Donde rompen las olas

CAPÍTULO 14 — Donde comienza el horizonte (Final)

El viaje de regreso desde el faro transcurrió en silencio.

No era un silencio incómodo.

Era uno de esos silencios que solo aparecen cuando dos personas ya no necesitan hablar para sentirse acompañadas.

Marina caminaba despacio junto a Mateo, dejando que el sonido de sus pasos se mezclara con el rumor del viento entre los pinos.

Todavía podía sentir el calor del atardecer sobre su piel.

Y también la tranquilidad que había encontrado allí arriba.

Nunca imaginó que un lugar pudiera hacerla sentir tan ligera.

O quizá...

No era el lugar.

Quizá era la compañía.

Los días siguientes transcurrieron con una calma inesperada.

Ya no existían las dudas sobre si ir o no a la playa.

Simplemente iba.

Y siempre encontraba a Mateo.

Algunas tardes caminaban.

Otras permanecían sentados mirando el mar.

A veces hablaban durante horas.

Y otras dejaban que las olas llenaran los espacios entre ellos.

Marina ya no sentía la necesidad de esconderse detrás de los brazos cruzados.

Ni de bajar la mirada constantemente.

Había comenzado a caminar con los hombros relajados.

A sonreír sin darse cuenta.

A disfrutar del viento sobre su piel.

Pequeños cambios.

Pero enormes para ella.

Una tarde, mientras observaban el mar desde la orilla, Mateo rompió el silencio.

—¿Cuándo regresas a casa?

La pregunta cayó como una piedra sobre el agua.

Marina sintió un nudo en el estómago.

Había evitado pensar en ello durante días.

Pero la realidad seguía esperándola.

—Dentro de una semana.

Mateo bajó la mirada.

Asintió despacio.

—Ya veo.

Los dos permanecieron callados.

Porque ninguno sabía qué decir.

Aquella noche Marina apenas durmió.

No porque tuviera miedo de volver.

Sino porque, por primera vez, le dolía la idea de marcharse.

Se levantó antes del amanecer.

Necesitaba caminar.

Cuando llegó a la playa, el cielo apenas comenzaba a iluminarse.

El mar estaba tranquilo.

Casi inmóvil.

Y allí, sorprendentemente, ya estaba Mateo.

Sentado sobre la arena.

Como si también hubiera sentido la necesidad de despedirse del amanecer.

Él levantó la vista al escuchar sus pasos.

—Pensé que sería la única persona despierta.

Marina sonrió.

—Yo pensé lo mismo.

Se sentó junto a él.

Muy cerca.

Más cerca que nunca.

Permanecieron observando el horizonte mientras el sol empezaba a salir lentamente.

Los primeros rayos pintaron el agua de color dorado.

Era un paisaje hermoso.

Pero ninguno estaba mirando realmente el paisaje.

—¿Recuerdas el primer día que llegué aquí? —preguntó Marina.

Mateo sonrió.

—Sí.

—Estaba aterrada.

—Lo sé.

Ella soltó una pequeña risa.

—Pensaba que todos me estaban mirando.

—Y al final descubriste que nadie lo hacía.

Marina asintió.

—La única persona que no dejaba de juzgarme... era yo.

Mateo volvió la mirada hacia ella.

—¿Y ahora?

Marina respiró profundamente.

Miró el mar.

Después sus propias manos.

Y finalmente levantó la vista.

—Ahora todavía tengo inseguridades.

Todavía hay días difíciles.

Pero ya no quiero vivir escondiéndome.

El silencio que siguió fue breve.

Mateo sonrió con orgullo.

—Me alegra escucharlo.

Ella lo observó unos segundos.

Sabía que había algo más.

Algo que no podía seguir guardando.

Porque si regresaba a casa sin decirlo...

Se arrepentiría durante mucho tiempo.

—Mateo...

—¿Sí?

Marina sintió que el corazón latía con fuerza.

Muchísima fuerza.

—Gracias.

Él sonrió.

—Ya me diste las gracias muchas veces.

Ella negó lentamente.

—No.

Nunca te di las gracias por lo realmente importante.

Mateo guardó silencio.

Esperando.

—Gracias por nunca intentar cambiarme.

Por escucharme incluso cuando ni yo entendía lo que sentía.

Por tener paciencia.

Por enseñarme que la libertad empieza cuando dejamos de pelear contra nosotros mismos.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

No de tristeza.

Sino de alivio.

Mateo la miró con una ternura que nunca antes había mostrado tan claramente.

—No fui yo.

Marina frunció el ceño.

—Claro que sí.

Él negó.

—Yo solo caminé a tu lado.

El resto lo hiciste tú.

Aquellas palabras terminaron de romper las últimas barreras que quedaban dentro de ella.

Sin pensarlo demasiado...

Marina dio un pequeño paso hacia él.

Y lo abrazó.

Fue un abrazo lento.

Sincero.

Sin miedo.

Mateo tardó apenas un segundo en corresponder.

No dijo nada.

Porque no hacía falta.

A veces un abrazo explicaba mucho más que cualquier declaración.

Cuando se separaron, los dos sonrieron.

Marina bajó la mirada.

Un poco avergonzada.

—Creo que debía hacer eso.

Mateo sonrió.

—Yo también.

Permanecieron unos segundos observándose.

Sin esconderse.

Sin huir.

Y entonces...

Mateo levantó una mano muy despacio.

Como aquella tarde en que había querido apartarle un mechón de cabello y no se había atrevido.

Esta vez sí lo hizo.

Con una delicadeza infinensa.

Apartó el cabello de su rostro.

Sus dedos rozaron apenas su mejilla.

—Ahora sí —susurró.

Marina sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.

No retrocedió.

No bajó la mirada.

Solo sonrió.

Y, muy despacio, fue ella quien acortó la última distancia.

Sus labios se encontraron en un beso suave.

Sin prisa.

Sin urgencia.

Era un beso lleno de promesas silenciosas.

El comienzo de algo.

No el final.

Cuando se separaron, apoyaron sus frentes una contra la otra.




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