Donde rompen las olas

CAPÍTULO 8 — Lo que cambia en silencio

El sonido de las olas ya no se sentía extraño.

Y eso empezaba a asustarla.

Marina caminaba despacio por la orilla mientras el viento movía suavemente su cabello. El cielo estaba despejado esa tarde. Había más personas que otros días, más risas, más voces mezclándose con el mar.

Pero ella apenas lo notaba.

Porque llevaba diez minutos intentando convencerse de algo.

Y perdiendo la discusión.

—No pasa nada —murmuró.

Siguió caminando.

—No está pasando nada.

Otra vez.

—Absolutamente nada.

—Hablas mucho sola.

Marina cerró los ojos.

No necesitaba girarse.

Ya sabía.

—Empiezo a creer que tú apareces cuando me estoy humillando —dijo ella.

—Mala suerte la mía.

Giró lentamente.

Mateo.

Como siempre.

Con esa tranquilidad desesperante.

—¿No tienes algo más que hacer? —preguntó Marina.

—Sí.

—¿Y?

—Estoy haciéndolo.

—Eres insoportable.

—Tú vuelves todos los días.

—Yo vengo por la playa.

—Claro.

—¿Qué significa ese claro?

—Nada.

—Mateo.

—Marina.

—Te estoy hablando en serio.

—Yo también.

Ella soltó aire.

—No entiendo por qué hablas así.

—¿Así cómo?

—Como si supieras cosas.

—No sé cosas.

—Sí sabes.

—No tantas.

—Las suficientes para molestarme.

—Eso sí.

Marina negó con la cabeza.

Pero algo dentro de ella ya no reaccionaba igual.

Antes se tensaba.

Ahora…

Ahora solo sentía algo parecido a calma.

Y eso era peligroso.

Muy peligroso.

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada.

—Me estabas mirando.

—No.

—Sí.

—No.

—Muchísimo.

—Voy a ignorarte.

—Vale.

—No me mires.

—No te estoy mirando.

—Sí me estás mirando.

—Ahora sí.

—Mateo.

—Marina.

—Eres terrible.

—Lo sé.

Y ahí estaba otra vez.

Esa sonrisa.

Pequeña.

Tranquila.

Y completamente injusta.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Eso.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

Él no respondió.

Y eso casi era peor.

Caminaron algunos metros más.

Las olas rozaban sus pies de vez en cuando.

Marina notó algo extraño.

Ya no estaba pensando tanto.

Ya no estaba analizando cada movimiento.

Cada palabra.

Cada respiración.

Simplemente estaba ahí.

Y eso…

Eso era nuevo.

—¿En qué piensas? —preguntó Mateo.

—En nada.

—Mientes.

—No miento.

—Sí.

—¿Cómo sabes?

—Porque llevas cinco segundos mirando el mar como si fueras a descubrir el sentido de la vida.

—No estaba haciendo eso.

—Claro.

Marina bajó la mirada.

—Antes pensaba demasiado.

—Todavía lo haces.

—Gracias por tu apoyo emocional.

—De nada.

—Era sarcasmo.

—Lo sé.

Ella soltó una pequeña risa.

Y esta vez no intentó esconderla.

—Eso es nuevo —dijo Mateo.

—¿Qué cosa?

—Te ríes más.

Marina sintió algo extraño en el pecho.

Algo suave.

Pero fuerte.

—No.

—Sí.

—No tanto.

—Mucho más.

Bajó la mirada.

Porque no quería hablar de eso.

Porque si hablaba…

Se volvía real.

Y no estaba segura de querer eso.

Todavía.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó ella.

—¿Qué?

—Que antes pensaba que venir aquí iba a ser imposible.

—¿Y ahora?

Marina miró el mar.

Las olas.

La arena.

La libertad que antes le parecía tan lejana.

—Ahora siento que no quiero irme.

El silencio llegó suave entre ellos.

Mateo no respondió enseguida.

Y eso ya empezaba a sentirse normal.

—Eso no suena mal —dijo finalmente.

—Da miedo.

—¿Por qué?

—Porque las cosas cambian.

—Sí.

—Y no siempre para bien.

Mateo la observó unos segundos.

—No siempre para mal tampoco.

Marina tragó saliva.

Porque algo dentro de ella quería creerle.

Y eso daba aún más miedo.

Caminaron un poco más.

Más cerca del agua.

Más cerca el uno del otro.

Y por primera vez…

No se dio cuenta.

No hasta que el viento sopló más fuerte.

No hasta que una ola más grande llegó rápido.

—¡Marina! —dijo Mateo.

Demasiado tarde.

El agua golpeó sus piernas con fuerza.

Ella perdió estabilidad.

—¡Espera!

Intentó afirmarse.

No pudo.

Y entonces—

Sintió una mano sujetando la suya.

Firme.

Rápida.

Segura.

Todo pasó en segundos.

Pero para ella…

Pareció mucho más.

—Te tengo —escuchó decirlo.

Y algo dentro de ella se quedó completamente quieto.

El viento.

Las olas.

El ruido.

Todo desapareció.

Porque lo único que sentía…

Era su mano.

La forma en que la sostenía.

Como si supiera exactamente cuánto apretar.

Sin hacer daño.

Sin soltar.

—Estoy bien —dijo ella rápido.

Demasiado rápido.

Mateo todavía no la soltaba.

—Sí —respondió él—. Ya vi.

Pero tampoco la soltó.

Y ella…

Tampoco se movió.

—Mateo…

—¿Sí?

—Creo que ya puedo quedarme sola.

—Creo que sí.

Pero seguía ahí.

Y el problema…

Era que Marina ya no estaba segura de querer que se fuera.

Cuando finalmente soltó su mano…

Sintió el vacío inmediato.

Pequeño.

Ridículo.

Pero real.

Y eso…

Eso sí empezó a preocuparla.

Porque estaba cambiando.

Y esta vez…

Ya no estaba segura de querer detenerlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.