Donde rompen las olas

CAPÍTULO 6 — Volver

Marina volvió.

Y se dio cuenta incluso antes de llegar.

Se dio cuenta cuando eligió la misma ropa cómoda de siempre.

Cuando tomó el camino que ya conocía demasiado bien.

Cuando dejó el café a la mitad porque tenía la cabeza en otro lugar.

Volvió.

Y eso la molestaba.

Porque había pasado dos días evitándolo.

Dos días diciéndose que necesitaba espacio.

Dos días intentando convencerse de que aquello no significaba nada.

Pero aquí estaba.

Otra vez.

Frente al mar.

El viento golpeó suavemente su rostro apenas llegó a la playa.

Todo estaba igual.

Las olas.

La arena.

La gente.

Y aun así…

Todo se sentía distinto.

O tal vez era ella.

Respiró profundo.

—No estoy aquí por él —murmuró.

—Hablas sola.

Marina dio un pequeño salto del susto.

Giró rápido.

Lucía.

Con una sonrisa demasiado tranquila para alguien que aparecía de la nada.

—¿Tú intentas matarme de un infarto o viene natural? —preguntó Marina.

—Natural.

—Lo imaginé.

Lucía caminó a su lado.

—¿Volviste?

—Estoy aquí, ¿no?

—Interesante.

—No empieces.

—Ni siquiera dije nada.

—Pero lo estabas pensando.

—Sí.

Marina soltó aire.

—Eres insoportable.

—Y tú estás nerviosa.

—No.

—Sí.

—No.

—Muchísimo.

—Lucía.

—Marina.

—Voy a irme.

—No lo vas a hacer.

Marina la miró.

Y la peor parte era que probablemente tenía razón.

—No entiendo cómo puedes saber tantas cosas —murmuró.

—Porque tú crees que escondes mucho más de lo que escondes.

Eso la dejó callada.

Porque últimamente demasiada gente parecía verla más de lo que le gustaba.

—Bueno —dijo Lucía—. Te dejo.

—¿Así de fácil?

—Sí.

—¿No vas a molestar más?

—No.

—Eso da miedo.

—Disfruta tu crisis emocional.

—Lucía.

—Adiós.

Y se fue.

Simplemente se fue.

Marina negó con la cabeza.

—Necesito mejores personas alrededor.

—No parece.

La voz hizo que se quedara completamente quieta.

No.

No.

No.

Cerró los ojos apenas un segundo.

Porque reconocería esa voz incluso aunque no quisiera.

Y eso…

Eso era un problema.

Giró lentamente.

Mateo.

Ahí.

Frente a ella.

Con las manos en los bolsillos.

Y esa calma insoportable de siempre.

—Hola —dijo él.

Demasiado tranquilo.

Demasiado normal.

Como si ella no hubiera desaparecido dos días.

—Hola —respondió Marina.

Y odió que su voz sonara distinta.

—Volviste.

—Sí.

—Pensé que no lo harías.

Marina cruzó los brazos.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Mentirosa.

Él levantó una ceja.

—¿Perdón?

—Eso iba para mí.

—Ah.

Silencio.

Otra vez.

Y peor.

Porque ahora sí lo estaba sintiendo.

Más que antes.

Mucho más.

—No viniste —dijo Mateo.

No sonó como reclamo.

Eso lo hacía peor.

—Necesitaba pensar.

—¿Y funcionó?

—No.

—Lo imaginé.

Marina soltó aire.

—¿Todos aquí tienen un acuerdo secreto para decir exactamente lo que necesito escuchar?

—No.

—Mientes muy mal.

—No estoy mintiendo.

—Eso lo empeora.

Por primera vez…

Mateo sonrió.

Y algo dentro de Marina hizo algo extraño.

Algo incómodo.

Algo peligroso.

Porque no era una sonrisa enorme.

Ni perfecta.

Era pequeña.

Real.

Y eso la golpeó peor.

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada.

—Me estabas mirando.

—No.

—Sí.

—No.

—Muchísimo.

Marina abrió un poco los ojos.

—¿Ahora tú también?

—¿También?

—Olvídalo.

Mateo soltó una pequeña risa.

Y Marina decidió oficialmente que eso era un problema.

Uno muy grande.

—No entiendo cómo puedes estar tan tranquilo siempre —dijo.

—No lo estoy.

—No te creo.

—No tienes que hacerlo.

—Odio cuando dices eso.

—Lo sé.

—No sabes nada.

—Sé algunas cosas.

—¿Como cuáles?

Él la miró.

Y algo cambió.

Solo un poco.

Pero lo suficiente.

—Sé que piensas demasiado.

Marina bajó la mirada.

—Sé que intentas controlar todo.

Silencio.

—Sé que te vas cuando algo empieza a importarte.

El aire se sintió más pesado.

Más difícil.

—No sabes de qué hablas.

—Puede ser.

Pero la duda ya estaba ahí.

Y ella la odiaba.

Porque una parte de ella…

Sabía que tenía razón.

—No vine para esto —dijo.

—¿Para qué viniste?

Marina abrió la boca.

Y la volvió a cerrar.

Porque no sabía.

Porque esa era la verdad.

Mateo la observó unos segundos.

Sin presión.

Sin insistir.

Como siempre.

—Ven —dijo finalmente.

—¿Qué?

—Camina conmigo.

—¿Por qué?

—Porque llevas cinco minutos peleando contigo misma.

—No estoy—

—Sí estás.

—Mateo.

—Marina.

—Eso ya lo hice yo.

—Lo sé.

Lo miró.

Él la miró.

Y otra vez…

Esa sensación.

Como si algo dentro de ella estuviera cambiando.

Y no pudiera detenerlo.

—Cinco minutos —dijo finalmente.

—Cinco minutos.

Caminaron cerca de la orilla.

Sin tocarse.

Sin hablar demasiado.

Solo caminando.

Y por alguna razón…

Eso se sintió más íntimo que cualquier otra cosa.

El viento sopló.

Las olas llegaron.

Y Marina entendió algo que no quería entender.

Había dejado de volver solo por la playa.

Y eso…

Lo complicaba todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.