirve para eso.

Silencio.

Marina no sabía si responder o simplemente quedarse ahí.

No estaba acostumbrada a hablar con desconocidos así.

Menos en un lugar como ese.

—¿Siempre vienes tan temprano? —preguntó ella, más por no quedarse callada que por otra cosa.

—Cuando no quiero pensar demasiado —respondió él.

Marina soltó una pequeña risa.

—Eso suena contradictorio.

—Lo es —dijo él, con media sonrisa.

El silencio volvió.

Pero no era incómodo.

Era… raro.

Diferente.

Marina cruzó los brazos, pero esta vez no con tanta fuerza.

—Ayer también estabas —dijo, sin mirarlo directamente.

—Tú también.

Ella levantó la vista, sorprendida.

—¿Me viste?

—Un segundo —respondió él—. No parecía buen momento para hablar.

Marina no supo si agradecerle o sentirse aún más expuesta.

—Sí… —murmuró—. No lo era.

El viento sopló más fuerte, levantando un poco la tela de su ropa. Esta vez no se cubrió de inmediato.

Solo lo notó.

Eso ya era un cambio.

—Es la primera vez, ¿no? —preguntó él.

Marina frunció el ceño.

—¿Tan obvio es?

—Un poco.

Ella rodó los ojos.

—Genial.

Él soltó una risa suave.

—No es algo malo.

—Para mí sí lo es.

Él la miró un segundo más.

No con juicio.

Sino como si estuviera intentando entenderla.

—Entonces no te quedes —dijo.

Marina parpadeó.

—¿Qué?

—Si te hace sentir mal, no tienes que hacerlo.

No había presión en su voz.

Ni desafío.

Ni siquiera interés en convencerla.

Y eso… la descolocó.

—Pensé que ibas a decir lo contrario —admitió.

—¿Como qué?

—“Deberías intentarlo”, “no es tan grave”, “te vas a acostumbrar”.

Él negó con la cabeza.

—Eso funciona cuando la persona quiere hacerlo.

Marina bajó la mirada.

Porque no estaba segura de querer.

Pero tampoco quería irse.

—No sé lo que quiero —dijo finalmente.

—Entonces no lo decidas hoy.

Esa respuesta la dejó en silencio.

Porque era tan simple… que casi molestaba.

—Hablas como si todo fuera fácil —murmuró.

—No lo es —respondió él—. Solo no tiene que ser complicado desde el inicio.

Marina lo miró.

De verdad esta vez.

Y por primera vez, notó algo más allá de su tranquilidad.

Había algo en su forma de estar.

Algo firme.

Pero sin imponerse.

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella, casi sin pensarlo.

Él tardó un segundo en responder.

Como si no fuera lo más importante.

—Mateo.

Marina asintió.

—Marina.

—Lo sé —dijo él.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo?

Mateo señaló discretamente hacia atrás.

La chica del día anterior levantó la mano desde su toalla, saludando.

Marina abrió los ojos un poco más.

—Genial… —murmuró—. Ya soy famosa.

Mateo sonrió.

—Solo un poco.

Marina negó con la cabeza, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa se escapara.

El mar avanzó un poco más.

El agua tocó sus pies otra vez.

Y esta vez… no se movió.

—No pasó nada —dijo ella en voz baja.

—Te lo dije.

Marina no respondió.

Pero tampoco se fue.

Y eso… empezaba a decir mucho.




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