La primera vez que pensé que mi relación estaba rota, no había ocurrido nada terrible.
No hubo gritos.
No hubo una traición.
Nadie cerró una puerta de golpe.
Simplemente estaba frente al espejo de un restaurante, intentando decidir si podía volver a ponerme el labial.
—¿Neriah?
La voz de Ivo llegó desde fuera del baño.
Me apresuré a guardar el maquillaje.
—Ya voy.
Me miré una última vez.
El vestido negro me gustaba.
Me gustaba de verdad.
Lo había comprado hacía tres semanas y llevaba todo ese tiempo esperando una ocasión para estrenarlo.
Por alguna razón, ahora me parecía demasiado.
Demasiado ajustado.
Demasiado llamativo.
Demasiado yo.
Abrí la puerta.
Ivo estaba esperando junto a la entrada.
Me recorrió con la mirada.
—¿Vas a salir así?
Bajé los ojos.
—¿Qué tiene de malo?
—Nada.
Su respuesta fue demasiado rápida.
Después añadió:
—Solo creo que podrías ponerte algo más discreto.
Me quedé mirándolo.
—Pero me gusta.
Ivo suspiró.
—Neriah...
Solo dijo mi nombre.
Eso fue suficiente.
—Está bien.
Regresé al baño.
Me quité los pendientes.
Luego el collar.
Me recogí el cabello.
Cuando volví a salir, Ivo sonrió.
—Ahora sí.
Y yo sonreí también.
Porque sabía hacerlo.
Sonreír.
Decir que estaba bien.
Cambiar de opinión.
Pedir perdón.
Hacerme pequeña.
Era increíble la cantidad de cosas que una persona podía aprender cuando llevaba suficiente tiempo intentando no perder a alguien.
Aquella noche, sin embargo, algo fue diferente.
Durante la cena, uno de los invitados contó una historia ridícula.
Me reí.
No pude evitarlo.
Una carcajada salió de mi boca antes de que pudiera contenerla.
Ivo me miró.
Yo inmediatamente cerré los labios.
—Perdón.
Y entonces escuché una voz al otro lado de la mesa.
—¿Por qué te disculpas?
Levanté la mirada.
Era un hombre al que no conocía.
Traje oscuro.
Expresión tranquila.
Ojos demasiado atentos.
Ivo se inclinó hacia mí.
—Neriah, él es Cassian Rooke.
Mi novio sonrió.
—Mi jefe.
Cassian extendió la mano.