Donde rompen las olas

CAPÍTULO 11 — Preguntas sin respuesta

Aquella noche, Marina tardó horas en quedarse dormida.

Y cuando finalmente lo consiguió, soñó con el mar.

No con la playa.

No con las olas.

Con el mar.

Inmenso.

Profundo.

Imposible de controlar.

Como todo lo que estaba sintiendo últimamente.

Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente, el sol ya entraba por la ventana.

Se quedó unos segundos mirando el techo.

Pensando.

Otra vez.

—Tengo que dejar de hacer esto —murmuró.

Pero sabía que no iba a hacerlo.

Porque cada vez que intentaba dejar de pensar...

Terminaba pensando más.

Y en el centro de todos esos pensamientos estaba Mateo.

Lo cual era extremadamente molesto.

Y todavía más preocupante.

El día pasó lento.

Demasiado lento.

Marina intentó distraerse caminando por el pueblo costero.

Entró a una librería.

Compró un libro que probablemente no leería.

Tomó café.

Se sentó frente al mar.

Volvió a caminar.

Pero todo parecía conducirla al mismo lugar.

Como si la costa entera conspirara contra ella.

Y cuando finalmente llegó a la playa...

Ya no intentó fingir sorpresa.

Porque sabía que él estaría ahí.

Y estaba.

Sentado cerca de las rocas, observando el horizonte.

Durante un momento decidió no acercarse.

Se quedó observándolo desde lejos.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Por primera vez se preguntó quién era Mateo cuando ella no estaba.

No qué hacía.

No dónde iba.

Quién era.

Porque hasta ahora solo había conocido fragmentos.

Momentos.

Conversaciones.

Sonrisas.

Silencios.

Pero no la historia completa.

Y quería conocerla.

Ese pensamiento la tomó por sorpresa.

Porque significaba algo.

Algo importante.

Antes de que pudiera pensarlo demasiado, comenzó a caminar hacia él.

Mateo la vio acercarse.

Y sonrió.

Pequeño.

Sincero.

Como siempre.

—Llegas tarde.

—¿Me estabas esperando?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Y de inmediato quiso tragarse sus propias palabras.

Mateo levantó una ceja.

—Tal vez.

Marina sintió que el corazón le daba un golpe inesperado.

—Eso no responde nada.

—Lo sé.

—Qué conveniente.

—Mucho.

Ella se sentó a su lado.

No demasiado cerca.

Pero tampoco lejos.

Algo que, sin darse cuenta, ya se había convertido en costumbre.

El viento era suave aquella tarde.

Las olas llegaban tranquilas a la orilla.

Todo parecía extrañamente sereno.

—¿Puedo preguntarte algo?

Mateo la miró.

—Depende.

—Otra vez con eso.

—Me gusta esa respuesta.

—Ya me di cuenta.

Por primera vez, ella fue quien sonrió primero.

Y Mateo pareció notarlo.

—Quiero saber algo de ti.

Él permaneció en silencio unos segundos.

No incómodo.

Reflexivo.

—Eso sonó serio.

—Lo es.

—Vale.

Marina respiró profundo.

—¿Por qué estás aquí?

Mateo observó el mar.

Y por primera vez desde que lo conocía...

Pareció dudar.

—Porque necesitaba alejarme.

Marina lo miró.

Esperando.

Pero él no continuó.

—¿De qué?

La pregunta salió suave.

Sin presión.

Sin exigencia.

Mateo bajó ligeramente la mirada.

—De muchas cosas.

—Eso tampoco responde mucho.

—Lo sé.

—¿Siempre haces eso?

—¿Qué cosa?

—Responder sin responder.

Él soltó una pequeña risa.

—A veces.

—Es desesperante.

—También me lo han dicho.

Marina negó con la cabeza.

Pero ya no estaba molesta.

Solo curiosa.

Más curiosa de lo que había estado en mucho tiempo.

—¿Y ahora?

—¿Ahora qué?

—¿Sigues huyendo?

La pregunta quedó suspendida entre ellos.

El viento sopló suavemente.

Las olas siguieron llegando.

Y Mateo permaneció en silencio.

Un silencio más largo que los demás.

Más pesado.

Más sincero.

—No lo sé.

Fue la respuesta más honesta que le había escuchado.

Y precisamente por eso...

Fue la que más la sorprendió.

—Yo tampoco.

Mateo giró la cabeza hacia ella.

—¿Tú tampoco qué?

Marina bajó la mirada.

—No sé si sigo huyendo.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Pero una vez dichas...

No quiso recuperarlas.

Porque eran verdad.

Toda su vida había estado huyendo de algo.

De opiniones.

De inseguridades.

De expectativas.

De sí misma.

Y ahora...

Por primera vez...

No estaba segura de seguir haciéndolo.

—Creo que eso es bueno.

La voz de Mateo fue suave.

Tranquila.

Y Marina sintió algo extraño en el pecho.

Porque últimamente...

Cuando él decía algo así...

Le importaba.

Demasiado.

Pasaron gran parte de la tarde hablando.

No de cosas profundas.

No de grandes secretos.

Solo de pequeñas cosas.

Libros.

Música.

Lugares.

Historias absurdas de la infancia.

Y para sorpresa de Marina...

Se encontró riendo.

Mucho.

Más de lo que había reído en meses.

Tal vez años.

El tiempo pasó rápido.

Demasiado rápido.

Y cuando el sol comenzó a esconderse detrás del horizonte, el cielo se llenó de tonos naranjas y rosados.

Marina observó el paisaje.

Y por un momento...

Todo pareció perfecto.

Extrañamente perfecto.

—¿En qué piensas?

La voz de Mateo llegó suave.

Ella sonrió apenas.

—En que esto no se parece a nada de lo que imaginé.

—¿España?

—No.

Mateo la observó.

Esperando.

—Yo.

El silencio que siguió fue diferente.

Más profundo.

Más íntimo.

Porque Mateo entendió exactamente lo que quería decir.




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