Marina no estaba segura de en qué momento dejó de buscar excusas para volver.
Tal vez fue después de la primera conversación.
O tal vez… cuando se dio cuenta de que ya no venía solo por la playa.
El cielo estaba más claro esa mañana. El sol subía lento, tiñendo el mar de tonos dorados que parecían moverse con cada ola.
Y ella ya sabía dónde mirar.
No quería admitirlo.
Pero lo sabía.
Mateo estaba ahí.
Como el día anterior.
Como si ese lugar también fuera suyo.
Marina caminó despacio, intentando convencerse de que no iba hacia él.
Solo hacia el mar.
Solo a lo mismo de siempre.
Pero sus pasos no engañaban.
Se detuvo a unos metros.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
Suficiente para sentir su presencia.
—Hoy no estás peleando con el agua.
La voz la hizo girarse apenas.
Mateo la miraba con esa calma que ya empezaba a resultarle… familiar.
—Hoy estoy ganando —respondió ella, cruzándose de brazos, aunque sin tanta fuerza como antes.
—¿Ah, sí?
—Sí. Hoy no me he ido corriendo.
Mateo asintió, como si eso fuera un logro real.
—Eso cuenta.
Marina lo miró un segundo.
Y esta vez… no apartó la mirada tan rápido.
Había algo en él que la desarmaba.
No por lo que decía.
Sino por lo que no decía.
El viento sopló entre ellos.
Y por un momento, ninguno habló.
Pero no fue incómodo.
Fue… distinto.
—¿Siempre estás tan tranquilo? —preguntó ella finalmente.
Mateo soltó una pequeña risa.
—No.
—No te creo.
—No tienes que hacerlo.
Marina negó con la cabeza, pero una leve sonrisa apareció en sus labios.
El mar avanzó un poco más, tocando sus pies.
Esta vez no retrocedió.
—Antes dijiste que vienes aquí cuando no quieres pensar demasiado —comentó ella.
—Sí.
—¿Y hoy?
Mateo dudó un segundo.
No mucho.
Pero lo suficiente para que Marina lo notara.
—Hoy no me molesta pensar —respondió.
Ella alzó una ceja.
—Qué conveniente.
—Un poco.
Marina soltó una risa suave.
Y ese sonido… la sorprendió.
Porque no recordaba la última vez que se sintió así de ligera.
Se dio cuenta tarde.
Demasiado tarde.
—No me mires así —dijo de repente, incómoda.
Mateo frunció ligeramente el ceño.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras analizando algo.
Él negó con la cabeza.
—No lo estoy.
—Entonces deja de hacerlo.
Mateo la observó un segundo más.
Y luego, simplemente, desvió la mirada hacia el mar.
Sin discutir.
Sin insistir.
Y eso… la descolocó otra vez.
Porque estaba acostumbrada a tener que defenderse.
A tener que explicarse.
Pero con él… no pasaba.
El silencio volvió.
Pero esta vez… pesaba un poco más.
No incómodo.
Pero sí cargado.
Marina bajó la mirada hacia sus manos.
Ya no estaban tan tensas.
No como el primer día.
Y eso la hizo darse cuenta de algo.
—Estoy cambiando —murmuró, casi sin darse cuenta.
Mateo no respondió de inmediato.
Pero la miró.
—Un poco —añadió ella, como si necesitara aclararlo.
—Un poco es suficiente —dijo él.
Marina levantó la vista.
Sus miradas se encontraron.
Y esta vez… no apartó la suya.
No de inmediato.
Había algo ahí.
No sabía qué.
Pero lo sentía.
Una especie de pausa.
Como si el mundo alrededor se hubiera quedado en segundo plano.
El sonido del mar seguía.
El viento también.
Pero todo se sentía más… lejano.
Mateo dio un paso más cerca.
No demasiado.
Pero lo suficiente para que Marina lo notara.
Para que su respiración cambiara.
—No tienes que hacerlo todo de una vez —dijo él, más bajo esta vez.
Marina tragó saliva.
—No lo estoy haciendo.
—Lo sé.
Otro paso.
Pequeño.
Pero real.
El espacio entre ellos se redujo.
No era invasivo.
Pero ya no era distancia.
Marina sintió el impulso de retroceder.
Pero no lo hizo.
Se quedó.
Ahí.
Sintiendo.
—Esto es raro —admitió.
—Un poco.
—No debería sentirse así.
Mateo inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Así cómo?
Marina dudó.
Buscó la palabra.
Pero no la encontró.
Porque no era una sola.
Era una mezcla.
Nervios.
Calma.
Curiosidad.
Algo más.
Algo que no quería nombrar.
—Diferente —dijo al final.
Mateo asintió.
Como si entendiera.
—No todo lo diferente es malo.
Marina lo miró.
Y por primera vez… no pensó en irse.
El viento pasó entre ellos otra vez.
Pero esta vez no se sintió como una barrera.
Sino como algo que los rodeaba.
El mar avanzó.
El agua subió un poco más.
Y Marina no se movió.
—No pasó nada —murmuró otra vez.
Mateo sonrió apenas.
—Otra vez.
Ella bajó la mirada.
Y luego la levantó.
Directo hacia él.
—No me acostumbro a esto —dijo.
—No tienes que hacerlo.
Silencio.
Pero no vacío.
Lleno.
Marina dio un paso más.
No hacia el mar.
Hacia él.
Fue pequeño.
Casi imperceptible.
Pero suficiente.
Mateo no se movió.
No avanzó.
No retrocedió.
Solo… se quedó.
Y eso hizo que todo fuera más intenso.
Más real.
Las miradas se sostuvieron.
Un segundo más.
Dos.
Demasiado.
Marina sintió algo en el pecho.
Rápido.
Inquieto.
Y entonces… rompió el momento.
Apartó la mirada.
Respiró hondo.
—Tengo que irme —dijo de repente.
Mateo no la detuvo.
—Vale.
Sin preguntas.
Sin insistencia.
Como siempre.
Marina asintió, sin mirarlo.
Dio un paso atrás.