Donde rompen las olas

CAPÍTULO 13 — El faro

El cielo amaneció cubierto por una ligera neblina.

No era suficiente para ocultar el mar, pero sí para darle un aire distinto, como si todo estuviera envuelto en un secreto.

Marina salió temprano del apartamento. No tenía un destino claro. O al menos eso quería creer.

Sin embargo, sus pies volvieron a llevarla al mismo lugar.

A la playa.

Ya ni siquiera discutía consigo misma por ello.

Simplemente ocurría.

Cuando llegó, encontró a Mateo sentado sobre una roca, con un cuaderno apoyado sobre las piernas.

Escribía.

Concentrado.

Sin darse cuenta de que ella estaba allí.

Marina dudó unos segundos antes de acercarse.

No quería interrumpirlo.

Pero, al mismo tiempo, sintió curiosidad.

Mucha curiosidad.

Se aproximó despacio.

—No sabía que escribías.

Mateo levantó la vista y cerró el cuaderno con rapidez.

Demasiada rapidez.

—Hola.

Ella sonrió.

—Hola.

Se quedó mirando el cuaderno.

—¿Qué escondes ahí?

Mateo negó con la cabeza.

—Nada importante.

—Eso dicen todas las personas que esconden algo importante.

Él soltó una risa.

—¿Siempre eres tan curiosa?

—Últimamente... sí.

Mateo guardó el cuaderno dentro de una mochila.

—Algún día te contaré.

Marina no insistió.

Había aprendido que presionar a Mateo nunca funcionaba.

Y, curiosamente, él tampoco la presionaba a ella.

Era una especie de acuerdo silencioso.

Cada uno respetaba el tiempo del otro.

—¿Qué planes tienes hoy? —preguntó él mientras se levantaba.

Marina se encogió de hombros.

—Ninguno.

—Perfecto.

Ella arqueó una ceja.

—¿Perfecto por qué?

Mateo sonrió.

—Porque quiero enseñarte un lugar.

Marina lo observó con desconfianza.

—¿Qué clase de lugar?

—Confía.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Te das cuenta de que hace unas semanas jamás habría aceptado esa respuesta?

—Lo sé.

—Y ahora... tampoco me convence demasiado.

—Pero vendrás.

Marina cruzó los brazos.

—¿Tan seguro estás?

—Sí.

—Qué arrogante.

—¿Entonces no vienes?

Ella intentó responder.

Pero terminó sonriendo.

—Está bien.

Mateo levantó una ceja.

—¿Eso es un sí?

—No te emociones.

Solo quiero saber qué lugar misterioso escondes.

—Claro...

—No hagas esa cara.

—¿Cuál?

—La de "sabía que aceptarías".

—Porque la sabía.

Marina negó con la cabeza.

—Eres insoportable.

—Y aun así aquí estás.

No pudo discutirle eso.

Porque era verdad.

Caminaron durante casi media hora.

Dejaron atrás la playa más concurrida y siguieron por un sendero estrecho bordeado de pinos.

El ruido del mar seguía acompañándolos.

Pero ahora llegaba más lejano.

Más suave.

—Nunca había venido por aquí —comentó Marina.

—La mayoría de los turistas no lo hace.

—¿Y tú cómo lo descubriste?

Mateo sonrió.

—Perdiéndome.

Ella rió.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Como cuáles?

—Que siempre parezcas encontrar los mejores lugares.

—A veces perderse sirve para eso.

Marina guardó silencio.

Aquella frase volvió a quedarse dando vueltas en su cabeza.

Últimamente Mateo tenía la costumbre de decir cosas sencillas que terminaban significando mucho más.

El sendero comenzó a subir.

Marina respiró hondo.

—No me dijiste que esto era una caminata.

—Pensé que sería una buena sorpresa.

—Te odio un poco.

—Solo un poco.

Ella sonrió mientras seguía avanzando.

El esfuerzo valía la pena.

Porque, al llegar a la cima, lo vio.

El faro.

Blanco.

Alto.

Frente al inmenso mar.

Parecía sacado de una postal.

El viento soplaba con más fuerza allí arriba.

Las olas chocaban contra los acantilados varios metros más abajo.

Marina se quedó completamente inmóvil.

—Es hermoso...

Mateo observó su reacción.

—Te dije que valía la pena.

Ella caminó hasta la barandilla.

Desde allí podía verse toda la costa.

Las pequeñas playas.

Las casas blancas.

Los barcos a lo lejos.

Y el horizonte infinito.

Durante varios minutos no dijo nada.

Solo miró.

Respiró.

Sintió.

—Gracias.

La palabra salió casi en un susurro.

Mateo se acercó despacio.

—¿Por qué?

—Por traerme.

Él apoyó los brazos sobre la barandilla.

—Sabía que te gustaría.

—¿Cómo?

Mateo tardó unos segundos en responder.

—Porque cuando miras el mar... dejas de estar preocupada.

Marina volvió la cabeza hacia él.

—¿Me observas tanto?

Él sonrió.

—Un poco.

Ella sintió que el corazón aceleraba.

No estaba acostumbrada a que alguien prestara atención a esos pequeños detalles.

Y, sorprendentemente...

Le gustaba.

Se sentaron sobre el césped, cerca del faro.

El viento movía suavemente las ramas de los árboles.

Marina cerró los ojos por un momento.

—¿Sabes qué pienso?

—¿Qué?

—Que hace un mes jamás habría imaginado estar aquí.

—¿En el faro?

Ella negó.

—Aquí.

Contigo.

Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.

Abrió los ojos de inmediato.

Había hablado demasiado.

Demasiado rápido.

Buscó una forma de corregirse.

No la encontró.

Mateo permaneció en silencio unos segundos.

Después sonrió.

No con arrogancia.

No con vergüenza.

Con una calma que la tranquilizó.

—Yo tampoco lo imaginaba.

Marina soltó el aire que llevaba conteniendo.

—Menos mal.

—¿Por qué?

—Porque pensé que iba a hacer el ridículo.

Mateo rió.

Una risa sincera.

De esas que casi nunca mostraba.

Y Marina descubrió que le gustaba escucharla.




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