Marina no pensaba volver ese día.
Se lo dijo al despertarse, con la voz todavía dormida y el cuerpo pesado.
Se lo repitió mientras buscaba algo que ponerse, evitando mirarse demasiado en el espejo.
Se lo aseguró cuando salió del lugar donde se estaba quedando, convencida de que tomaría otro camino.
—Hoy no —murmuró, casi como una promesa.
Pero sus pasos… no le hicieron caso.
El trayecto hacia la playa ya no era nuevo. Reconocía los giros, las paredes claras, el olor a sal que empezaba a sentirse incluso antes de ver el mar.
Y eso la incomodaba más de lo que quería admitir.
Porque significaba algo.
Y ella no estaba lista para ponerle nombre.
Cuando el horizonte azul apareció frente a ella, se detuvo.
No por el mar.
No esta vez.
Sino por lo que sabía que iba a encontrar.
—Solo un rato —se dijo—. Nada más.
Pero ni siquiera estaba segura de a quién intentaba convencer.
Bajó hacia la arena.
El viento la recibió de inmediato, moviendo su cabello, tocando su piel con esa insistencia que ya empezaba a sentirse… familiar.
Había más gente que los días anteriores.
No demasiada.
Pero suficiente para que la incomodidad volviera.
Aun así, no se fue.
Porque sus ojos ya estaban buscando.
Y cuando lo vio… todo lo demás dejó de importar por un segundo.
Mateo estaba cerca de la orilla.
Como siempre.
Como si ese lugar lo definiera.
O como si él definiera ese lugar.
Marina apretó los labios.
—Esto no está bien —susurró.
Porque ya no era casualidad.
Ya no era solo la playa.
Era él.
Y eso… lo cambiaba todo.
Aun así, avanzó.
Despacio.
Con esa mezcla incómoda de querer acercarse… y querer desaparecer.
Cuando estuvo a unos metros, se detuvo.
El mar rompía con más fuerza esa mañana.
O tal vez era su cabeza.
—Hoy tardaste más.
La voz de Mateo llegó sin sorpresa.
Como si ya supiera que iba a estar ahí.
Marina cruzó los brazos, pero no con la rigidez de antes.
—No iba a venir.
—Pero viniste.
—Sí.
Silencio.
No incómodo.
Pero sí cargado.
El viento pasó entre ellos, levantando la tela de su ropa. Esta vez, Marina lo notó… y no se cubrió.
Eso ya era algo.
—No me gusta esto —dijo de repente.
Mateo giró apenas la cabeza hacia ella.
—¿Qué cosa?
Marina hizo un gesto vago con la mano, como si pudiera señalar algo que no entendía.
—Esto… venir aquí… verte… quedarme…
Se detuvo.
Porque decirlo en voz alta lo hacía más real.
Mateo no la interrumpió.
Esperó.
—No sé lo que estoy haciendo —añadió finalmente.
Mateo asintió, como si eso tuviera sentido.
—No tienes que saberlo.
Marina soltó una risa corta.
—Siempre dices eso.
—Porque es verdad.
Ella negó con la cabeza.
—No todo puede ser tan… simple.
—No lo es —respondió él—. Solo no tiene que ser complicado desde el principio.
Marina bajó la mirada.
Sus manos estaban inquietas otra vez.
Pero no era el mismo nervio del primer día.
Era distinto.
Más profundo.
Más difícil de ignorar.
—No me gusta sentirme así —admitió.
—¿Así cómo?
Marina levantó la vista.
Lo miró de verdad.
—Como si algo estuviera cambiando… y no pudiera detenerlo.
El silencio cayó entre ellos.
El sonido del mar llenó el espacio.
Mateo dio un paso más cerca.
No demasiado.
Pero suficiente.
—Está cambiando —dijo.
No como una opinión.
Como un hecho.
Marina tragó saliva.
—No sé si quiero eso.
—No tienes que decidirlo hoy.
Ella lo miró.
Su corazón empezó a latir más rápido.
Otra vez.
Pero más fuerte que antes.
—No me acostumbro a esto —murmuró.
—No tienes que hacerlo.
Otro paso.
Pequeño.
El espacio entre ellos se redujo.
Marina sintió el impulso de retroceder.
Pero no lo hizo.
Se quedó.
Y eso… fue lo que más miedo le dio.
El viento pasó entre ellos otra vez.
Pero ahora no parecía separarlos.
Parecía envolverlos.
—Mateo… —dijo, sin darse cuenta.
Él la miró.
Más atento.
Más presente.
—¿Sí?
Marina no sabía qué decir.
No sabía cómo explicar lo que estaba pasando dentro de ella.
Porque no era una sola cosa.
Era todo a la vez.
Sus manos se movieron sin permiso.
Un gesto mínimo.
Inconsciente.
Rozaron la mano de Mateo.
Fue apenas un contacto.
Ligero.
Pero suficiente.
El tiempo pareció detenerse.
El sonido del mar se volvió más lejano.
La respiración de Marina cambió.
Más lenta.
Más consciente.
Mateo no se movió.
No se apartó.
Pero tampoco avanzó.
Como si supiera que ese momento… era de ella.
Marina bajó la mirada.
Sus dedos seguían cerca de los suyos.
Y por un segundo más… no se apartó.
Ese segundo se sintió eterno.
Real.
Demasiado real.
Y entonces… reaccionó.
Se apartó de golpe.
Como si hubiera tocado algo que no debía.
—Lo siento —dijo rápido.
Demasiado rápido.
Mateo negó con la cabeza.
—No tienes que disculparte.
Pero Marina ya estaba retrocediendo.
Un paso.
Luego otro.
—Sí tengo.
—No.
—Esto no está bien —insistió.
Mateo la miró, ahora con un poco más de atención.
—¿Qué es lo que no está bien?
Marina negó con la cabeza.
—No lo sé… pero no debería sentirse así.
—¿Así cómo?
Ella lo miró.
Y esta vez… no pudo ocultarlo.
—Como si no quisiera irme.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
Real.
Mateo no respondió.
Porque no hacía falta.
Marina respiró hondo.
Intentando recuperar el control.