Marina intentó convencerse de que aquella caminata no había significado nada.
Lo intentó durante toda la noche.
Y también a la mañana siguiente.
Pero había un problema.
Su cabeza insistía en volver ahí.
A la orilla.
Al sonido del mar.
A la conversación.
A Mateo.
Y eso empezaba a cansarla.
—Esto es absurdo —murmuró mientras revolvía el café frente a ella.
Llevaba casi dos minutos haciendo lo mismo.
Sin beberlo.
Sin siquiera darse cuenta.
—Te vas a abrir un agujero en la taza.
Marina levantó la vista.
Lucía.
Otra vez.
—Empiezo a pensar que me persigues.
—Empiezo a pensar que tú necesitas supervisión emocional.
—No necesito supervisión.
—Claro.
Lucía se sentó frente a ella.
Como si fuera completamente normal aparecer así.
Como si Marina no estuviera a un paso de volverse loca.
—No voy a hablar de él —dijo Marina directamente.
—No pregunté.
—Pero lo ibas a hacer.
—Sí.
Marina dejó caer la cuchara sobre el plato.
—No entiendo qué me pasa.
Lucía se quedó en silencio.
Esperando.
Y eso era lo peor.
Porque cuando alguien esperaba… Marina terminaba hablando.
—No lo conozco —continuó—. Literalmente no sé casi nada de él.
—Ajá.
—Y no entiendo por qué…
Se quedó callada.
Lucía la miró.
—¿Por qué qué?
—Nada.
—Marina.
—Nada.
—Marina.
—No me gusta pensar en alguien tanto.
Lucía sonrió.
—Ah.
—No hagas esa cara.
—¿Cuál?
—Esa.
—No estoy haciendo ninguna cara.
—Sí la estás haciendo.
—No.
—Lucía.
—Marina.
—Te odio.
—No.
Y por primera vez en días…
Marina soltó una risa de verdad.
Ligera.
Real.
—Eso da miedo —comentó Lucía.
—¿Qué?
—Que te estés riendo más.
Marina bajó la mirada.
Porque había notado lo mismo.
Y no sabía qué hacer con eso.
Esa tarde volvió a la playa.
Porque últimamente parecía que terminaba ahí incluso cuando intentaba ir a cualquier otro lugar.
El viento estaba más fuerte.
El cielo ligeramente nublado.
Las olas golpeaban con más fuerza.
Y aun así…
Había algo tranquilo en todo eso.
Algo que empezaba a sentirse familiar.
—Definitivamente necesito terapia —murmuró.
—Eso sonó preocupante.
Marina se quedó quieta.
No.
No.
No otra vez.
Giró lentamente.
Mateo.
Por supuesto.
—¿Tú apareces de la nada ahora? —preguntó.
—Tú hablas sola ahora.
—No hablo sola.
—Te acabo de escuchar.
—No cuenta.
—Cuenta bastante.
Marina cruzó los brazos.
Y él la miró.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada.
—Mateo.
—Marina.
—¿Por qué haces eso?
—¿Qué cosa?
—Repetirme el nombre.
—No lo sé.
—Pues deja de hacerlo.
—Vale.
Silencio.
Y otra vez…
Ese silencio raro.
Ese que no incomodaba.
Pero tampoco dejaba respirar normal.
—¿Hoy no huiste? —preguntó Mateo.
—No huyo.
—Claro.
—No huyo.
—Vale.
—¿Por qué siento que no me crees?
—Porque no te creo.
—Qué agradable eres.
—Gracias.
—Era sarcasmo.
—Lo sé.
Marina soltó aire.
—Eres imposible.
—Y tú complicada.
—No soy complicada.
—Marina.
—Mateo.
Él sonrió.
Y ahí estaba otra vez.
Ese problema.
Ese enorme problema.
Porque cuando sonreía…
Todo se volvía un poco más difícil.
—No hagas eso —dijo ella.
—¿Qué cosa?
—Eso.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes.
Mateo la observó unos segundos.
—Estás nerviosa.
—No.
—Sí.
—No.
—Muchísimo.
—Voy a empujarte al mar.
—No lo harías.
—Pruébame.
—No eres capaz.
—Mateo.
—Marina.
—De verdad.
—Vale.
Pero seguía sonriendo.
Y eso lo empeoraba.
—Te ves distinta hoy —dijo él después de unos segundos.
Marina levantó la vista.
—¿Distinta cómo?
—Más tranquila.
Ella bajó un poco la mirada.
—No lo estoy.
—Un poco sí.
—No me gusta cuando crees que sabes cosas.
—No creo.
—Eso empeora todo.
El viento pasó entre ellos.
Las olas llegaron más cerca.
Y Marina respiró profundo.
—Antes… —dijo ella— me daba miedo todo esto.
Mateo la miró.
Esperando.
—Todavía me da miedo.
—Lo sé.
—Pero ya no igual.
El silencio cayó entre ellos.
Más suave.
Más sincero.
—Eso es bueno —dijo él.
—No estoy segura.
—Yo sí.
Marina bajó la mirada.
Porque algo dentro de ella…
Quería creerle.
Caminaron cerca de la orilla.
Otra vez.
Sin prisa.
Sin necesidad de llenar cada espacio con palabras.
Y en un momento…
Sin darse cuenta…
Sus manos se rozaron.
Solo un instante.
Pero suficiente.
Marina sintió el golpe inmediato en el pecho.
Ese nervio.
Ese calor extraño.
Ese caos.
Y por primera vez…
No apartó la mano enseguida.
Solo un segundo.
Dos.
Hasta que volvió a reaccionar.
—Lo siento —dijo rápido.
Mateo la miró.
—Otra vez estás pidiendo perdón.
Ella bajó la mirada.
—Es costumbre.
—Deberías dejar esa costumbre.
Marina tragó saliva.
Porque algo en la forma en que lo dijo…
Se quedó con ella.
Mucho después.
Incluso cuando el sol empezó a caer.
Incluso cuando tuvo que irse.
Incluso cuando volvió a mirarlo antes de marcharse.
Y por primera vez…
No sintió miedo de quedarse.
Sintió miedo de que algo terminara antes de empezar.