Donde rompen las olas

CAPÍTULO 10 — La marea cambia

El día amaneció gris.

No era una tormenta.

Ni siquiera parecía que fuera a llover.

Pero las nubes cubrían gran parte del cielo, y el mar había perdido ese brillo azul que tanto le gustaba a Marina.

Aun así, fue a la playa.

Como siempre.

Y cuando se dio cuenta de que había pensado como siempre, se quedó quieta unos segundos.

Porque ya no era una visita ocasional.

Ya no era un desafío.

Ya no era una prueba.

La playa empezaba a sentirse como un lugar al que pertenecía.

Y eso la sorprendía.

Todavía.

Caminó por la arena húmeda observando las olas.

La marea estaba más alta.

El viento más fuerte.

Había menos gente.

Y por primera vez desde que llegó, no se sintió observada.

Ni siquiera un poco.

Respiró hondo.

El aire salado llenó sus pulmones.

Y sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Pero sincera.

—Eso es nuevo.

La voz la hizo girarse.

Mateo.

Por supuesto.

Marina levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

—La sonrisa.

Ella intentó ocultarla.

Demasiado tarde.

—No estaba sonriendo.

—Claro.

—No estaba sonriendo.

—Lo que tú digas.

—Me caes mal.

—Mentira.

—Un poco.

—Tampoco.

Marina soltó una risa.

Y él sonrió.

Era increíble cómo algo tan simple podía alterar el ritmo de su corazón.

Y también era injusto.

Muy injusto.

—¿Sabes? —dijo ella mientras comenzaban a caminar—. Estoy empezando a creer que siempre tienes una respuesta para todo.

—No es verdad.

—Sí lo es.

—No.

—Sí.

—No.

—Mateo.

—Marina.

Ella negó con la cabeza.

—Hablar contigo es agotador.

—Y aun así sigues haciéndolo.

La observó apenas un segundo.

Y eso fue suficiente.

Porque tenía razón.

Y los dos lo sabían.

Continuaron caminando cerca del agua.

Las olas llegaban hasta sus pies y luego retrocedían.

Una y otra vez.

Como si el mar respirara.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Marina después de unos minutos.

Mateo la miró.

—Depende.

—¿De qué?

—De la pregunta.

—Eso no ayuda.

—Lo sé.

Ella rodó los ojos.

—¿Por qué vienes aquí?

Por primera vez en mucho tiempo, Mateo tardó en responder.

El viento pasó entre ellos.

Las olas siguieron rompiendo.

Y él mantuvo la vista fija en el horizonte.

—Porque aquí nadie me pide que sea otra persona.

Marina sintió algo moverse dentro de ella.

Porque entendía exactamente a qué se refería.

Más de lo que quería admitir.

—¿Y te lo piden fuera de aquí?

Mateo bajó ligeramente la mirada.

—A veces.

Ella esperó.

Pero él no añadió nada más.

Y por alguna razón...

No insistió.

Había aprendido que algunas personas hablaban cuando estaban listas.

Y Mateo parecía ser una de ellas.

Siguieron caminando.

En silencio.

Pero ya no era extraño.

Ya no necesitaban llenar cada espacio con palabras.

Y aquello...

Aquello también era nuevo para Marina.

—Lucía cree que pienso demasiado.

Mateo soltó una pequeña risa.

—Lucía tiene razón.

—Gracias por tu apoyo.

—Siempre.

—Era sarcasmo.

—Lo sé.

Marina sonrió.

Otra vez.

Y esta vez no intentó esconderlo.

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que antes pensaba que nunca encajaría aquí.

Mateo la observó.

—¿Y ahora?

Marina miró el mar.

Las personas.

La arena.

Todo.

—Ahora siento que por primera vez no tengo que hacerlo.

El silencio que siguió fue distinto.

Más profundo.

Más importante.

Mateo la miró unos segundos.

Y algo cambió en su expresión.

Algo suave.

Algo sincero.

—Eso es porque nadie debería pasar la vida intentando encajar en todas partes.

Marina bajó la vista.

Porque aquellas palabras encontraron un lugar dentro de ella.

Uno que llevaba años vacío.

El viento se hizo más fuerte.

Una ráfaga levantó parte de la arena y obligó a Marina a cubrirse los ojos.

—Genial —murmuró.

—¿Qué pasó?

—Arena.

—Déjame ver.

Marina bajó la mano.

Y antes de darse cuenta, Mateo estaba más cerca.

Mucho más cerca.

Lo suficiente para que pudiera ver los detalles de sus ojos.

Lo suficiente para que su corazón olvidara cómo comportarse.

—No te muevas.

—Eso no ayuda.

—Un segundo.

Marina intentó quedarse quieta.

Intentó respirar normalmente.

Intentó actuar como una persona funcional.

Fracasó en las tres cosas.

Mateo observó su ojo durante un momento.

Y luego sonrió.

—Ya está.

—¿Ya?

—Sí.

—Eso fue rápido.

—Eres muy impaciente.

—Y tú muy tranquilo.

—Alguien tiene que equilibrar esto.

Marina sintió una risa escaparse.

Pero cuando levantó la vista...

Se dio cuenta de algo.

Seguían demasiado cerca.

Mucho más cerca de lo habitual.

Y por un instante...

Ninguno se movió.

Las olas seguían sonando.

El viento seguía soplando.

Pero todo pareció quedarse quieto.

Solo un momento.

Un segundo.

Tal vez dos.

Hasta que una voz rompió el instante.

—¡Ah, aquí están!

Lucía.

Por supuesto.

Marina cerró los ojos.

—¿Tú nunca descansas?

—No cuando hay una historia romántica desarrollándose delante de mí.

—¡Lucía!

—¿Qué? Estoy siendo observadora.

Mateo soltó una risa.

Y Marina quiso desaparecer.

Inmediatamente.

—Me voy —anunció.

—No te vas.

—Sí me voy.

—No.

—Sí.

—No.

—Ahora entiendo por qué se llevan bien —dijo Lucía.

Y eso solo consiguió que Marina quisiera esconderse aún más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.