Leónidas: por supuesto que lo eres y por las dos leyes. Ellos deberán de entenderlo y que también debemos de vivir nuestra propia vida sin que se opongan.
Ariadna: mis padres solo se preocupan por mí, pero mucho más si soy su única hija que nació con esta discapacidad. Espero que cuando tengamos hijos no hereden mi ceguera.
Leónidas: presiento que tu ceguera no será hereditaria. Porque nadie de tu familia y ni de la mía tienen este tipo de antecedentes.
Ariadna: tienes razón, Leónidas. No debo de preocuparme por eso y la vida me ha enseñado que debo de olvidar mi tristeza para ser feliz.
Ellos terminan su conversación y Leónidas pide su comida. El mesero se las lleva al momento de que esta lista y él se retira cuando termina de servirles. Ellos empiezan a comer y Ariadna suspiraba de vez en cuando, pero Leónidas la observaba y se preguntaba qué era lo que estaba pensando al hacer eso.
Leónidas: ahora que terminamos de comer nos podemos ir y antes de hacerlo me puedes decir que pensabas cuando estabas comiendo.
Ariadna: pensaba en lo feliz que me has hecho en este corto tiempo y por esa razón suspiraba al recordarlo. No quiero olvidar nunca cada uno de los momentos que este a tu lado, porque son los recuerdos más bonitos que he tenido en mi vida.
Leónidas: tendrás siempre recuerdos hermosos y de eso me encargare yo para que seas feliz. Ahora debemos de irnos, ya que llegó el momento de llevarte a conocer la ciudad.
Ariadna: estoy lista para conocerla a tu lado. Sabes que eso significa que serás mis ojos y que en pocas ocasiones te voy a llegar a necesitar.
Leónidas: por supuesto que lo seré, mi Ariadna. Nada más faltaría que pagará la cuenta para irnos y hacerlo sólo tomará unos cuantos minutos.
Leónidas: por supuesto que lo seré, mi Ariadna. Nada más faltaría que pagará la cuenta para irnos y hacerlo sólo tomará unos cuantos minutos.
Él miraba a su esposa y le gustaba sentir su felicidad. Leónidas le pide la cuenta al mesero y cuando lo hace se la paga, él se levanta de su asiento para ayudarla y él toma la mano de Ariadna para darle su bastón. Ellos salen del restaurante y llegan a su auto para después ayudar a su esposa a subirse.
Ariadna: siento que me quieres decir algo muy importante y por esa razón no te has subido al auto. Solamente que el silencio en ti es demasiado extraño.
Leónidas: como siempre tienes razón. Necesito pedirte perdón de todas las maneras posibles, porque sé que te lastimé en el pasado y nunca me lo perdonaré.
Ariadna: eso ya está olvidado. Además, jamás podría guardarte ningún rencor, te lo he demostrado muchas veces y no debemos de hablar de este tema.
Leónidas: este es un asunto importante. Pero tuve que aprender a no dejarme llevar por una apariencia y eso lo entendí cuando te conocí.
Ariadna: mi abuela siempre me decía que los hombres se dejan llevar por una apariencia, ya que ellos se niegan la posibilidad de conocer el amor.