Donde rompen las olas

CAPÍTULO 5 — La costumbre de huir

Marina no volvió a la playa al día siguiente.

Ni al otro.

Y se odiaba un poco por eso.

Porque sabía exactamente por qué estaba evitando regresar.

No era el lugar.

No era la gente.

No era siquiera esa incomodidad constante que había sentido el primer día.

Era Mateo.

O peor.

Era cómo se sentía cuando estaba cerca de él.

El apartamento donde se estaba quedando parecía más pequeño desde hacía dos días. El ventilador del techo giraba lento, empujando aire caliente de un lado a otro mientras Marina caminaba descalza de la cocina a la sala sin encontrar realmente nada que hacer.

Intentó leer.

No pudo.

Intentó ver una serie.

Terminó mirando el mismo minuto tres veces.

Intentó dormir una siesta.

Y lo único que encontró fue el recuerdo de aquella tarde.

Su mano rozando la de Mateo.

Ese silencio extraño entre ellos.

La forma en que él no se apartó.

La forma en que ella sí lo hizo.

—Ridícula —murmuró, dejándose caer en el sofá.

Se cubrió el rostro con ambas manos.

No entendía por qué estaba reaccionando así.

Ni siquiera lo conocía realmente.

No sabía casi nada de él.

Y aun así…

Suspiró con fuerza.

Porque el problema no era Mateo.

Era lo que despertaba en ella.

La hacía sentirse vista.

Y eso daba miedo.

Mucho más miedo del que había sentido al llegar a aquella playa por primera vez.

Se levantó de golpe.

Necesitaba aire.

Salió del apartamento sin pensar demasiado, caminando por las calles cálidas de la costa española mientras el sol comenzaba a caer lentamente.

Había gente por todas partes.

Turistas.

Parejas.

Familias.

Risas.

Pero ella se sentía completamente fuera de lugar.

Como si todos supieran algo que ella todavía estaba intentando entender.

Terminó entrando a una pequeña cafetería cerca del paseo marítimo.

El lugar olía a café recién hecho y pan dulce.

Mucho más seguro que el mar.

Mucho más fácil.

Pidió algo rápido y se sentó junto a la ventana.

Y por primera vez en dos días… dejó de pensar un poco.

Hasta que escuchó una voz detrás de ella.

—La chica de la playa.

Marina levantó la vista de inmediato.

Era la misma chica que había hablado con ella el primer día.

La de la sonrisa tranquila.

La de la toalla azul.

—Vaya… —murmuró Marina—. Definitivamente ya soy famosa.

La chica soltó una risa y se sentó frente a ella sin pedir permiso.

—No famosa. Solo fácil de recordar.

—Eso no me tranquiliza.

—Soy Lucía, por cierto.

—Marina.

—Sí, eso ya lo sabía.

Marina la miró con sospecha.

Lucía sonrió.

—Relájate. No es raro saber el nombre de alguien cuando pasa tres días seguidos mirando el mar como si estuviera enfrentando una crisis existencial.

Marina soltó una risa involuntaria.

La primera genuina en días.

—¿Tan mal me veía?

—Peor.

—Gracias.

—De nada.

El silencio entre ambas no fue incómodo.

Lucía tenía esa clase de energía ligera que hacía sentir fácil hablar con ella.

Y Marina no estaba acostumbrada a eso.

—No volviste —comentó Lucía después de unos segundos.

Marina bajó la mirada hacia su taza.

—Necesitaba pensar.

—Mala idea.

Ella alzó una ceja.

—¿Pensar?

—Pensar demasiado.

Marina soltó aire por la nariz, divertida a pesar de sí misma.

—¿Todos ustedes hablan como frases motivacionales o qué?

Lucía rio.

—Solo los que pasan mucho tiempo cerca del mar.

Marina movió la cabeza, negando.

Pero una pequeña sonrisa apareció en sus labios otra vez.

Y entonces llegó la pregunta que no quería escuchar.

—¿Fue por el chico?

La sonrisa desapareció al instante.

—¿Qué chico?

Lucía le sostuvo la mirada.

—El chico.

Marina fingió no entender.

—No sé de qué hablas.

—Claro.

—No hablo con desconocidos.

Lucía soltó una carcajada.

—Entonces lamento informarte que sí hablaste con él.

Marina apretó los labios.

Porque técnicamente… era cierto.

Y eso la hizo sentir extrañamente nerviosa.

—No es eso —murmuró.

—Entonces, ¿qué es?

Marina tardó demasiado en responder.

Porque no tenía una respuesta clara.

—No me gusta sentir que estoy perdiendo el control —admitió al final.

Lucía la observó un momento más serio esta vez.

—¿Y quién dijo que siempre tienes que tenerlo?

La pregunta quedó flotando entre ellas.

Incómoda.

Directa.

Marina desvió la mirada hacia la ventana.

El mar podía verse a lo lejos, moviéndose bajo la luz naranja del atardecer.

Constante.

Libre.

Y otra vez sintió esa presión extraña en el pecho.

—No me gusta cómo me hace sentir —susurró.

Lucía no preguntó quién.

No hacía falta.

—Entonces deja de ir.

Marina frunció ligeramente el ceño.

—¿Así de fácil?

—No —respondió Lucía—. Pero a veces alejarte también es una respuesta.

Marina bajó la mirada.

Y por primera vez desde que había llegado a España… sintió miedo de una forma distinta.

No miedo al juicio.

No miedo a su cuerpo.

Miedo a quedarse.

Porque quedarse significaba sentir.

Y sentir empezaba a ser demasiado.

Mientras tanto, a varios metros de ahí, Mateo caminaba por la orilla como los últimos días.

El viento golpeaba suave.

Las olas rompían igual que siempre.

Pero algo era distinto.

O alguien faltaba.

Miró alrededor otra vez, aunque sabía que era inútil.

Marina no estaba.

Y no entendía por qué eso le molestaba tanto.

Se detuvo cerca del agua, metiendo las manos en los bolsillos.

No la conocía realmente.

Apenas habían hablado unos días.

Pero había algo en ella…




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