Donde rompen las olas

CAPÍTULO 9 — Lo que ya no puedes ignorar

Marina llevaba exactamente treinta y siete minutos intentando leer la misma página.

Treinta y siete.

Y no había entendido absolutamente nada.

—Perfecto —murmuró, dejando caer el libro sobre la cama—. Increíble.

Se dejó caer hacia atrás.

Mirando el techo.

Otra vez.

Últimamente hacía mucho eso.

Pensar.

Pensar demasiado.

Pensar más de la cuenta.

Y últimamente…

Todo terminaba exactamente en el mismo lugar.

—No.

Cerró los ojos.

—No vamos a hacer esto otra vez.

Pero su cabeza no parecía estar de acuerdo.

Porque ahí estaba.

Otra vez.

La playa.

Las conversaciones.

Las caminatas.

Y aquella tarde.

Aquella maldita tarde.

—Te tengo.

—No.

Se cubrió la cara con ambas manos.

—No pienso en eso.

Mentira.

Pensaba en eso.

Pensaba demasiado.

Y eso empezaba a desesperarla.

Golpearon la puerta.

—Marina.

Lucía.

Por supuesto.

—Está abierto.

Lucía entró con dos cafés en la mano.

—Traje ayuda psicológica.

—¿Cafeína?

—Es lo más cerca que puedo ofrecer.

Marina se sentó lentamente.

—No necesito ayuda.

—Claro.

—Lo digo en serio.

—Y yo digo que llevas cara de crisis emocional desde hace tres días.

—No llevo—

—Sí llevas.

Marina tomó el café.

—Te odio.

—No.

—Muchísimo.

—Tampoco.

Silencio.

Lucía la observó.

Demasiado.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Pero vas a decirlo.

—Sí.

—Lucía.

—Marina.

—No.

—Marina.

—No.

—Mar—

—¡¿Qué?!

Lucía levantó ambas manos.

—¿Qué pasó con Mateo?

Silencio.

Silencio absoluto.

—Nada.

—Mentirosa.

—No pasó nada.

—Precisamente.

Marina la miró.

—No entiendo.

—Ese es el problema.

—No.

—Sí.

Lucía tomó aire.

—Te gusta.

—No.

—Sí.

—No.

—Muchísimo.

—¿Por qué todos hacen eso?

—Porque es divertido.

—No me gusta.

—Mentira.

Marina dejó el café sobre la mesa.

—No me gusta sentirme así.

Lucía bajó un poco el tono.

—¿Así cómo?

Marina tardó unos segundos.

—No sé.

—Sí sabes.

—No.

—Marina.

Ella tragó saliva.

—Como si estuviera perdiendo algo.

—¿Qué cosa?

—Control.

La palabra salió sola.

Pesada.

Real.

Lucía no respondió enseguida.

—No todo tiene que controlarse.

—Sí.

—No.

—Sí.

—No.

—Lucía.

—Marina.

Y las dos terminaron riéndose.

Por primera vez…

La tensión bajó un poco.

Solo un poco.

—¿Sabes qué creo? —preguntó Lucía.

—No.

—Creo que te pasaste tanto tiempo protegiéndote…

Que ahora no sabes qué hacer cuando alguien no quiere hacerte daño.

Marina dejó de moverse.

Porque algo dentro de ella…

Escuchó demasiado bien eso.

Esa tarde volvió a la playa.

Otra vez.

Ya ni siquiera intentaba engañarse.

Volvía.

Y punto.

El viento estaba más fuerte.

Las olas rompían con más intensidad.

Y el cielo comenzaba a teñirse lentamente de naranja.

Lo encontró más rápido de lo normal.

Como si sus ojos ya supieran.

Mateo estaba sentado cerca de la orilla.

Con las piernas ligeramente dobladas.

Mirando el mar.

Como siempre.

Y aun así…

Algo parecía diferente.

Marina caminó hacia él.

Más tranquila.

Más nerviosa.

Todo al mismo tiempo.

—¿Ahora también lees el mar? —preguntó al acercarse.

Mateo levantó la mirada.

Y sonrió apenas.

Ese pequeño gesto injustamente peligroso.

—Depende.

—¿De qué?

—Del día.

—¿Y hoy?

—Hoy está complicado.

Marina se sentó a cierta distancia.

No demasiado cerca.

No demasiado lejos.

—¿Complicado cómo?

—Mucho ruido aquí —dijo señalándose la cabeza.

Ella lo miró.

—Pensé que eras inmune a pensar demasiado.

—Nunca dije eso.

—Parecía.

Mateo bajó un poco la mirada.

—Todos tenemos cosas.

El viento pasó entre ellos.

Por primera vez…

Ella sintió curiosidad.

Real.

No sobre lo que él pensaba de ella.

Sobre él.

—¿Qué cosas? —preguntó.

Mateo tardó en responder.

—No todo hoy.

Marina lo miró.

—Eso fue muy misterioso.

—No era la idea.

—Pues salió así.

—Lo siento.

—Deja de disculparte.

Él la miró.

Y por primera vez…

Soltó una pequeña risa.

—Ahora tú dices eso.

—Aprendo rápido.

—No tanto.

—Mateo.

—Marina.

—Voy a ignorarte.

—Vale.

Silencio.

Pero esta vez…

Era diferente.

Más tranquilo.

Más cómodo.

Más peligroso.

Porque empezaba a sentirse natural.

Y lo natural…

A veces era lo que más miedo daba.

—¿Marina?

—¿Sí?

—¿Por qué volviste?

Ella sintió algo detenerse dentro de ella.

Porque podía mentir.

Decir "por la playa".

Por el mar.

Por las olas.

Pero algo dentro de ella…

Ya estaba cansado de esconderse.

—No lo sé —dijo bajito.

Mateo la observó unos segundos.

Y simplemente asintió.

Como si entendiera.

Como si no necesitara más.

Y eso…

Eso lo hacía peor.

Porque empezaba a sentirse cómoda.

Y Marina todavía no sabía qué hacer con eso.

El sol empezó a bajar lentamente.

Tiñendo el cielo de tonos naranjas.

Dorados.

Suaves.

El viento pasó entre ellos otra vez.

Y por primera vez…

El silencio no se sintió vacío.

Se sintió lleno.

Como si algo estuviera creciendo.

Despacio.

Sin prisa.

Como las olas.

Como ellos.




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