Donde rompen las olas

CAPÍTULO 12 — Lo que el mar devuelve

El mar tenía una extraña manera de devolverlo todo.

Conchas.

Madera.

Recuerdos.

Y, al parecer, también personas.

Marina caminaba despacio por la orilla, dejando que el agua mojara sus tobillos. Había empezado a hacerlo sin pensar, como si su cuerpo hubiera aprendido un camino que su mente todavía intentaba cuestionar.

El viento era suave aquella tarde. El cielo estaba despejado y el mar parecía un espejo inmenso que reflejaba la luz del sol.

Era un día tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Y, sin embargo, ella sentía una inquietud difícil de explicar.

Desde la conversación del día anterior con Mateo, algo había cambiado.

No había sido una gran confesión.

No habían hablado de amor.

Ni de sentimientos.

Pero habían hablado de ellos.

De las partes que normalmente escondían.

Y eso era mucho más peligroso.

Marina suspiró.

—Estoy empezando a confiar demasiado...

Lo dijo casi en un susurro.

Como si admitirlo pudiera romper el equilibrio que tanto le costaba construir.

—¿Con quién hablas esta vez?

Marina sonrió antes incluso de girarse.

—Empiezo a pensar que disfrutas asustándome.

Mateo levantó las manos en señal de inocencia.

—Lo prometo, esta vez hice ruido al caminar.

—No fue suficiente.

—Tomaré nota.

Ella negó con la cabeza mientras una pequeña risa escapaba de sus labios.

Ya no era extraño reír con él.

Y eso seguía sorprendiéndola.

—¿Hace mucho llegaste? —preguntó.

—Unos minutos.

—¿Y por qué no dijiste nada?

—Porque estabas muy concentrada mirando el mar.

Marina bajó la vista.

—A veces siento que él entiende cosas que yo todavía no.

Mateo dirigió la mirada hacia el horizonte.

—Puede ser.

—¿Tú también hablas con el mar?

Él sonrió.

—No.

—¿Nunca?

—Lo escucho.

—Eso es más raro.

—Probablemente.

Caminaron unos metros en silencio.

Ya no era un silencio incómodo.

Era un silencio que descansaba.

Que no exigía explicaciones.

Que simplemente existía.

Y Marina empezaba a disfrutarlo.

—¿Sabes qué me pasó hoy? —preguntó ella.

—Cuéntame.

—Me miré al espejo esta mañana...

Mateo giró ligeramente la cabeza hacia ella.

Esperando.

—Y por primera vez en mucho tiempo... no busqué inmediatamente todos los defectos.

Él no respondió enseguida.

Solo sonrió con una mezcla de orgullo y ternura.

—¿Eso significa que ya te gusta lo que ves?

Marina negó lentamente.

—No.

Hizo una pausa.

—Pero... ya no me disgusta tanto.

El viento sopló entre los dos.

Mateo respiró hondo antes de responder.

—Eso ya es un gran paso.

Ella sonrió con timidez.

—Antes habría pensado que me estabas mintiendo.

—¿Y ahora?

Marina tardó unos segundos en contestar.

—Ahora... quiero creer que dices la verdad.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.

No hacían falta más.

Porque ambos entendieron el peso que tenían.

Continuaron caminando durante varios minutos.

Hablaron de música.

De películas.

De los pequeños pueblos que Marina había visitado desde que llegó a España.

De los lugares favoritos de Mateo.

Él le habló de un faro que quedaba a unos kilómetros de allí.

—Dicen que desde arriba se ve el mejor atardecer de toda la costa.

—¿Dicen?

—Bueno... yo también lo creo.

Marina sonrió.

—¿Y por qué no has llevado a nadie?

Mateo dudó.

—Porque nunca encontré a la persona adecuada.

Ella sintió que el corazón daba un pequeño salto.

No supo si aquella frase significaba algo.

O si simplemente era una respuesta cualquiera.

Decidió no preguntar.

Pero la idea se quedó con ella.

Mientras seguían caminando, una niña de unos seis años corría detrás de una pelota cerca de la orilla.

Reía con todas sus fuerzas.

Sin preocuparse por ensuciarse.

Sin pensar en quién la estaba mirando.

Simplemente... disfrutaba.

La pelota salió despedida por una ola y rodó hasta donde estaban ellos.

Marina se inclinó para recogerla.

La niña llegó corriendo.

—¡Gracias!

—De nada.

—¿Me la lanzas?

Marina sonrió y se la devolvió con un lanzamiento suave.

La pequeña levantó ambas manos celebrando.

—¡Muy bien!

Después volvió corriendo hacia sus padres.

Mateo observó la escena en silencio.

—¿Qué? —preguntó Marina.

—Nada.

—Otra vez "nada".

—Solo estaba pensando.

—¿En qué?

Él la miró.

—Hace unos días no habrías hecho eso.

Marina frunció el ceño.

—¿Recoger una pelota?

—Sonreír así.

Ella guardó silencio.

Porque tenía razón.

Aquella sonrisa había salido sola.

Sin miedo.

Sin pensar.

Y apenas ahora se daba cuenta.

—Supongo que... estoy aprendiendo.

—Supongo que sí.

El sol comenzaba a descender lentamente.

El cielo adquiría tonos dorados y anaranjados.

El mar parecía cubrirse de pequeñas chispas de luz.

Marina se detuvo.

Observó el paisaje.

Y sintió una paz que hacía mucho tiempo no experimentaba.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?

Mateo se colocó a su lado.

—¿Qué cosa?

—Que vine a España pensando que necesitaba escapar de mi vida.

Hizo una pausa.

—Y resulta que lo único de lo que necesitaba escapar... era de la forma en que me veía a mí misma.

Mateo permaneció en silencio.

No porque no tuviera nada que decir.

Sino porque entendía que algunas verdades necesitaban espacio para respirarse.

Después de unos segundos habló.

—A veces viajamos creyendo que vamos a descubrir un lugar nuevo.

La miró.

—Y terminamos descubriéndonos a nosotros mismos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.